Más que emitir un juicio más al respecto, me gustaría invitarlos a pensar acerca de lo sucedido con los comentarios emitidos por dos diputadas poblanas hace unos días, sobre el físico de hombres de cierta edad. Me parece importante recalcar desde un inicio que sus ideas estuvieron basadas en narrativas comunes en un sector social para el cual el valor está en cómo se ve el cuerpo, bajo la falaz idea de que la juventud y las cirugías estéticas proporcionan “valor”.
Decir que alguien pierde valor por tener arrugas o por “oler a baúl” me parece preocupante. Pareciera que las relaciones se deben basar en ideales estéticos, tomando a las personas por objetos. El cuerpo no es simplemente un organismo biológico, sino aquello que se constituye, se imagina y se nombra a través del tiempo. Nuestros cuerpos están en constante interacción con lo que hay fuera, pero también sostienen nuestra vida; no son simples contenedores sino que se comunican; como se diría coloquialmente, “el cuerpo habla”. Así que atravesar la vida pensando que no se tendrán efectos en el cuerpo es una ilusión, porque sí, un baúl o una caja probablemente no cambiará con el tiempo, pero un cuerpo sí.
Para Jacques Lacan, el cuerpo se constituye por lo imaginario, lo simbólico y lo real, pero no me voy a enfocar en cada una de ellas ya que para una columna de tres cuartillas explicar cada uno resulta complejo; pero si les interesa saber más del tema, los invito a leer a Lacan. En esta ocasión me enfocaré en el cuerpo simbólico. Cuando Lacan se refiere al cuerpo como simbólico, está aludiendo a que el cuerpo no es meramente carne, piel o una cuestión material. Se refiere más bien a un cuerpo vivido, atravesado por el lenguaje, por las relaciones con los otros, por los nombres y los discursos que vienen del Otro. Pero ¿a qué me refiero con discursos que vienen del Otro? Lacan dice que el Otro con mayúscula es aquello que estructura nuestras relaciones; por ejemplo, el Otro desde lo estético. ¿Qué nos piden los discursos de la salud hoy en día? “¿Entre menos defectos, más valor?”.
Bajo esta lógica, pareciera que lo que se busca es colocar a las personas como mercancías sin daños, objetos nuevos y listos para el consumo, dejando de lado también la singularidad del encuentro con el otro, porque cuando uno se enamora no sabe a ciencia cierta de qué o por qué se enamoró de esa persona; capaz y fue de su pelo canoso, de sus arrugas al sonreír o de la singularidad de su olor. A mí me gusta llamarle química.
En este caso, el Otro serían las narrativas popularizadas que conllevan ideales que nos hacen creer que lo impoluto y sin defectos vale más. Si nos ponemos a pensar en el origen de la palabra valor, podremos ver que viene del latín valor, valoris, relacionado con valere, que significa “ser fuerte”, “tener fuerza” o “estar bien de salud”. ¿Qué acaso no es esa la exigencia actual que la narrativa capitalista nos demanda? Hacer más por el cuerpo para tener más valor y así funcionar mejor y ser más atractivos suena llamativo, pero en realidad ¿nos puede atraer lo mismo? Insisto, es posible que nos puedan atraer las arrugas o el olor de alguien y ser sorprendidos por ello.
Ahora bien, con esto no quiero decir que esté mal cuidar nuestro cuerpo, pues cuidar el cuerpo que habitamos es también un acto de amor; sino detenernos tantito para dar cuenta de lo delicado que puede llegar a ser hablar o burlarse del cuerpo del otro. ¿Cuántas personas en México tienen el acceso al cuidado estético al que aquellas dos diputadas sí tienen acceso? Hay algo de cinismo en la situación, el dinero del pueblo está en juego. Así que más allá de enfocarnos en el juicio moral que las diputadas hicieron, lo que no tomaron en cuenta fue su implicación y su enunciación ante esas críticas.
Decir que un hombre mayor huele distinto o se está pudriendo es pensar que por su físico ellas están en una posición superior, pero es una trampa discursiva ya que eso las coloca también en la categoría de mujeres que solo tendrían un valor por su imagen. Descalificar al otro como persona, sea hombre o mujer, las coloca en discursos sumamente machistas, porque es una realidad que el machismo no solo lo ejercen los hombres. Hablar despectivamente de otros cuerpos en un podcast no es libertad de expresión. Avalanzarse contra los hombres no es defender a las mujeres: es entrar en una competencia, es no ver al otro desde sus diferencias. Y ¿qué creen? Nuestro valor también tiene que ver con qué lugar le damos a los otros, a las personas que no conocemos, o a aquellos que son infames. Lo que decimos del otro habla más de uno mismo que del otro.
Porque sí, la libertad de expresión es un derecho fundamental, si pensamos que la palabra expresión significa “manifestar o comunicar algo que se piensa o se siente”. Sin embargo, me parece que en esta época donde los podcast abundan sería importante poder reflexionar sobre cuál es el objetivo de hablar en un podcast ¿Qué es lo que se quiere comunicar?, ¿o el fin es meramente económico, sin importar las consecuencias?
Tengamos en cuenta que muchos discursos que vemos en los podcast pueden incitar a la violencia y la descalificación; las diputadas dejaron claro cuáles son sus prejuicios y el síntoma social que nos aqueja, así que creo que este podría ser un gran parteaguas para que evaluemos qué clase de contenidos apoyamos, porque la libertad de expresión no es descalificar ni desinformar, sino trasmitir algo para tejer los lazos sociales, no para romper con ellos.
