El reloj avanza, las obligaciones se acumulan y el descanso termina relegado al final del día. En México, la población de 12 años y más duerme en promedio 52.5 horas a la semana, equivalentes a unas 7 horas y media diarias, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
La cifra está cerca del mínimo recomendado para los adultos, pero detrás de ese promedio existe una realidad más desigual: no todas las personas alcanzan las horas necesarias y dormir un determinado número de horas tampoco garantiza un descanso de calidad.
¿Los mexicanos están durmiendo cada vez menos?
Los datos disponibles obligan a matizar esta afirmación.
La ENUT 2019 registró que la población de 12 años y más dedicaba 52.8 horas semanales a dormir, unas 7.5 horas al día. Cinco años después, la ENUT 2024 reportó 52.5 horas semanales, también alrededor de 7.5 horas diarias.
En términos absolutos, la diferencia es de 0.3 horas por semana; es decir, alrededor de 18 minutos. Esto representa una disminución pequeña y, con estos datos por sí solos, no basta para hablar de una caída pronunciada y sostenida del tiempo de sueño en todo el país.
Lo que sí muestran las cifras es que México se mantiene en un escenario donde millones de personas pueden estar cerca del límite inferior de descanso recomendado.
Además, la propia ENUT permite observar una diferencia entre hombres y mujeres. En 2024, las mujeres dedicaron en promedio 53 horas semanales a dormir, frente a 52.1 horas de los hombres. En 2019 eran 53.2 y 52.3 horas, respectivamente.
Una parte de los adultos duerme menos de siete horas
El problema se vuelve más evidente cuando se observa a la población adulta y no solamente el promedio general.
Un análisis basado en la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de Medio Camino 2016, publicado en Salud Pública de México, encontró que 28.4% de los adultos mexicanos dormía menos de siete horas por noche. El promedio reportado fue de 7.6 horas durante los días laborales.
El mismo estudio encontró otros indicadores relevantes: 36.9% reportó dificultad para dormir, 18.8% presentó insomnio y 27.3% tenía un riesgo elevado de apnea obstructiva del sueño. El ronquido fue reportado por 48.5% de los participantes.
Aunque estos datos corresponden a 2016 y no deben presentarse como una fotografía exacta de 2026, sirven como antecedente para dimensionar que el problema del descanso en México no se limita a acostarse tarde: también involucra la calidad y continuidad del sueño.
¿Cuánto deberíamos dormir?
Las recomendaciones dependen de la edad.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), con base en recomendaciones de especialistas en medicina del sueño, señalan que los adultos de 18 a 60 años necesitan al menos siete horas de sueño por día; para personas de 61 a 64 años se recomiendan entre siete y nueve horas, y para quienes tienen 65 años o más, entre siete y ocho. Los adolescentes necesitan entre ocho y diez horas.
La Secretaría de Salud mexicana, por su parte, señala que las personas adultas deben dormir entre siete y nueve horas.
Esto coloca el promedio de aproximadamente 7.5 horas registrado por el Inegi dentro del rango recomendado, pero también deja poco margen para quienes duermen menos durante la semana.
Trabajo, traslados y responsabilidades: el tiempo no alcanza
Dormir no ocurre de manera aislada. Compite directamente con el trabajo, los traslados, las tareas domésticas, el cuidado de otras personas y el tiempo de ocio.
Un dato del Inegi ayuda a entender esa presión sobre el reloj: durante el cuarto trimestre de 2022, tres de cada 10 personas ocupadas tuvieron jornadas laborales superiores a 48 horas semanales. La proporción fue de tres de cada 10 hombres y dos de cada 10 mujeres.
A esto se suman las tareas que se realizan fuera del empleo remunerado. La ENUT 2019 registró que la población de 12 años y más destinaba 21.9 horas semanales al trabajo doméstico no remunerado; sin embargo, la distribución era muy desigual: 30.8 horas para las mujeres y 11.6 para los hombres.
La Secretaría de Salud identifica precisamente los tiempos largos de traslado, las labores domésticas y el cuidado de hijas e hijos, además de otros factores socioculturales, entre las circunstancias que pueden limitar las horas disponibles para dormir.
El celular también se mete en la cama
Cuando termina la jornada, el día no necesariamente termina.
El uso nocturno de teléfonos, tabletas y otros dispositivos puede retrasar el inicio del sueño. La Secretaría de Salud señala que la exposición prolongada a estas pantallas puede alterar el ritmo circadiano y afectar la secreción de melatonina, una hormona relacionada con la regulación del ciclo sueño-vigilia.
En 2026, especialistas de la Facultad de Psicología de la UNAM también han abordado el impacto de la hiperconectividad sobre los hábitos de descanso. La Universidad explica que la exposición nocturna a la luz de las pantallas puede enviar al cerebro señales similares a las de la luz diurna y retrasar procesos asociados con la preparación para dormir.
El problema no es únicamente la cantidad de horas frente a una pantalla, sino el momento del día en que se utiliza y si termina desplazando la hora de dormir.
Dormir siete horas no siempre significa descansar
Hay otra diferencia importante: cantidad y calidad del sueño no son lo mismo.
Una persona puede permanecer siete u ocho horas en la cama y despertarse varias veces, roncar intensamente, tener pausas respiratorias o presentar insomnio. En esos casos, el tiempo contabilizado como sueño no necesariamente equivale a un descanso reparador.
El INER señala que entre las señales que ameritan valoración médica están el ronquido intenso y frecuente, las pausas en la respiración durante el sueño, la sensación de ahogo nocturno, la somnolencia diurna y la dificultad persistente para lograr un descanso reparador.
La institución realiza más de 5 mil consultas clínicas y más de 2 mil estudios especializados al año en su Servicio de Medicina del Sueño, de acuerdo con información de la Secretaría de Salud publicada en febrero de 2026.
¿Qué pasa cuando dormir se convierte en una deuda?
El sueño no es simplemente tiempo en el que el cuerpo permanece inactivo.
La Secretaría de Salud señala que durante el sueño ocurren procesos relacionados con el funcionamiento inmunológico, cardiovascular, metabólico y neurológico. También advierte que la privación de sueño puede relacionarse con alteraciones del estado de ánimo, problemas de concentración y un mayor riesgo de diversos padecimientos.
Los CDC coinciden en que dormir menos de lo necesario de manera habitual se relaciona con diversos problemas de salud, entre ellos enfermedades cardiovasculares, obesidad y alteraciones metabólicas.
Por eso, el dato de las 7.5 horas promedio no cuenta toda la historia.
El reto no es solamente dormir más
Las cifras disponibles dejan una conclusión más precisa que la idea de que todos los mexicanos están perdiendo horas de sueño año tras año.
Entre 2019 y 2024, el promedio nacional pasó de 52.8 a 52.5 horas semanales: una diferencia pequeña. Pero, al mismo tiempo, los estudios disponibles muestran que una proporción importante de adultos duerme menos de siete horas y que existen problemas de insomnio, dificultades para conciliar el sueño y trastornos respiratorios que pueden deteriorar la calidad del descanso.
Así que la pregunta no es únicamente cuánto tiempo dormimos, sino qué parte de ese tiempo realmente permite recuperar al organismo.
En un país donde el trabajo puede ocupar más de 48 horas semanales, las responsabilidades domésticas y familiares consumen buena parte del día y el celular mantiene la actividad hasta la noche, el descanso termina compitiendo contra prácticamente todo lo demás.
Y aunque el promedio nacional todavía ronda las siete horas y media, para quienes duermen menos de siete horas de manera habitual, cada noche puede estar acumulando una deuda de sueño que no siempre se compensa el fin de semana.
