La visita de Isabel Díaz Ayuso a México terminó antes de tiempo y, ya de vuelta en Madrid, la presidenta de la Comunidad reabrió la herida desde la tribuna de la Asamblea. Insistió en que “México no existió hasta que llegaron los españoles” e interpeló directamente a Claudia Sheinbaum sobre qué hay bajo tierra en la calle Guatemala 24, en alusión al Huei Tzompantli, el muro de cráneos mexica hallado a pocos metros del Templo Mayor. La jugada retórica es vieja, pero conviene desmontarla porque se ha vuelto bandera de un cierto revisionismo conservador que confunde patriotismo con amnesia selectiva.
Empecemos por lo que efectivamente había bajo esa calle. Los arqueólogos del INAH hallaron una estructura ceremonial mexica donde se exhibían cráneos de personas sacrificadas, fechada entre 1486 y 1521, y hasta la fecha se han contabilizado alrededor de 650 cráneos en el sitio, aproximadamente un 25% pertenecientes a mujeres y niños. El dato es duro, sí. Pero el argumento de Ayuso –que ese hallazgo “justifica” la Conquista o demuestra que México vivía en la barbarie hasta que llegó la espada española– se cae por dos lados.
El primero es aritmético y arqueológico. Durante siglos circuló la cifra de que los mexicas sacrificaban a 160 mil personas en ceremonias masivas, número heredado de las crónicas españolas con evidente afán propagandístico para legitimar la empresa colonial. La realidad material es otra: 650 cráneos documentados en el principal tzompantli de Tenochtitlán, acumulados a lo largo de décadas. Sacrificar a un ser humano con un cuchillo de obsidiana es un acto técnicamente costoso, lento, ritualizado. El siglo XX nos enseñó, a un coste atroz, que matar de manera sistemática y a gran escala requiere tecnología industrial –ferrocarriles, cámaras de gas, burocracia–. Atribuir hecatombes industriales a una sociedad mesoamericana es, en el fondo, no haberla entendido nunca.
El segundo lado es el del espejo. Si vamos a pesar civilizaciones por su cuota de muertos rituales, la balanza europea no aguanta el examen. La Santa Inquisición operó durante más de tres siglos desde un edificio que aún hoy, en pleno centro de la Ciudad de México –a unas cuadras del propio Tzompantli, conviene recordarlo–, impresiona por su tamaño. El Coliseo romano se construyó para que decenas de miles murieran a la vista del pueblo como espectáculo. Las guerras de religión europeas, las hogueras, las matanzas de cátaros, los autos de fe. Nadie con un mínimo de seriedad concluye de ahí que “los romanos eran salvajes” o que “los españoles eran salvajes”. La conclusión correcta es otra, mucho más incómoda para los relatos identitarios: toda sociedad humana compleja ha sido, al mismo tiempo, sofisticada y brutal. Avanzada en astronomía y salvaje en sus rituales. Capaz de catedrales góticas y de quemar mujeres acusadas de brujería.
Y ya que hablamos de tzompantlis, conviene recordar que los españoles también montaron el suyo, y mucho más cerca de nuestro tiempo. En octubre de 1811, las autoridades virreinales mandaron decapitar a Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez tras fusilarlos en Chihuahua. Pasearon sus cabezas en cajones con sal por Zacatecas, Lagos, León y Guadalajara, y finalmente las colgaron dentro de jaulas de hierro en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, donde permanecieron expuestas durante casi diez años, hasta 1821, como “castigo ejemplar” para escarmentar a quien pensara en sumarse a la insurgencia. Cabezas empaladas, exhibidas en plaza pública, para infundir terror religioso y político. Si eso no es un tzompantli colonial, que alguien me explique qué es. La diferencia no estaba en la práctica –exhibir cráneos del enemigo vencido–, sino en la justificación: unos lo hacían en nombre de Huitzilopochtli, los otros en nombre del rey y de Dios.
Ahí es donde el discurso de Ayuso revela su trampa. No discute la historia: la usa. Selecciona el tzompantli mexica y borra el de la Alhóndiga. Selecciona a Cortés y borra a los pueblos arrasados. Cuando Sheinbaum, en respuesta, difundió documentos del propio Carlos I que acusaban a Cortés de abusos contra los indígenas, la réplica no fue histórica sino política: hablar de “comunismo”, de “mentira”, de “agravio”. Es decir, mover el debate del terreno de la evidencia al de la trinchera ideológica, porque en el terreno de la evidencia el relato no se sostiene.
Lo grave es que, al hacerlo, Ayuso empobrece dos legados a la vez. Empobrece el mexica, al reducirlo a su dimensión más oscura ignorando la cosmovisión, los calendarios de precisión asombrosa, la herbolaria que sigue informando la farmacología moderna, la limpieza urbana de una Tenochtitlán que dejó atónitos a los propios conquistadores. Y empobrece también el español, al reducirlo a una épica de carabela y crucifijo, olvidando que ese mundo ibérico aportó metalurgia, navegación oceánica, imprenta, derecho, una lengua que hoy hablan más de 600 millones de personas. Reivindicar de verdad a España no consiste en negar sus sombras: consiste en asumirlas y, aun así, defender lo que aportó. Lo otro es propaganda.
La paradoja final es que quien se presenta como cruzada contra el “revisionismo” practica el revisionismo más burdo: el que recorta la historia hasta que solo queden los muertos del otro. México no necesita que Madrid le explique su pasado prehispánico –el INAH lleva décadas publicándolo, el Tzompantli está documentado en webs oficiales del Gobierno mexicano–, y España no necesita que su Comunidad más visible salga al mundo a embarrar un debate que ya estaba dado en términos mucho más maduros. Lo que sí necesitamos, a ambos lados del Atlántico, es dejar de usar a los muertos de hace cinco siglos como munición electoral del presente.
Porque al final, la pregunta no es si los mexicas eran bárbaros o los españoles eran santos. La pregunta es por qué, en 2026, seguimos necesitando que uno de los dos lo sea para sentirnos cómodos con nosotros mismos.
