“Luisa María Alcalde saca su celular y abre WhatsApp para mostrarle algo a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. La escena ocurre en Palacio Nacional, en una reunión a finales del año pasado. La mandataria le ha preguntado a la máxima dirigente de Morena cómo va su relación con Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización del partido e hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador. A Sheinbaum le había llegado que los dos dirigentes se llevaban mal, pese a que expresamente les había pedido estar en armonía y trabajar juntos para ‘ser invencibles’. Alcalde no responde de inmediato a la pregunta. Necesita un soporte elocuente. En su celular busca el chat que tiene con López Beltrán y, poniendo el aparato ante la mirada de la presidenta, recorre con el dedo una secuencia de mensajes suyos sin respuesta. ‘Mire’, le dice a la mandataria. El secretario de Organización, el segundo cargo más importante del partido, no le contesta a su dirigente. Simple y llano. Sheinbaum aparta la vista del teléfono y hace con la cabeza un gesto de reprobación. La presidenta decide, aparentemente, mantenerse al margen del pleito, hasta que advierte que el partido llega a un punto vulnerable de cara a la elección intermedia de 2027. Es hasta este mes de abril cuando Sheinbaum aparca la posición de neutralidad que había mantenido respecto de Morena y, en un nuevo golpe de autoridad, hace un recambio en la cúpula para poner orden: acota a los actuales dirigentes y aúpa a dos de sus más cercanas colaboradoras, Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, a posiciones estratégicas para blindar el reparto de candidaturas y las alianzas”.
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Lo anterior –y lo que sigue– son fragmentos del excelente reportaje de EL PAÍS bajo el encabezado “Morena: la criatura de mil cabezas se adapta a los tiempos de Sheinbaum”, un material periodístico excepcional, producto de múltiples conversaciones durante meses, con más de una docena de fuentes, con las que el mejor diario en español reconstruye el momento que atraviesa el partido oficial.
Enorme trabajo de Zedryk Raziel, Elia Castillo Jiménez, Ernesto Núñez y Elena San José.
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“Son esas mismas fuentes quienes apuntan a que la ruptura en la dirigencia partidista, hoy de salida, viene del verano de 2025, a raíz del escándalo por el costoso viaje de vacaciones de López Beltrán a Japón. Fotografías de él en tiendas y en restaurantes lujosos, e incluso facturas de sus gastos, se filtraron a los medios.
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”López Beltrán, oyendo voces de discordia desde dentro de Morena, se convenció de que la filtración de su viaje a los medios provino del entorno de Alcalde. Fue cuando crujió todo. Los meses siguientes, ambos líderes trabajaron por su cuenta, con una agenda propia, como si no se tratara de militantes de la misma formación”.
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“La crisis de identidad, sin embargo, va más allá de quién lidera el partido. También ocurre que las bancadas en el Congreso no siempre se alinean a la agenda del Ejecutivo de Sheinbaum; los gobernadores acumulan enorme poder y actúan como los caciques de antaño; la presidenta no confía en la probidad de sus operadores legislativos –‘los considera un mal necesario’, según un diputado y un senador cercanos a Palacio Nacional–; algunos líderes desafían abiertamente las directrices de Alcalde y de Sheinbaum, por ejemplo, en lo relativo a conducir su vida con austeridad. No han faltado los desplantes de soberbia hacia la oposición, que ha quedado muy disminuida, pero también hacia sus propios aliados electorales, que se sienten atropellados –‘están borrachos de poder; tienen fiesta y no se dan cuenta de que el vecino ya está enojado’, ilustra un líder del PT–. Para coronar la polémica, varias figuras han amasado una fortuna inexplicable o han sido vinculados a actos de corrupción”.
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“En los tiempos en que el expresidente aún estaba en la escena política, si se cuestionaba a cualquier morenista quién era el líder del movimiento, nadie dudaba en señalarlo a él. En el último año, antes del golpe en la mesa de Sheinbaum, las opiniones se fragmentaban: algunos afirmaban que Alcalde era quien mandaba; otros señalaban a López Beltrán; unos más, apuntaban a la presidenta. Todas esas versiones mostraban una realidad: el partido no tenía una sola cabeza. El vacío de liderazgo obedece, en gran medida, al hecho de que López Obrador no formó a un heredero de su movimiento. Si bien tuteló su sucesión en la presidencia, blindando la candidatura de Sheinbaum y evitando divisiones internas, no calculó que su gran capital político, formado en cuatro décadas de lucha en las calles, no era transferible, por mucho que le pasara a la actual mandataria un ‘bastón de mando’”.
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“La presidenta ha intentado enderezar el rumbo de los militantes haciendo llamados a los valores originales, a renunciar a la ostentación, a vivir en la ‘justa medianía’ en un país donde aún hay millones de pobres. Pero han sido palabras lanzadas al vacío. ‘Los estatutos de Morena tienen reglas que, en teoría, pueden evitar eso. El problema es la ausencia de sanciones, y eso pasa en partidos no institucionalizados’, argumenta el politólogo Alberto Espejel, de la UNAM. ‘Tendrían que tomar decisiones ejemplares importantes’, agrega. Ser carcomidos por la corrupción es un peligro sobre el que algunos morenistas llaman la atención. ‘A Morena no lo derrotará la oposición, ni el dinero de las élites económicas, ni las campañas de desinformación y calumnia de los medios vendidos al neoliberalismo. A Morena lo único que lo puede derrotar es hacerse de la vista gorda frente a la corrupción. Eso fue lo que devoró al PRI y al PAN’, advierte el senador Javier Corral”.
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“A ojos de unos, esas maniobras para retener el poder demuestran la soberbia de Morena. Desde otro punto de vista, también descubren a un gigante asustadizo, que tiene una meta clara, pero un rumbo errático. En Morena son conscientes de que en 2027 perderán algunas posiciones, el castigo de la ciudadanía frente a las malas decisiones y las malas gestiones. Ya sufrieron en 2021 una gran derrota, al perder la mitad de Ciudad de México, que motivó que López Obrador, desde la presidencia, regresara al partido a apretar filas y tejer nuevas alianzas. Sheinbaum ha seguido el mismo camino. ‘Nada construye ni educa más como una derrota’, reflexiona Pedro Miguel, que sin embargo no lo siente como una catástrofe, porque de momento no ve que la oposición ofrezca una mejor alternativa. Pero es una ventaja que no durará por siempre, menos aún si los morenistas la desaprovechan. ‘Es una certeza: nos van a derrotar, porque la historia es pendular’, resume el intelectual”.
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