Escuchar música es una actividad que involucra distintas regiones del cerebro y genera una serie de respuestas fisiológicas y neuroquímicas en el organismo. Más allá de su valor cultural y artístico, el sonido puede influir en la química cerebral, el ritmo cardiaco, la respiración y el estado emocional.
Entre las respuestas asociadas a la música se encuentra la liberación de sustancias vinculadas con el placer y el sistema de recompensa. Investigaciones en neurociencia, como las desarrolladas en la Universidad McGill, han documentado la liberación de dopamina al escuchar pasajes musicales placenteros.
Este proceso se relaciona con estructuras del sistema de recompensa y puede presentarse tanto durante momentos de alta intensidad emocional como durante la anticipación de una parte esperada de la pieza musical.
La música puede influir en la respuesta al estrés
La escucha de música con ritmos pausados y armónicos se asocia con una disminución en la concentración de cortisol, hormona relacionada con la respuesta del organismo ante el estrés.
Además, la práctica musical compartida o la asistencia a conciertos puede favorecer respuestas relacionadas con la oxitocina, vinculada con el comportamiento afiliativo y la empatía colectiva, así como con la liberación de endorfinas, asociadas con el aumento del umbral del dolor.
El ritmo también influye en el corazón y la respiración
El sistema nervioso autónomo, encargado de controlar distintas funciones involuntarias del cuerpo, también responde a las propiedades acústicas de la música.
Los ritmos acelerados o los crescendos pueden estimular el sistema simpático y favorecer un aumento de la frecuencia cardiaca, mientras que las estructuras musicales lentas se relacionan con la activación del sistema parasimpático y estados de relajación.
Una de las respuestas más conocidas es el frisson, conocido popularmente como “piel de gallina”. Esta reacción puede aparecer ante cambios inesperados en la música, como una modulación, una variación de volumen o la entrada sorpresiva de una voz, generando una breve respuesta asociada con una emoción intensa.
Varias regiones del cerebro participan al escuchar música
Los estudios de imagenología por resonancia magnética funcional han documentado que la música no se procesa en un solo punto del cerebro, sino que involucra múltiples redes neuronales y regiones de ambos hemisferios.
La corteza auditiva procesa elementos como el tono, timbre y volumen; la corteza motora y el cerebelo participan en la respuesta al ritmo, mientras que el sistema límbico y la amígdala intervienen en el procesamiento de emociones y recuerdos asociados con determinadas melodías.
La respuesta del organismo ante la música muestra que el sonido puede actuar como un modulador fisiológico, capaz de generar cambios en la química cerebral, la frecuencia cardiaca y el bienestar general, sin dejar de lado su valor como una de las expresiones culturales y artísticas presentes en las sociedades humanas.
