Estar una noche, en fin de semana, en el Hospital de Traumatología y Ortopedia “Manuel Ávila Camacho” del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) es entrar a un mundo de abusos, de maltratos, de carencia de médicos calificados, de basura, de improvisación y de un trato ajeno a la defensa de la vida. Es sufrir una pesadilla en donde los que atienden son agresivos y carentes de ética. Donde se finge que es una Unidad Médica de Alta Especialidad, tal como la catalogó el director general del IMSS, Zoé Robledo Aburto, hace seis años.
Uno de tantos pacientes que vivió en carne propia todo ese universo de abusos fue una mujer llamada Micaela, de 95 años, que llegó al nosocomio luego de una grave caída, para toparse con insultos y actitudes de escarnio, como reclamarle “por qué no tiene un hombre” que la cargue para que le puedan tomar una placa de rayos X.
Al final, una sobrina que acompañaba a la nonagenaria acabó siendo expuesta a la radiación del aparato de rayos X, pues la obligaron a que ella cargara y sostuviera a su pariente, pese a no tener la capacidad física para ello. Cuando estaba sujetando a la mujer accionaron el sistema radiológico, sin ofrecerle una placa o una bata de protección.
Todo ello sin contar que nunca le pudieron proporcionar el analgésico que ordenó un médico para calmar un dolor intenso que sufría la anciana por la caída y que se agravaba por padecer escoliosis aguda, situación que le hace tener la columna vertebral en forma de una “S” y sufrir dolores crónicos.
Al final pasó lo mismo que siempre ocurre en el IMSS: luego de una espera de más de cuatro horas para tomarle una placa radiológica, le dijeron que “no tenía nada” y le dieron una tira de paracetamol, sin importar que la paciente no se podía sostener en pie, que el dolor se incrementaba y presentaba signos de desorientación.
Una situación muy parecida vivió un hombre que llegó con la nariz rota, hundida, para que de manera grosera le dijeran que no había cirujano disponible y se retirara, o mejor buscara otro nosocomio del IMSS para que lo atendieran esa noche.
“¿Por qué no tienes hombre que te atienda?”
La señora Micaela, que cumple 95 años esta semana, tropezó la tarde noche del viernes pasado. Una sobrina, con sus propios medios, la llevó al área urgencias de la clínica del IMSS ubicada en la zona del Paseo Bravo. Ahí un médico dijo tener la sospecha de que había una fractura o una fisura. Por tanto, ordenó que mejor la trasladaran al Hospital de Traumatología y Ortopedia, que se ubica en la diagonal Defensores de la República.
En 2020, ese hospital que lleva el nombre del expresidente Manuel Ávila Camacho, fue visitado por Zoé Robledo, en su calidad de director del IMSS. Ahí, en los discursos oficiales se dijo que el nosocomio cuenta con una plantilla de 123 médicos especialistas y 291 enfermeras. Se presumió que la unidad médica era moderna y eficiente.
Nada de eso se encontró la señora Micaela. El tremendo golpe que se dio con la caída no le permitía caminar. Entonces a la entrada del hospital le proporcionaron una silla de ruedas, la cual se encontraba en estado deplorable, con un asiento a punto de romperse y sin tener el apoya brazo del lado derecho, lo cual pone en peligro a quien usa el dispositivo, ya que una mano podría ser atrapada por la rueda de dicho aparato.
La mujer entró la noche del viernes y salió del hospital a las cinco de la madrugada del sábado, luego de una larga espera de cuatro horas para que le tomaran una placa radiológica.
En el área de rayos X atendía una sola mujer de unos 40 años, de complexión robusta, que a todos gritaba y hacía gestos agresivos.
Sin tomar en cuenta que Micaela no podía caminar y su avanzada edad, la radióloga ordenó que se pusiera de pie y se colocara frente a una pared.
Cuando la paciente le expuso que no podía hacer ese movimiento, entonces la trabajadora del IMSS volvió a dar órdenes, como si fuera militar, que entonces su sobrina la cargara y la pusiera boca abajo en una mesa. Con el pequeño detalle de que esa pariente no tiene la fuerza ni la complexión para aguantarse a su tía.
Fue entonces cuando la radióloga lanzó la expresión, palabras más, palabras menos, “¿por qué no tiene un hombre que la asista, que la cargue?, ¿por qué viene así?”
La única solución que encontró la sobrina es que salió a buscar un camillero, mismo que movió a Micaela sin atender su llanto por el dolor y debido a la escoliosis que padece, nunca pudo poner recto su cuerpo, tal como exigía la encargada de los rayos x, que ansiosa advertía que ya no haría el servicio por la tardanza.
De manera sorpresiva para la sobrina, cuando sujetaba a la paciente encima de una mesa, para acabarla de acomodar, la exasperación de la encargada del área la hizo accionar el aparato radiológico, sin importar que la pariente no tenía ningún tipo de protección frente a los rayos X.
Algo que había en cualquier rincón del hospital es que todas las áreas estaban llenas de abundante polvo, por la falta de limpieza y, al parecer, por obras de remodelación. Una falta de higiene imperdonable en un hospital.
Al llegar al sitio de diagnóstico, la señora Micaela se topó con que solo había médicos pasantes. Eran alrededor de siete jóvenes entretenidos con sus teléfonos celulares, en estar comiendo fritangas, en lugar de buscar agilizar la atención a los pacientes.
El lugar era una reducida oficina llena de basura, con colchonetas en el piso que usan los galenos para dormir y donde solo hay dos computadoras para revisar las placas de rayos X, lo que hace tortuosa la atención para los muchos derechohabientes que esperan una revisión.
En todo momento la sobrina pidió que le suministraran a su tía una ampolleta de tramadol, que es un medicamento para el dolor extremo y que ordenó el primer galeno que vio a la nonagenaria. Nunca le pusieron el fármaco. Todo se redujo a que le dieron una tira con cuatro pastillas de un leve analgésico, previo a que la señora Micaela fuera enviada a su casa.
La sobrina preguntó quién era el médico encargado del hospital para presentar una queja. La respuesta que le dieron: la recepcionista era la que atendía esos asuntos y, efectivamente, con mucha atención la empleada escuchó los reclamos, para después dar una respuesta contundente:
Lo que vivió la señora Micaela pasa todos los fines de semana.
