¿Cuántas mujeres cuentan con las herramientas y los recursos para poder atender una depresión postparto? ¿Qué sucede hoy con la salud mental de las mujeres que hemos sufrido depresión postparto? ¿Es una cuestión meramente hormonal o, en cambio, es posible que sea un síntoma causado por violencia y enajenación? ¿Qué sucede cuando las instituciones de la salud mental nos tratan como un número más?
El caso de Lindsay Clancy me conmovió porque también pasé por una depresión postparto tan severa que de no ser por los que me acompañaron y los recursos que tenía a la mano no hubiese podido hacer una vida distinta. Lindsay, una mujer de Massachusetts, mató a sus tres hijos después de sufrir una psicosis derivada de su última gestación. Me parece que el caso expone y cuestiona el funcionamiento de las instituciones encargadas de velar por la salud mental: ¿cómo están abordando nuestras vidas y lo que nos trastorna en ellas? ¿De verdad les interesa?
Al vivir y atravesar la depresión postparto me di cuenta de que es un pasaje sumamente solitario y que la maternidad no siempre llega junto con esos ideales que nos prometieron que llegarían al convertirnos en madres, porque la maternidad está cargada de imaginarios e ideales que al menos a mí me enfermaron por mucho tiempo; ideales que a pesar del dolor de muchas mujeres, sostienen al patriarcado. ¿Qué acaso no es evidente con el caso de Lindsay? ¿Cuál es la implicación del esposo ante todo esto? ¿Por qué no hacer pruebas psicológicas a ambos? Me parece que criminalizarla de manera individual evidencia la disfunción de un sistema que aísla e individualiza a sus integrantes.
¿Puede una depresión postparto posibilitar una vida distinta? Creo firmemente que entre los desencadenantes de este trastorno se encuentran la violencia y la enajenación, opacados por el abordaje generalizado de la medicina al pensar que su causa es orgánica. La mujer que la padece, y los que la rodean, quedan sujetos al encasillamiento, la sentencia y el aislamiento que los diagnósticos pueden producir, por ello la escucha singular de cada caso es ir más allá de todo aquello y posibilitar algo distinto.
En mi columna anterior Burlarse del cuerpo ajeno no es libertad de expresión hablo del cuerpo simbólico: un cuerpo vivido, atravesado por el lenguaje, por las relaciones con los otros, por los nombres y los discursos que vienen del Otro; discursos que nos estructuran y que pueden estar cargados de ideales, como el discurso del Otro entendido desde la psiquiatría. ¿Qué nos pide la “salud mental” hoy en día? Que pensemos al cuerpo como una entidad únicamente biológica, omitiendo que nuestros cuerpos están atravesados, marcados y organizados por el lenguaje. Ya Freud, con sus pacientes histéricas, nos hizo ver que el cuerpo puede hablar sin palabras, porque el cuerpo es una experiencia subjetiva que está en relación con los otros.
Entonces ¿qué dice el cuerpo de una mujer con depresión postparto? Podría ser un síntoma de que algo fuera del cuerpo no marcha. Sin embargo, muchas narrativas que hablan de salud mental nos han hecho creer que cuando algo nos atormenta o nos duele eso tendría que acallarse para “funcionar perfectamente” a pesar del dolor, bajo la falaz idea de que callar la angustia, la depresión o lo que nos pueda llegar a aquejar nos hará felices.
El psicoanálisis es un espacio donde se posibilita otra realidad a través de la palabra, un espacio sin garantías, que no busca silenciar al síntoma, sino que le da su lugar que reclama en el cuerpo. No digo que esté mal tomar medicamentos psiquiátricos, cada caso es distinto y muchas veces son necesarios –¡qué vicio el generalizar!– pero aunque cada caso sea único, ¿quién escucha eso que podría no tener sentido y dice algo importante de quien lo padece y su alrededor? ¿Cuántas lo callan?
En el caso de Lindsay quedó evidenciado el problema de la medicación que prescriben los médicos e instituciones a la mayoría de la población con síntomas de depresión, insomnio y ansiedad –como si todos necesitáramos lo mismo–, haciendo notar una vez más que la burocracia como estructura hace que el trato con el otro sea impersonal, con el único objetivo de dar resultados y eficacia.
Entonces ¿para qué están las instituciones? Lindsay recibió atención y medicamentos conforme al protocolo pero eso parece haber agravado su situación: ¿alguien se habrá interesado en escuchar su historia? Existe una relación vital entre la psique y lo social, que nos demanda una postura política. Cuál es la falla de ciertas instituciones para dar la impresión de querer silenciar el dolor de los sujetos, los casos de depresión postparto como el de Lindsay nos vienen a cuestionar qué lugar tiene la palabra de las mujeres, si alguien de verdad escucha nuestra voz.
Así que una de las muchas hipótesis podría ser que quien sufre algún síntoma o malestar, en este caso la depresión posparto, dice una verdad de algo. La cuestión aquí es apuntar al caso por caso, pero siempre posibilitando dar acceso a la palabra para así escuchar lo que no marcha. ¿Qué verdad dice el caso de Lindsay Clancy? El fracaso de un sistema que individualiza la salud mental, el fracaso de la institución del matrimonio, la soledad y el rechazo al que están expuestas quienes sufren depresión postparto indica que no basta la medicación para tratar un tema social relacionado a la gestación, es decir, por qué habría que dejarle a una pastilla la responsabilidad de cuidar, sostener y acompañar a una madre que dio vida a quienes serían parte de esta sociedad.
El desenlace de la historia de Lindsay también habla de eso.
