Cuando pienso en los Looney Tunes, hago un viaje directo a mi yo de seis años, cuando pasaba horas embobada frente a una televisión estática y voluminosa. En esa época de la vida, la preocupación no existía: no había etiquetas, trabajos ni presiones sociales. Solo se trataba de ver a un coyote persiguiendo a un correcaminos, o a un gato intentando atrapar a un canario amarillo.
Veintiún años después –ya con una que otra cana– vuelvo a estar embobada frente a una pantalla, esta vez del tamaño de una habitación entera, con sonido envolvente y la mejor compañía. En esta ocasión, la sala está llena de adultos: algunos con deudas, otros con sueños frustrados, unos con poco pelo y otros ya con hijos, pero todos recibiendo el mismo mensaje.
Coyote vs. ACME nos presenta a Wile E. Coyote, quien, harto de su constante fracaso al no poder capturar a su presa, considera por un segundo retirarse de su gran propósito de vida. Sin embargo, por azares del destino, un anuncio y una señal lo empujan a tomar la vía legal, no contra su mala suerte, sino contra la corporación multimillonaria ACME. Ese es el punto de partida de una aventura que lo obliga a salir de su zona de confort, conocer un nuevo mundo y, en el proceso, no renunciar a su meta de siempre.
Acme representa a la perfección a esas empresas que venden la ilusión del éxito para mantenerte atrapado en un ciclo infinito de gasto, frustración e ideales. El Coyote se convierte en el reflejo del trabajador promedio que invierte lo que no tiene en herramientas de moda con la esperanza de alcanzar sus objetivos. El contraste entre la fría maquinaria legal de Acme y la vulnerabilidad silenciosa del protagonista expone la grotesca asimetría de poder en nuestra sociedad, donde quien genera el daño es también quien dicta las reglas.
Aquí la historia deja de ser un dibujo animado cualquiera: la figura cómica del Coyote se transforma en la imagen viva de la fatiga crónica y el burnout que provoca intentar alcanzar metas bajo las reglas de un mercado tramposo.
¿Y si mañana das el 101 % y funciona? ¿Y si esta vez sí valen la pena las ocho horas de trabajo? ¿Tal vez con un segundo trabajo puedo generar más que el mínimo? ¿Y si con alguna herramienta mágica mañana consigo mi meta?
A veces resulta agotador seguir en esta carrera donde parece no haber resultados y donde siempre hay tramposos dispuestos a lucrar con el esfuerzo ajeno. En esos días, dan ganas de retirarse y regresar a esa época sin responsabilidades ni etiquetas; nos resulta fácil refugiarnos detrás de una pantalla por miedo a fallar. Sin embargo, es precisamente el arte de fracasar con dignidad lo que nos hace humanos.
La película retoma el chiste clásico de toda la vida, pero esta vez el Coyote deja de ser el simple hazmerreír que sale volando por un barranco para convertirse en una lección de resiliencia. Nos enseña que tropezar una y otra vez no nos resta valor y que hay una enorme dignidad en levantarse del suelo, sacudirse el polvo y decidir que, a pesar de los golpes, vale la pena volver a intentarlo. Con suerte, en el camino encontramos a un buen amigo, conocemos nuevos lugares o simplemente nos reencontramos a nosotros mismos.
Ante esta lección, solo puedo decir: háganse un favor y vean esta película. Abracen a su niño interior y vuelvan a intentarlo mañana. No pasa nada si no funciona a la primera, porque, como bien dicen, no por miedo a errar se debe dejar de intentar.
