Durante las últimas décadas, la estructura de los hogares ha cambiado de manera acelerada. El modelo de familias numerosas ha dado paso a una mayor presencia de personas que viven solas, ya sea por soltería, independencia, divorcio o viudez.
En economías avanzadas, los hogares unipersonales ya representan más de 40% del total en algunos países, mientras que en Estados Unidos superan el 27% de las viviendas ocupadas.
En México, los datos señalados del Inegi muestran que los hogares de una sola persona pasaron de representar 4.9% en 1990 a 12.4% en 2020, con mediciones recientes que los ubican alrededor del 14%.
Al mismo tiempo, el promedio de habitantes por vivienda disminuyó de 4.9 integrantes en 1990 a 3.3 en años recientes, reflejando la reducción del tamaño de los hogares.
Vivir solo implica asumir todos los gastos
Uno de los principales efectos económicos de esta transformación es la pérdida de las llamadas economías de escala.
Una persona que vive sola debe asumir por cuenta propia gastos como renta, electricidad, agua e internet, costos que en un hogar familiar pueden distribuirse entre varios integrantes.
Esta situación también ha modificado los patrones de consumo. El mercado minorista ha incrementado la oferta de porciones individuales, alimentos preparados y empaques pequeños, dirigidos a consumidores que no necesitan adquirir productos en grandes cantidades.
Aunque estas presentaciones pueden reducir el desperdicio, también pueden implicar un mayor costo por unidad, debido al empaque individual.
La conveniencia se convierte en un producto
La tecnología también ha acompañado el crecimiento de los hogares unipersonales. Los servicios de delivery, streaming, transporte mediante aplicaciones y compras en línea permiten resolver actividades cotidianas sin necesidad de una convivencia física.
Para este consumidor, la compra puede estar más relacionada con la conveniencia y el ahorro de tiempo que con la adquisición de productos en grandes cantidades.
Las suscripciones digitales y los servicios personalizados a domicilio forman parte de este cambio en la manera de consumir.
Nuevas viviendas para quienes viven solos
El crecimiento de los hogares unipersonales también modifica las necesidades habitacionales. El mercado inmobiliario ha incorporado departamentos tipo estudio, viviendas de una recámara y esquemas de co-living, con espacios privados reducidos y amenidades compartidas.
Esta transformación responde a una demanda de viviendas adaptadas a personas que no necesitan una casa familiar de varias habitaciones.
Sin embargo, una mayor cantidad de hogares para albergar a la misma población también puede generar presión sobre la demanda de vivienda en las zonas urbanas, particularmente en los centros de las ciudades.
El reto de la soledad y los cuidados
La dimensión económica del fenómeno también alcanza a la salud pública. Las investigaciones citadas en la información relacionan la soledad prolongada y el aislamiento con riesgos para la salud física y mental.
El desafío adquiere mayor relevancia conforme aumenta el envejecimiento poblacional y crece el número de personas adultas mayores que viven solas.
Mientras que anteriormente buena parte de los cuidados podía recaer en redes familiares amplias, los hogares unipersonales pueden requerir una mayor participación de servicios profesionales, sistemas de salud y asistencia pública.
Así, el crecimiento de las personas que viven solas no solo modifica la composición de las viviendas, sino que también está transformando qué se compra, cómo se habita una ciudad y quién asume los costos del cuidado.
