Era martes. Y Nueva York amaneció ese martes 11 de septiembre de 2001 con un cielo azul, limpio, casi perfecto. A las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 de American Airlines se incrustó contra la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, a las 9:03, el vuelo 175 de United Airlines impactó la Torre Sur.
Estados Unidos estaba bajo ataque terrorista. Un hecho histórico que cambió al mundo.
Entre los miles de trabajadores atrapados en aquellas torres había migrantes mexicanos. Y entre ellos, hombres y mujeres que habían salido de Puebla buscando trabajo y una vida mejor.
La historia oficial reconoce a siete poblanos muertos o desaparecidos en aquella enorme tragedia: Alicia Acevedo Carranza, Antonio Javier Álvarez, Antonio Meléndez, Juan Romero Orozco, Leobardo López Pascual, Max Gómez y Víctor Antonio Martínez Pastrana.
Sus nombres aparecen en registros periodísticos, consulares y de organizaciones que documentaron la presencia de mexicanos en el World Trade Center.
Pero hay una segunda historia, menos conocida: no todos fueron reconocidos por Estados Unidos de la misma manera.
Los que trabajaban en las alturas
Tres nombres poblanos están oficialmente inscritos en los muros de bronce del 9/11 Memorial: Antonio Meléndez, Antonio Javier Álvarez y Leobardo López Pascual. Los tres trabajaban en el restaurante Windows on the World, situado en el piso 107 de la Torre Norte.
Antonio Meléndez era cocinero. Antonio Javier Álvarez, de apenas 21 años, trabajaba como parrillero. Leobardo López Pascual se desempeñaba en la cocina del restaurante. Los tres quedaron atrapados en la Torre Norte después de que el primer avión impactara entre los pisos 93 y 99, cortando las rutas de escape de quienes se encontraban por encima del impacto.
Leobardo tenía una historia que se parece a la de miles de migrantes poblanos. Originario de una comunidad de la Mixteca, hijo de campesinos, había emigrado siendo joven y terminó estableciéndose en Nueva York. En 1993 comenzó una nueva etapa de su vida en la ciudad y terminó trabajando en Windows on the World.
Su familia jamás tuvo un cuerpo que sepultar. De acuerdo con testimonios publicados años después, recibió una urna con restos de escombros y una bandera estadounidense.
Antonio Meléndez también dejó una familia en Puebla. Rosalía Rojas Villa, originaria del estado, fue identificada años después como su suegra. Meléndez había formado una vida familiar mientras trabajaba en Nueva York.
Pero hubo otros nombres que quedaron fuera del muro memorial de lo que se conoce como Zona Cero y que es punto de visita obligado en Nueva York: Alicia, Víctor, Juan y Max.
Y sí. La tragedia se vuelve todavía más dolorosa cuando se revisa qué ocurrió con estos otros cuatro poblanos.
Alicia Acevedo Carranza, originaria de Teziutlán, fue reportada entre los mexicanos desaparecidos después de los atentados. Un obituario publicado en noviembre de 2001 confirma su origen poblano, pero durante años la información pública sobre su vida fue escasa.
Víctor Antonio Martínez Pastrana, originario de Tlachichuca, dejó esposa e hijos. Un reportaje de La Jornada publicado en 2002 describe a su esposa Rosario y a sus hijos Carlos y Nayeli, quienes tenían entonces 16 y 13 años. La familia tuvo que enfrentar no solamente la ausencia sino también un largo proceso de duelo y atención psicológica.
Juan Romero Orozco, originario de Acatlán de Osorio, también fue reportado como desaparecido después de los ataques.
Y Max Gómez, identificado como originario de Puebla capital, forma parte igualmente de la relación de siete poblanos que las autoridades y organizaciones mexicanas vincularon con la tragedia.
Y es que el problema fue la identificación.
En aquellos primeros meses posteriores al derrumbe, cientos de familias esperaron noticias mientras los equipos de rescate buscaban restos humanos entre toneladas de acero, concreto, polvo y cenizas. En algunos casos nunca fue posible obtener evidencia genética suficiente para que las autoridades estadounidenses incorporaran oficialmente a determinadas personas en la lista de víctimas.
Eso explica una de las grandes paradojas del 11-S mexicano: algunos nombres fueron reconocidos por México, pero no quedaron inscritos en el Memorial de Nueva York.
Ahí solo encontraron espacio tres:
Antonio Javier Alvarez — panel N-70
Antonio Melendez — panel N-70
Leobardo Lopez Pascual — panel N-70
El propio sitio oficial del 9/11 Memorial registra los nombres y la ubicación de cada víctima en los paneles de bronce que rodean las dos enormes piscinas construidas donde estuvieron las Torres Gemelas.
No aparecen en el listado oficial del Memorial los otros cuatro poblanos: Alicia Acevedo Carranza, Víctor Antonio Martínez Pastrana, Juan Romero Orozco y Max Gómez.
No significa que sus historias sean consideradas inexistentes por México o por sus familias. Significa que no fueron incorporados a la lista oficial estadounidense de víctimas del 9/11 bajo los criterios de identificación utilizados para el Memorial.
En 2011, el entonces cónsul general de México en Nueva York, Carlos Sada, explicó que solamente cinco mexicanos habían sido incluidos en el Memorial –tres poblanos, un morelense y un tlaxcalteca– debido a que eran los casos en los que existía evidencia considerada suficiente por las autoridades estadounidenses.
Pero la tragedia –que justo cumple 25 años– también fue una tragedia migratoria
El 11-S no solamente destruyó dos edificios emblemáticos del poder económico y político estadounidense. También rompió familias.
Miles de mexicanos trabajaban alrededor del World Trade Center en restaurantes, servicios de limpieza, construcción, seguridad y reparto. La Asociación Tepeyac documentó desde los primeros días la existencia de trabajadores mexicanos que no aparecían en las listas oficiales, en buena medida porque algunos eran indocumentados, utilizaban nombres distintos o carecían de registros laborales formales.
Por eso, durante años, organizaciones de migrantes sostuvieron que la cifra oficial de mexicanos muertos podía ser superior a la reconocida formalmente.
En el caso de los cinco mexicanos incorporados al Memorial –los tres poblanos, el morelense Juan Ortega Campos y el tlaxcalteca Martín Morales Zempoaltécatl– sus familias pudieron acceder al Fondo Federal de Compensación de Víctimas. De acuerdo con información consular citada por distintos medios, los pagos oscilaron aproximadamente entre 1.1 y 1.5 millones de dólares por familia.
Para las familias de otros mexicanos, el reconocimiento y la ayuda económica fueron mucho más complicados.
Puebla también perdió a sus hijos aquel martes
Veinticinco años después, la historia de los siete poblanos sigue teniendo una característica brutal: sabemos sus nombres, conocemos algunos fragmentos de sus vidas, pero en varios casos seguimos sin conocer con precisión cómo fueron sus últimos minutos ni qué ocurrió con todos sus restos.
Y quizá esa sea la parte más humana de esta triste historia.
No eran estadísticas.
Eran migrantes que habían salido de Teziutlán, Acatlán, Tlachichuca, San Pablo Anicano y Puebla buscando trabajo. Algunos cocinaban. Otros limpiaban. Otros construían. Otros intentaban simplemente abrirse camino en Nueva York.
Todos soñaban con una vida mejor.
Tres de ellos tienen hoy su nombre grabado en bronce en la Zona Cero.
Los otros cuatro no.
Pero para Puebla, los siete forman parte de la misma memoria.
Del mismo dolor.
Porque aquella mañana Nueva York perdió miles de vidas.
Y Puebla perdió también a siete de sus hijos.
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Desde el 11 de septiembre de 2001, en lo personal siempre me ha extrañado que ninguna autoridad los recuerde, ya no se diga les dedique una ceremonia oficial.
Al menos para justificar que cuentan con una agenda migratoria.
Para gobernadores, alcaldes, legisladores, regidores, etcétera, sencillamente no existieron.
