Siguiendo con el caso de Lindsay Clancy y los comentarios que recibí después de publicar mi columna, hay algunas preguntas que me gustaría abordar ahora: ¿es tan fácil llegar a un veredicto cuando se trata de un tema tan complejo?, ¿la cárcel es la solución? ¿Una madre que asesinó a sus hijos en medio de una crisis de salud mental es una criminal, o es el síntoma que evidencia la sobrecarga emocional que una madre puede experimentar y la dificultad simbólica que pueda llegar a tener para hacer una separación entre ella y sus hijos?
Con estas preguntas no quiero dejar fuera lo sucedido con los tres niños; claro que es un caso muy doloroso, pero creo que sería importante que podamos detenernos a pensar que un caso puede ser tan complejo que muchas veces no se encuentra una respuesta rápida y reconfortante que nos dé un sentido lógico. Me parece que juzgar desde la moral puede nublar el pensamiento crítico; eso nos orillaría a caer en generalizaciones donde es relativamente fácil decir que Lindsay es una criminal sin siquiera escuchar el caso con detenimiento. Hoy se nos exigen respuestas rápidas, sencillas y concretas. Pero a mí me gusta que, en este espacio, podamos pensar juntos. Así que vamos a ello.
La palabra criminal viene del latín crimen, criminis, que significa acusación, delito, falta. La raíz latina crimen está relacionada con cernere, que significa separar, distinguir, decidir o juzgar; sin embargo, yo me enfocaré por el momento en las acepciones ligadas a separar y distinguir.
Como madre de dos hijos y después de vivir una depresión posparto fuerte y dolorosa, me gustaría preguntarles a las madres lectoras: ¿les ha pasado que sienten culpa cuando se quieren separar un rato de sus hijos?, ¿se sienten juzgadas por ello? ¿Es posible que la depresión posparto sea un pasaje que posibilite una separación necesaria con los hijos? ¿Qué pasa cuando lo que deseamos no tiene lugar? O, peor aún, ¿qué pasa cuando la depresión posparto se trata como depresión severa, omitiendo la función que ocupa en la dinámica con los hijos?
Lacan habla de «pasar al acto» como el instante en que un sujeto que no tiene los recursos simbólicos para elaborar lo que le sucede, lo actúa. Insisto mucho en esta pregunta: ¿en verdad escucharon a Lindsay?, ¿qué no pudo hablar que terminó actuándolo? Decir que actuó desde la voluntad la despolitiza. Ella es víctima de un sistema que la dejó sola, que no la escuchó, que la silenció bajo el mandato del capitalismo contemporáneo, «estar sanos para funcionar», para sostener y producir, con la ayuda de medicamentos que posiblemente no respondían a sus síntomas sino a otro discurso.
El caso de Lindsay y la depresión posparto es un tema bastante complejo, justo porque no existe una esencia universal que permita decir qué es una mujer y qué una madre. Por eso podemos ver que cada mujer ha encontrado una salida distinta y particular a la depresión posparto, no sin consecuencias para ellas o para otros. Entonces, ¿qué estamos perdiendo de vista? Tal vez la totalización de los síntomas que se produjeron a partir de la modernidad instrumental, en donde la producción es mecanizada, o tal como lo diría Rita Segato, «la crueldad y el desamparo de las mujeres aumenta a medida que la modernidad y el mercado se expande y anexa nuevas regiones» (2011).
En su texto Género y colonialidad, Segato se refiere a los feminicidios que ocurrían y siguen ocurriendo en la frontera norte de México; sin embargo, yo quiero hacer una correlación con la modernidad y el desamparo que las mujeres y las madres podrían estar manifestando a través de una depresión postparto, ya que como bien menciona la autora: «existen nuevas formas de ensañarse con los cuerpos femeninos y feminizados, un ensañamiento que se difunde y se expande sin contención». Uno de los ensañamientos es que seamos madres que deben poder con todo. En la modernidad la salud mental se lleva a un campo donde nuestros cuerpos están expuestos al encono y la crueldad, silenciados por medio de pastillas, obnubilados debido a la necesidad de satisfacer la insistencia que nos pide «estar bien» tan pronto hemos dado a luz; que seamos las mismas cuanto antes, que no duela y que demos lo mejor de nosotras y más.
Recuerdo que sobre este tema hay una película titulada Un respiro en la oscuridad cuya protagonista es Julie, una mujer que aparentemente no tendría por qué estar triste, ya que tiene un trabajo, un esposo que la quiere, una casa y dos hijos –supuestamente, el «sueño ideal»–. Sin embargo, sufre una depresión posparto después del nacimiento de su primer hijo, lo interesante de la película es que evidencia la forma en que ella es infantilizada a través de esas buenas intenciones que le piden tomar antidepresivos para que esté bien. Ella no quiere tomar el medicamento pero se lo imponen, porque lo que quieren es que esté bien. ¿Bien para qué?, y, en todo caso, ¿por qué no permitirle «estar mal»?, ¿por qué no escucharla y ver qué es lo que se detonó a partir de su maternidad? Porque en la maternidad –y no me dejarán mentir las que son madres– se revive la historia: pensamos en lo que hemos vivido como hijas aunado a la incertidumbre de lo que implica ser madre.
La salud mental en relación a la depresión posparto no busca nuestro bienestar, se ensaña con nosotras bajo un ideal de funcionalidad, de ser madres presentes sin poder faltarle a los hijos, porque lo que se busca de nosotras es una reincorporación inmediata al mercado laboral y productivo. Una madre que está bien a pesar del dolor, es una madre que sostiene demasiado. Sanar se ha convertido hoy en el equivalente a volver a ser operativo, anulando el tiempo necesario del duelo, el colapso, el dolor, el cambio o la pausa. Por eso, darle lugar a la palabra y al dolor podría disminuir el que se tenga que «actuar» lo que no se pudo poner en palabras, pero poner en palabras y escuchar lleva su tiempo y hoy se tiene todo menos tiempo y ganas de escuchar al otro.
