En el PAN poblano han perfeccionado una disciplina política: dar palos de ciego, pero con gráficas de colores.
Tras la elección de 2024, cualquiera habría guardado el teléfono, despedido al oráculo y revisado por qué las urnas dijeron exactamente lo contrario de lo que pronosticaban sus encuestas.
Pero en el PAN del inefable Mario Riestra Piña hicieron otra cosa.
Volvieron a marcar el mismo número.
Y es que en estos días circula entre sus cuadros una nueva entrega de Massive Caller, fechada el 19 de agosto. Es la película que el panismo quiere ver rumbo a 2027: Morena con 37.7%, Acción Nacional respirándole en la nuca con 31.7% y un escenario en el que sus adversarios aparecen divididos, desgastados y perfectamente alcanzables.
El PAN todavía no gana.
Pero ya volvió a sentirse ganador.
La encuesta –profusamente difundida en los grupos azules de WhatsApp– también reporta un rechazo de 75.7% a la eventual reelección de Pepe Chedraui y reordena a los aspirantes de Morena de una manera bastante conveniente: Laura Artemisa García Chávez en primer lugar, con 20.8%; Chedraui en segundo, con 19.8%, y Gaby “La Bonita” Sánchez en tercero, con 15.9 por ciento.
Todo muy cómodo.
Demasiado cómodo.
Y bastante curioso.
Más que una encuesta, parece una sesión de autoayuda para panistas en recuperación.
Las láminas, hay que decirlo, no prueban que el PAN haya pagado el “estudio”. El propio documento señala que fue patrocinado por Massive Caller. Lo comprobable es que circula dentro del partido como material para evaluar escenarios y tomar decisiones.
Y un mapa equivocado puede llevar al barranco, aunque haya llegado gratis por WhatsApp.
Nueve días antes, una medición difundida y atribuida a Parametría mostraba otra película: Chedraui encabezaba la preferencia final con 21.9%; Gaby Sánchez aparecía con 11%; Claudia Rivera, con 6.8%; Rafael Moreno Valle Buitrón, con 5.2%, y Laura Artemisa, con 4.5 por ciento.
La puntera de Massive Caller aparecía en quinto lugar al ordenar las cifras publicadas de Parametría.
No son ejercicios idénticos y tampoco Parametría debe tomarse como palabra revelada. Pero cuando dos instrumentos presentan fotografías tan distintas, lo responsable es revisar muestras, preguntas, métodos y territorio.
Lo irresponsable es quedarse con la encuesta que dice exactamente lo que uno quería escuchar.
El PAN trae un termómetro cruzado: detecta fiebre terminal entre sus adversarios y salud olímpica dentro de su casa –por cierto, bastante desordenada.
Sobre quién aparece mejor posicionado entre los panistas, no hay información disponible. No circularon la correspondiente lámina.
Por tanto, no se puede afirmar a quién coronó.
Solo cabe una sospecha maliciosa: en una de esas resulta ganador el propio Mario Riestra. O quizá algún familiar, porque en Acción Nacional las vocaciones políticas suelen revelarse con sorprendente frecuencia dentro del árbol genealógico.
Sería apenas una ironía, desde luego.
Aunque el PAN lleva años esforzándose para volverla verosímil.
Porque en ese partido la encuesta no siempre descubre al mejor candidato. A veces solamente le da bautismo científico al apellido previamente elegido.
El problema de Massive Caller tampoco consiste exclusivamente en que su método sea telefónico. Una encuesta telefónica bien diseñada, con cobertura suficiente, ponderaciones y controles transparentes, puede producir información útil, que no es lo mismo que definitiva.
El problema es convertir una grabación automatizada en voz de Dios.
La letra pequeña de Massive Caller dice que se realizaron 600 entrevistas mediante llamadas robóticas, reporta un margen de error de más o menos 4.3%, reconoce una tasa de rechazo de 95% y agrega que no incluye métodos de estimación de resultados.
Un rechazo de 95% no invalida automáticamente una encuesta, pero sí obliga a explicar cómo se corrigió el posible sesgo de quienes no contestaron. La propia AAPOR advierte que la tasa de respuesta debe analizarse junto con otras medidas de precisión y representatividad.
Massive Caller no ofrece esas explicaciones en las láminas.
Ofrece barras de colores.
Y esperanza azul, que hace que Mario Riestra dé brinquitos de alegría.
Pero hay algo todavía más incómodo.
Las 600 entrevistas corresponden a la muestra completa. Sin embargo, las preguntas sobre aspirantes se aplican, según su propio fraseo, únicamente a quienes previamente dijeron que votarían por cada partido.
Si 37.7% de la muestra respondió Morena, el apartado sobre sus aspirantes tendría alrededor de 226 casos, suponiendo que la proporción ponderada se aproxime a la base real.
En el escenario estadístico más favorable, el margen de error de ese subgrupo rondaría los 6.5 puntos.
Por eso, proclamar a Laura Artemisa como puntera con 20.8 frente al 19.8 de Chedraui es una travesura gráfica.
Un punto de diferencia no es una ventaja.
Es neblina estadística con logotipo.
Para el PAN, la base rondaría los 190 entrevistados. Para el PRI, apenas los 59. Sin embargo, todas las láminas cargan en el pie de página el mismo “600 entrevistas” y el mismo margen de 4.3, como si las 600 personas hubieran respondido cada pregunta.
Así se convierte una muestra disminuida en una certeza inflada.
Y una caricatura en estrategia electoral.
Pero el antecedente verdaderamente incómodo –que pocos olvidan, salvo el propio PAN– está en 2024.
El 26 de abril de aquel año, Massive Caller colocó a Mario Riestra con 47% y a Pepe Chedraui con 35 por ciento.
Doce puntos de ventaja para el panista.
El 14 de mayo, a menos de tres semanas de la jornada electoral, todavía daba ganador a Riestra por 44% contra 36.5 por ciento.
Las urnas entregaron la realidad que el teléfono no pudo escuchar.
Al sumar los votos por partido consignados en el cómputo final del Instituto Electoral del Estado, la coalición de Chedraui obtuvo 425 mil 589 sufragios y la de Riestra, 305 mil 740.
Casi 120 mil votos de diferencia.
Massive Caller no falló solamente en la magnitud. Falló en el ganador. Falló en la dirección. Falló en la elección.
No tomó una fotografía borrosa. Fotografió otro planeta.
En la gubernatura el descalabro fue todavía mayor.
La última medición de Massive Caller registrada antes de la jornada colocó a Eduardo Rivera con 50.1% y a Alejandro Armenta con 46.9%. Incluso el día de la elección, en el colmo del cinismo, difundió una encuesta de salida favorable al panista.
El resultado oficial fue Armenta con un millón 908 mil 954 votos, equivalentes al 59.52%, de acuerdo con el Instituto Electoral del Estado. La coalición de Rivera reunió un millón 52 mil 216 sufragios. Una diferencia de 856 mil 738 votos.
La encuesta veía a Rivera arriba por poco más de tres puntos. Las urnas colocaron a Armenta arriba por casi 27. Un error cercano a 30 puntos en la distancia entre ambos.
Eso ya no es perder el pulso. Es tomarle el pulso al paciente equivocado.
Y, pese a semejantes antecedentes, Mario Riestra –el campeón del humorismo azul– anunció que el PAN pretende designar mediante encuestas a ocho de cada diez candidatos para 2027.
Ahí está el verdadero problema: una encuesta equivocada puede ser un accidente. Volverla método partidista después de que falló en la gubernatura y en la capital ya no es un accidente. Es reincidencia.
El PAN necesita cotejar estudios, revisar muestras, comparar metodologías, medir negativos, evaluar estructuras y caminar por las colonias donde las personas cuelgan las llamadas robóticas.
Necesita escuchar a Puebla.
No solamente a quienes oprimen el número uno.
De lo contrario, Mario Riestra podrá volver a ganar las encuestas, las presentaciones de PowerPoint, los chats internos y, acaso, hasta la medición familiar en su residencia de “El Ensueño” o en su hotel del Centro Histórico.
Pero las urnas no son una llamada automatizada.
No oprimen una tecla para complacer al dirigente.
En 2024, el teléfono le dijo al PAN que ganaba.
Y Puebla le colgó.
Si repiten el “método” en 2027, ya no podrán llamarlo error.
Habrá que llamarlo necedad o… estupidez.

