Cuitlatlán
Por Fermín Alejandro García
La visita que realizó este jueves a la ciudad de Puebla el líder nacional priista Enrique Ochoa Reza resultó desangelada, intrascendente, decepcionante para muchos priistas, pues en la primera gira al estado del dirigente del PRI se puso de manifiesto que el partido sigue sin cohesionarse, se encuentra desarticulado y sin la más mínima capacidad de tomar una actitud crítica, de verdadera oposición, frente al gobernador Rafael Moreno Valle Rosas. Dicho de otra manera, los dirigentes del tricolor le tienen miedo enfrentar al morenovallismo.
Una tradición arraigada que tenía el PRI, en sus mejores y sus peores momentos, es que después de una elección siempre se convocaba al Consejo Político Estatal del partido y se hacía un análisis, una revisión, de la última votación, y ante todo se realizaba un acto de unidad, un llamado a la cohesión, a la disciplina.
Por esa razón se supuso que la presencia de Ochoa Reza de este jueves iba tener el propósito de generar un acto de autocrítica y de cohesión del partido, de que fuera un encuentro con la militancia, de marcar el rumbo que debe tomar la dirigencia estatal del PRI. Nada de eso ocurrió. Incluso la sensación que dejó el líder priista es que su visita pasó sin pena ni gloria. No dejó algo rescatable.
Para empezar al grueso de los consejeros estatales del PRI y los consejeros municipales de la capital fueron ignorados. Nadie los convocó a los dos encuentros que encabezó Ochoa Reza en la ciudad de Puebla. Parece que el líder priista desconoce que existen órganos de gobierno en la fuerza política que preside.
Y lo peor es que esos consejeros también han sido ignorados por el Comité Directivo Estatal del PRI, que de igual manera se ha negado a hacer una reunión a la que asistan los líderes regionales, gremiales, de los tres sectores tricolores, de las organizaciones simpatizantes, las cabezas de grupos y los legisladores de dicha fuerza política, para analizar el último resultado electoral. Es decir se ignora a las bases.
Resultaron sorprendentes dos hechos. Primero: que la figura protagónica de los dos encuentros de Ochoa Reza haya sido Blanca Alcalá Ruiz, la candidata a la gubernatura, que luego de su derrota se escondió, se esfumó, no tuvo la capacidad de ofrecer alguna explicación de por qué el PRI sufrió su peor derrota electoral.
Además a Blanca Alcalá la persigue la sospecha de que se vendió, que se dejó derrotar, que nunca quiso confrontar a sus rivales electorales y que la mediocridad de su campaña habría obedecido a un acuerdo entre el morenovallismo y Los Pinos, de no hacer nada que impidiera el triunfo del PAN en las votaciones del pasado 5 de junio.
Segundo: que hubo ausencias notables de líderes priistas como Enrique Doger, Juan Carlos Lastiri, Juan Manuel Vega Rayet, Mario Marín Torres, entre otros, y que en cambio estuvieron presentes el ex gobernador Melquiades Morales Flores y su hermano Jesús Morales Flores, quienes encabezan la principal familia de miembros del PRI que trabaja al servicio de Rafael Moreno Valle.
Parece que los priistas poblanos tienen memoria de pulga, ya que apenas hace unas semanas, en plena campaña electoral, el entonces líder nacional del PRI, Manlio Fabio Beltrones, hizo un reclamo público a Melquiades Morales Flores por no colaborar a la unidad del partido.
Ese llamado era en alusión a que varios miembros de la familia Morales Flores ocupan posiciones políticas relevantes y todos ellos, estuvieron trabajando a favor de los intereses del PAN y del gobernador Rafael Moreno Valle Rosas.
¿Nadie le informó a Enrique Ochoa Reza de la traición al PRI de la familia Morales Flores?
¿Sabrá el dirigente priista quién es Melquiades Morales Flores?
¿O no será acaso que no le interesa lo que pasó en Puebla en la última elección?
Para muchos priistas esas interrogantes quedaron en el aire con un dirigente que llama a denunciar los abusos de los gobiernos de la derecha, pero que no se atreve a hablar claro, directo, sobre la violencia política del morenovallismo.
Había muchos temas que abordar, como es la persecución que existe de la Auditoría Superior del Estado contra los alcaldes del PRI y el PRD en cuyos municipios no ganó el PAN, y que por esa razón sus cuentas públicas no van a ser aprobadas.
Tampoco se tocó el asunto de la parcialidad de los consejeros electorales y de los magistrados del Tribunal Estatal Electoral a favor del PAN y sus aliados.
De la enorme deuda que va a dejar el gobierno de Rafael Moreno Valle Rosas.
Ni tampoco del espionaje que se ejerció en este proceso electoral contra la mayoría de los dirigentes y líderes del PRI.
Por eso cuando Enrique Ochoa Reza prometió que ahora si el PRI va a recuperar la gubernatura de Puebla, sonó más como a un chiste de humor negro que a un intento real de enderezar el mediocre trabajo de la dirigencia estatal del priismo poblano.
