Quienes conocieron al señor Cecilio Torres Gervacio, en las semanas y meses previos a que él y su familia fueran masacrados en Tehuitzingo, sabían que era un hombre que vivía con un profundo malestar, con un fuerte agravio, pero sobre todo estaba harto de ser una víctima constante de algo que se ha vuelto común y cotidiano en la Mixteca poblana: que es la extorsión, una práctica que es conocida popularmente como “cobro de derecho de piso”.
Por esa razón mucha gente ve con escepticismo la versión oficial de que fue una riña familiar o la disputa de un tractor la posible causa principal del asesinato de 10 personas, ocurrido la noche del sábado anterior en un rancho, de la pequeña comunidad de Texcalapa, pues era de dominio público el enojo que había de este hombre –Torres Gervacio– por estar bajo el asedio de las bandas dedicadas al saqueo de su patrimonio.
La matanza en particular de los siete miembros de la familia Torres, que incluyó a Cecilio Torres, a su esposa, a dos niños y una recién nacida de 20 días, es vista como un acto con un grado extremo de saña, de barbarie, que parecería tener una fachada de escarmiento hacia quienes osen rebelarse contra las mafias que asolan a la región de la Mixteca. Eso es lo que siente y piensa mucha gente en el municipio de Tehuitzingo.
Desde hace poco más de un lustro la extorsión se ha convertido en una práctica generalizada en la Mixteca poblana. Lo mismo afecta a empresarios y comerciantes de alto poder adquisitivo, como también a pequeños productores de ganado, a gente dedicada a diversos oficios y hasta grupos religiosos.
Es un fenómeno delictivo que se instaló en gran parte de la Mixteca poblana, entre los años 2016 y 2017, por el grupo delictivo de Los Rojos, proveniente del estado de Guerrero.
Al principio dicha organización criminal solo le interesaba las plazas de Acatlán de Osorio, Tulcingo de Valle e Izúcar de Matamoros, por ser centros urbanos con mucho dinamismo económico por las remesas que se reciben de connacionales asentados en Estado Unidos.
Con el paso del tiempo, el grupo de Los Rojos se empezó a mermar por la caída de algunos de sus líderes. Actualmente su influencia se concentra en la zona de Jolalpan. Eso no significó que se redujera el oleaje delictivo en la zona sur del estado de Puebla, colindante con Guerrero, Oaxaca y Morelos.
En el último lustro se sabe que han llegado otras organizaciones criminales, provenientes de Jalisco y Michoacán, o que son oriundas del estado de Puebla, que han expandido “él cáncer” de las extorsiones.
La realidad lacerante es que a la región mixteca no ha llegado el efecto de la llamada “Estrategia Nacional contra la Extorsión”, que echó a andar la presidenta Claudia Sheinbaum hace 11 meses.
Ni tampoco es un problema que aparezca mucho en las estadísticas oficiales de la Fiscalía General del Estado por una razón elemental: en la región lo que prevalece es el silencio.
La gente ha optado por mejor callar frente a este fenómeno delictivo que ha dejado un saldo de empresarios y autoridades municipales asesinados por oponerse al “cobro de piso”.
Primero fue un toro y después un venado
Quienes conocieron a Cecilio Torres Gervacio narran que era un hombre dedicado a la crianza de ganado, en el rancho La Marihuana de la comunidad de Texcalapa, y que le gustaba compartir parte de su producción en comidas con amigos y familiares.
En esas reuniones sociales, en los últimos meses, se había convertido un tema frecuente la queja del anfitrión de que su actividad económica se estaba cayendo a pedazos como consecuencia del “cobro de derecho de piso”. Es decir, las extorsiones que sufría de los grupos delictivos que le exigían dinero –cada mes– a cambio de dejarlo comercializar los becerros que criaba, que era su especialidad.
No conformes con el dinero que le obligaban a entregar a la mafia, en una ocasión narró que el líder de una organización criminal se comunicó y le exigió que, su mejor toro, lo matara y le organizara una comida con la carne de ese ejemplar.
Eso mismo ocurrió en otra ocasión con un venado, el cual ya estaba en su mejor etapa de crecimiento y lo tuvo que sacrificar para que se lo comiera el hombre que encabeza la célula delictiva que cobra “el derecho de piso” en la demarcación de Tehuitzingo.
Lo extraordinario de esa segunda ocasión, narraba, es que llegó a entregar la carne de venado que le exigieron y en el lugar de la comida estaban presentes algunos miembros del gobierno municipal departiendo con los mafiosos.
Una situación que le indignaba al señor Cecilio Torres Gervacio, pues eso significaba que la autoridad estaba del lado de los criminales.
Por eso era constante que expresara a su familia, a sus conocidos, que ya no aguantaba estar dedicado a la crianza de ganado para que las ganancias se las quedara el crimen organizado.
