Para nadie era un secreto que la propuesta presidencial de reforma electoral vivía horas bajas.
Y no solo porque representaba un riesgo muy alto para la democracia del país.
(Entre otras cosas, si se aprobaba tal cual, propiciaría inequidad al favorecer descaradamente a Morena, que entonces superaría al PRI como partido de Estado –lo cual ya es mucho decir– y prácticamente se eternizaría en el poder).
El abierto rechazo de PVEM y PT, los supuestos aliados de la 4T, tuvo a la reforma siempre en la lona.
Desde hace días solo se escuchaban sus últimos estertores.
Solo la salvaba un auténtico milagro.
Un milagro que nunca llegó.
Y es que tanto petistas como verdecologistas nunca se iban a dar un balazo en el pie.
Aprobar la iniciativa significaba para ellos perder el millonario negocio económico y político que vienen haciendo desde que existen como partidos paleros, bisagras, satélites, o que simplemente se venden al mejor postor.
Antes al PRI, luego al PAN, hoy a Morena. Mañana quién sabe a quién.
Los dueños del PVEM y PT sabían perfectamente que su mejor aliado era el tiempo.
Mientras más extendían el debate, mientras más estiraban la liga sin romperla y mientras más postergaban la votación del dictamen, más segura era la muerte de la propuesta presidencial.
Una propuesta que, además, tenía los plazos muy acotados.
Y es que tanto el Congreso de la Unión como las legislaturas locales debían modificar las leyes secundarias a más tardar el 15 de mayo de 2026.
Una misión casi suicida.
Un proceso fast track sin que Morena contara con la mayoría calificada, necesaria para sacarla adelante.
La propuesta nació muerta.
O se fue muriendo en el camino, que para el caso fue lo mismo.
Y tan lo sabía Claudia Sheinbaum Pardo que desde el pasado miércoles declaró:
“Ya depende de cada legislador y legisladora. Yo me siento muy satisfecha de haber enviado la iniciativa (…) nosotros cumplimos y para mí eso es muy importante”.
Y agregó:
“(…) nosotros cumplimos y para mí pues eso es muy importante. Y ya después del debate y del resultado, pues ya presentaremos otras iniciativas”.
Traducción:
Ya ni modo, por mí no quedó.
La propuesta de reforma electoral avanzó en comisiones, pero con votos en contra del Partido del Trabajo y del Partido Verde Ecologista de México (PVEM).
“Hemos sido objeto de un linchamiento mediático en estos últimos días, por defender una postura no de mezquindad, no de privilegios, no de cuotas y de cuates, sino por defender espacios para las voces minoritarias”, declaró el diputado petista Pedro Vázquez.
“En esta ocasión no podemos acompañar el dictamen, porque consideramos que la propuesta puede fortalecerse para garantizar condiciones de igualdad y competencia democrática”, señaló, por su parte, Ricardo Astudillo, a nombre de la bancada verdeecologista.
Y sucedió lo que se sabía:
La iniciativa de la mandataria fue rechazada al no obtener mayoría calificada, pues tuvo 259 votos en favor –con todos los sufragios de Morena y una mínima parte de los del Verde–, por 234 en contra, del PT, la mayoría del PVEM, PRI, PAN y Movimiento Ciudadano. Se registró una abstención.
Ya lo advertía con toda claridad hace unos días Ricardo Monreal, el coordinador de Morena en San Lázaro:
“Ni un milagro la salva”.
A la 4T le faltaron bastantes votos. Votos que no encontró en ningún lado.
En su reciente visita a Puebla, Monreal dijo medio en broma y medio en serio:
“La gente de Puebla es muy católica y va al santuario del Santo Niño de Atocha (en Zacatecas). Yo soy de ahí, ahí nací. Y creo que esta vez ni me atrevo a pedírselo porque está la situación… no está fácil, está compleja”.
Y sí, estaba algo más que compleja.
Obviamente la “oposición” (PAN, PRI y Movimiento Ciudadano), tampoco la iba a aprobar.
Un análisis interno de Acción Nacional señalaba que la iniciativa de Palacio Nacional buscaba, entre otras cosas, quitar poder a las dirigencias partidistas para designar plurinominales.
Por lo tanto, ni de locos la acompañaron.
También se les hubiera caído el jugoso negocio.
Y en política, no hay nada más sagrado que el negocio.
Desde hace un par de semanas ya se veía muy difícil que la iniciativa pudiera materializarse.
Sí, el naufragio ya se intuía.
Nadie operó lo que tenía que operar, o la feria de las traiciones estuvo a la orden del día.
Y es que incluso a muchos morenistas no les convenía, pues muchos de sus privilegios se irían literalmente a la basura.
Sí, la muerte de la reforma electoral puede leerse como una derrota de la presidenta.
Es la primera vez desde la llegada de la alianza Morena-PT-PVEM a la Presidencia de la República, que los aliados del régimen rechazan una propuesta de enmienda constitucional.
No había pasado, y esa es la nota.
¿Habrá consecuencias de cara al 2027?
Por supuesto. Y ya se irán viendo.
Tras el fracaso, se habla de un “Plan B”.
Pero mientras tanto, Claudia Sheinbaum podrá seguir vendiendo la idea de que ella tenía buenas intenciones, pero que no la dejaron quienes no escuchan al “pueblo sabio y bueno”.
Cuando, en el fondo, en realidad, la reforma era la toma definitiva del poder y el último clavo en el ataúd de esa entelequia llamada democracia mexicana.