Dos años después de haber llegado a Palacio Nacional, Claudia Sheinbaum enfrenta una paradoja incómoda: gobierna México, pero todavía parece administrar la herencia política de Andrés Manuel López Obrador. Y no precisamente la herencia que se presume en los spots.
Su segundo informe de gobierno fue, en buena medida, un ejercicio de autosatisfacción política: muchas cifras, muchos “avances”, muchas referencias al proyecto de transformación y, sobre todo, una frase que terminó diciendo más de lo que pretendía ocultar: “Que nadie se equivoque, aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”.
Cuando un gobierno necesita decir con tanta solemnidad que no está dividido, normalmente es porque la pregunta ya está instalada en la calle.
Sheinbaum puede negar rupturas, pero no puede negar las tensiones, los escándalos y las contradicciones que atraviesan a Morena. Tampoco puede borrar de un plumazo la sombra del lopezobradorismo, que sigue funcionando como una especie de tutor político invisible: no se ve en la fotografía oficial, pero aparece en casi todos los encuadres.
El problema es que la presidenta recibió una herencia difícil y, hasta ahora, tampoco ha demostrado tener la voluntad –o la fuerza política– para romper realmente con ella.
En seguridad, por ejemplo, el gobierno puede presumir una reducción importante de homicidios, y sería absurdo ignorarla. Pero México sigue enfrentando extorsiones, desapariciones, control territorial del crimen organizado e infiltración criminal en gobiernos locales. La violencia no desaparece porque una gráfica presidencial tenga una flecha hacia abajo.
En salud, la situación resulta todavía más incómoda. El gobierno presume avances en el abasto de medicamentos, pero mientras Palacio Nacional celebra porcentajes nacionales, millones de mexicanos siguen preguntándose algo mucho más elemental: ¿hay medicamento cuando lo necesito? ¿Hay médico? ¿Hay especialista? ¿Hay cirugía?
Porque una estadística no atiende un cáncer, no opera una fractura y tampoco surte una receta.
En educación, el país continúa cargando rezagos de aprendizaje, desigualdades regionales y una enorme brecha entre lo que estudian los jóvenes y lo que necesita el mercado laboral. La transformación educativa, como tantas otras, parece haberse quedado atrapada entre discursos, plazas y anuncios.
Y en economía –ya ni hablemos de combate a la corrupción–, el panorama tampoco invita a echar las campanas al vuelo. México consiguió estabilidad macroeconómica, sí; pero estabilidad no es sinónimo de prosperidad. Un crecimiento de apenas alrededor de 0.7% en 2025 difícilmente puede presentarse como una locomotora económica.
La gran pregunta es cuándo llegará el crecimiento que se traduzca en mejores salarios, más empleos formales, mayor inversión y oportunidades reales.
En Puebla corren a patadas a miles de obreros de la Volkswagen de México y ni una palabra presidencial al respecto, ya no se diga un plan de apoyo o emergente para las familias que se han quedado sin fuente de ingresos.
Pero quizá el problema más delicado está en la política.
Porque Claudia Sheinbaum llegó al poder prometiendo una nueva etapa de la cuarta transformación y terminó dedicando buena parte de su segundo año a demostrar que la etapa anterior sigue perfectamente vigente.
López Obrador ya no gobierna formalmente, pero su caótico y vergonzoso legado político continúa marcando la agenda. Sus obras, sus programas, su narrativa, sus adversarios, sus frases y hasta sus fantasmas y conjuras siguen ocupando buena parte del discurso presidencial.
Y cuando aparecen problemas, la explicación suele mirar hacia atrás.
Cuando hay corrupción, se habla del pasado. Cuando hay violencia, se recuerda a Calderón. Cuando hay narcopolítica, se invoca a García Luna. Cuando hay problemas institucionales, aparecen los gobiernos anteriores.
Todo muy conveniente.
El problema es que México ya no está gobernado por el pasado.
Lo gobierna Claudia Sheinbaum.
Y después de dos años, la ciudadanía tiene derecho a preguntarle por sus propios resultados, no solamente por los pecados –que sin duda son bastantes– de sus antecesores.
Más incómodo todavía es el capítulo de los escándalos que han golpeado a Morena y al entorno del propio lopezobradorismo. Las acusaciones y señalamientos relacionados con presuntos vínculos entre actores políticos y organizaciones criminales han colocado al oficialismo ante una pregunta que ya no puede resolverse con el viejo recurso de señalar al “PRIAN”. La propia presidenta ha tenido que salir públicamente a defender la unidad del movimiento.
Y luego están las controversias alrededor de los hijos de López Obrador, un asunto que ha representado un costo político permanente para la llamada transformación. Sheinbaum ha optado por no convertir esa relación en una ruptura frontal, probablemente porque hacerlo significaría abrir una caja de Pandora dentro de su propia coalición.
Así, la presidenta enfrenta una paradoja monumental: para consolidar su propio gobierno necesita marcar distancia de López Obrador; pero para conservar la cohesión política que la llevó a Palacio Nacional necesita mantener viva la identidad lopezobradorista.
Es decir: romper con AMLO podría debilitarla. No romper también.
Y ahí está atrapado su gobierno.
Por eso el segundo informe terminó pareciendo menos un balance de resultados que una ceremonia de reafirmación de la fidelidad y obediencia al proyecto original.
La ironía es evidente: se prometió una transformación histórica y, dos años después, el país sigue esperando algunas transformaciones bastante menos épicas: hospitales que funcionen, policías eficaces, fiscalías que investiguen, jueces independientes, escuelas que enseñen, una economía que crezca y un gobierno que explique con claridad dónde termina la propaganda y dónde comienzan los resultados.
Sheinbaum tiene todavía cuatro años para demostrar que no es simplemente la administradora eficiente –y disciplinada– del legado de López Obrador.
Porque gobernar no consiste en repetir que no hay divisiones.
Gobernar consiste en demostrar que tampoco hay excusas.
Y hasta ahora, la gran contradicción del segundo año de Claudia Sheinbaum es justamente esa: presume que México avanza, mientras buena parte de los problemas que prometió transformar siguen esperando turno.
La cuarta transformación quizá no esté dividida.
Pero México sí sigue dividido entre el país que aparece en el discurso presidencial y el país que los ciudadanos padecen todos los días.
