“Lo mismo no es idéntico a lo igual, siempre aparece emparejado con lo distinto”
Byung-Chul Han
La palabra amistad proviene del latín amicitia, que significa amistad; a su vez, amicitia deriva de amicus (amigo), que está relacionado con el verbo latino amare, amar. Así que, etimológicamente, un amigo es «el que es amado» o «a quien se ama». Más que una simple relación social, en la amistad existe un vínculo amoroso. Y es justo por eso que los amigos nos pueden descolocar, afectarnos, en eso que es el encuentro con el otro que llega en su absoluta diferencia.
Si pensamos que la palabra afecto significa inclinación hacia alguien, y que produce algo en nuestro interior, entonces podemos pensar que con los amigos también pueden emerger fantasías, identificaciones, miedos y sentimientos que posiblemente desconocíamos de nosotros mismos. Un amigo no es quien llega con la garantía ideal de la semejanza, sino que puede ser precisamente ese refugio donde se descansa de sostener ideales.
Pensar que por tener los mismos gustos o compartir pasatiempos e ideas similares encontraremos incondicionalidad es absurdo e insostenible. Pensar que nuestros amigos serán iguales a nosotros puede ser un terreno peligroso que raya en la fantasía. ¿Por qué? En la contemporaneidad proliferan narrativas que han hecho del amor y la amistad un ideal donde la similitud tiene que ser el sostén de las relaciones, priorizando la homogeneidad en los lazos, semillero de prejuicios e ideologías que van en contra de lo que es diferente. ¿Qué produce seguir bajo esta lógica en nuestras relaciones?
Es verdad que cuando hacemos amigos se encuentra o se crea lo que se comparte, logrando así que emerja una relación; pero, como en todo vínculo, el tiempo evidenciará las diferencias de cada uno, ¡afortunadamente! De no ser así, se estaría apostando por una imitación del otro, donde posiblemente uno esté pensando por los dos o por los demás. ¿Estamos idealizando la amistad como un lugar que reafirma quiénes somos? Se puede empezar una amistad por una identificación con aquella persona –porque la identificación también sostiene–, pero esa identificación no es absoluta ni completa. De ser así, en un amigo se estaría buscando la autorización y no el compañerismo. Un compañero es alguien que está junto a uno desde la horizontalidad y no desde la jerarquía, y los amigos nos brindan un lugar donde se puede descansar del juicio constante al que podemos ser sometidos.
Las narrativas con las que nos bombardean constantemente nos piden buscar un amigo o una pareja igual o mejor a nosotros, «que nos sume y no nos reste», reforzando algo de nuestro narcisismo, donde el otro solo puede fungir como un espejo para depositar fantasías, pensamientos e ideales frágiles; pero ¿y si un día ese amigo al que se le depositó demasiado imaginario llega a fallar?, ¿puede ser condenado sin considerar que el otro es, y siempre será, otro? Apostar por relaciones donde la similitud opere es afianzar el ensimismamiento. Pero ¿qué tan narcisistas tenemos que ser para poder sostener solo amistades o parejas que sean iguales a nosotros?
Sostener una amistad requiere de mucho trabajo, escucha y respeto a los tiempos en que cada uno vive. Tejer una relación desde la absoluta diferencia puede ser tan enriquecedor como convivir con quien tenemos más afinidades. Así que los invito a tener encuentros diferentes, preguntarse de dónde vienen nuestros prejuicios, para germinar amistades desde la diversidad, respetando y escuchando el lugar del otro en el mundo.
