Desde hace miles de años el ser humano tiene una obsesión: ser recordado. Maslow habló de reconocimiento y estima; Viktor Frankl, de encontrar sentido. Los griegos fueron bastante menos terapéuticos: lo llamaron gloria. En la adaptación cinematográfica Troya, antes de enfrentarse al gigantesco Boagrius, un niño le dice a Aquiles que él jamás pelearía contra semejante monstruo. Aquiles responde: “Por eso nadie recordará tu nombre”. Y ahí está, probablemente, una de las mejores explicaciones de la condición humana: quieres que recuerden tu nombre, haz algo para que valga la pena recordarlo.
Durante siglos la gloria fue cara. Había que ganar una batalla, sobrevivir una expedición, escribir un libro, construir un imperio, descubrir algo, inventar una máquina, correr más rápido, cantar mejor o hacer alguna barbaridad suficientemente extraordinaria para que alguien quisiera contarla. Los cantares de gesta, las epopeyas y hasta nuestros corridos funcionan bajo el mismo principio: alguien hizo algo y por eso existe una historia sobre él. Hasta en la secundaria había que ganarse el prestigio. Si querías ser el mejor futbolista, jugabas; si querías ser el más inteligente, sacabas diez; si querías ser el bravucón, tarde o temprano alguien te iba a poner a prueba. Hasta para ser el pendejo más respetado del salón había que demostrar algo. La gloria tenía una barrera de entrada: hacer algo.
Pero hacer algo tarda y nosotros ya no sabemos esperar. Amazon nos entrega lo que queremos, Uber nos evita caminar, Tinder convirtió el cortejo en catálogo, TikTok eliminó hasta la necesidad de aburrirse y una inteligencia artificial puede resolver en segundos aquello que antes implicaba horas de búsqueda. Hemos construido una extraordinaria civilización de la inmediatez y después pretendemos que el cerebro conserve intacta su fascinación por trabajar diez años para conseguir algo. Mala suerte: aprender piano sigue tomando años. Construir una empresa sigue tomando años. Tener un cuerpo extraordinario requiere levantarse cuando no quieres. Ser realmente bueno en algo exige repetirlo miles de veces cuando nadie te está mirando.
Así que inventamos el prestigio instantáneo: farmear aura. Ya no necesitas construir una hazaña; necesitas construir un personaje. La pose correcta, el restaurante correcto, la fotografía correcta, la indignación correcta, el video correcto, la frase correcta. Antes necesitabas a Homero para inmortalizar tus aventuras; hoy necesitas que el algoritmo te regale alcance. Y el negocio es maravilloso porque entrega la sensación del prestigio sin exigir necesariamente aquello que históricamente lo producía: mérito.
Tal vez por eso el mérito también empezó a caernos mal. Nos molestan los promedios, los primeros lugares, los cuadros de honor, los exámenes de admisión y prácticamente cualquier mecanismo que cometa la grosería de demostrar que alguien fue mejor que otro. Porque la competencia tiene un problema espantoso para la sensibilidad contemporánea: alguien pierde. Queremos una carrera donde todos lleguen primero, una escuela donde nadie repruebe y una competencia donde nadie tenga que descubrir que simplemente no fue suficientemente bueno.
Y cuando alguien gana, tampoco podemos dejarlo tranquilo. Si construyó una empresa fue porque tenía dinero. Si obtuvo diez fue porque tuvo oportunidades. Si ganó la medalla fue porque tuvo apoyo. Si consiguió el puesto fue porque conocía a alguien. Si gana más, seguramente nació privilegiado. Siempre aparece una explicación que nos permite descontarle puntos al ganador. Es mucho más cómodo auditar el privilegio ajeno que preguntarnos qué carajos hicimos nosotros mientras el otro entrenaba, estudiaba, trabajando o construyendo.
Hemos creado una especie de neosocialismo emocional: no basta con defender la igualdad ante la ley; queremos igualdad frente al espejo. Que nadie sobresalga demasiado, que nadie presuma demasiado, que nadie gane demasiado y, si lo hace, que inmediatamente se disculpe. El ganador debe subir al podio casi pidiendo perdón, recordándonos que “esto es de todos”, que “cualquiera puede lograrlo” y que “él no es mejor que nadie”. Pues en aquello que acaba de competir, probablemente sí. Para eso existe un podio.
La realidad, además, tiene la desagradable costumbre de no participar en nuestras terapias colectivas. Puedes quitar los promedios de la escuela, pero cuando cien personas manden su currículum para una vacante probablemente contratarán a una. Puedes eliminar los primeros lugares, pero en los Juegos Olímpicos sigue existiendo una sola medalla de oro. Puedes decirles a veinte emprendedores que todas sus ideas son maravillosas, pero el cliente comprará una. Puedes repartir diplomas para que nadie se sienta excluido; el mercado seguirá repartiendo facturas.
Allá afuera no ganamos todos.
Y quizá precisamente por eso farmear aura resulta tan seductor. Competir de verdad es una mierda: toma tiempo, exige disciplina y existe la posibilidad humillante de descubrir que alguien es mucho mejor que tú. En Internet el asunto es más amable. Puedes parecer empresario antes de tener una empresa, experto antes de acumular experiencia, viajero sin conocer el lugar, intelectual después de ver tres reels y exitoso rentando durante veinte minutos el escenario adecuado para la fotografía. Ya no necesitas ser interesante: necesitas parecer interesante.
Hemos cambiado el mérito por la estética del mérito.
Y mientras más despreciamos las jerarquías reales, más desesperadamente construimos jerarquías digitales. Decimos que no importa quién obtiene diez, pero contamos seguidores. Decimos que competir es tóxico, pero revisamos cuántos likes tuvo nuestra foto. Nos escandaliza que alguien diga públicamente “soy mejor”, pero construimos perfiles enteros destinados a comunicar exactamente eso sin pronunciar las palabras. Nunca habíamos fingido tanta igualdad mientras medíamos obsesivamente nuestra posición frente a los demás.
Aquiles por lo menos sabía cuál era el precio de su aura. Quería que su nombre sobreviviera y estaba dispuesto a jugarse la vida para conseguirlo. Nosotros queremos la gloria de Aquiles sin Héctor, sin Troya, sin heridas, sin entrenamiento y, si es posible, sin levantarnos temprano.
Antes había que hacer una hazaña para que alguien contara tu historia. Hoy basta con contar suficientemente bien una historia para que parezca que hiciste una hazaña.
Todos quieren el aplauso. Nadie quiere la batalla. Todos quieren farmear aura. Y cada vez menos quieren hacer algo para merecerla.
