Federico Arreola, uno de los principales pilares de López Obrador en la prensa nacional, estaba ayer muy consternado.
En el espacio más crítico y lapidario de los muchos que surgieron a lo largo de esta campaña electoral –dentro del noticiero que Adela Micha tiene en Grupo Imagen-, don Fede, como le llaman sus seguidores de Twitter, se dijo descorazonado, triste, deprimido, por la descalificación del candidato presidencial de las Izquierdas a la encuesta que, a través de SDP Noticias, realizó Covarrubias y Asociados, hasta hace poco la favorita del lopezobradorismo.
Sus compañeros de mesa se burlaron de él.
En particular Juan Ignacio Zavala, del PAN, quien ha protagonizado con Arreola algunos de los mejores lances que se recuerden.
Más cauto, el priista Jesús Murillo Karam le dedicó palabras suaves y conciliadoras al final.
Pero la tristeza de Arreola va más allá.
Y es que durante la madrugada, una vez que dio a conocer la encuesta que ponía a López Obrador por debajo de Peña Nieto por diez puntos, se refugió en el Twitter para enfrentar la furia de los seguidores del primero.
De todo le dijeron a don Fede: vendido, traidor, deshonesto, corrupto, peñanietista.
Cosa terrible, una vez que si alguien ha sido leal con López Obrador en los últimos siete años ha sido precisamente él.
No los tuiteros anónimos y desconocidos que hoy se rasgan las vestiduras y lapidan al hereje.
No los búfalos de la izquierda que sólo aparecen en escena cuando huelen el dinero.
No los diputados y senadores que llegaron a esas posiciones a costa de la derrota de su líder.
Arreola, todo mundo lo sabe, enfrentó las críticas brutales de sus antiguos colaboradores de Milenio cuando decidió quemar sus naves y embarcarse en una aventura de la que no acaba de salir.
La doble tristeza de don Fede es, pues, comprensible.
En aras de exhibir la realidad virtual y a veces esotérica de quienes se expresan a través de las encuestas –hasta hoy no conozco a nadie que alguna vez haya sido entrevistado para ese fin-, perdió sus ilusiones pero también a su amigo y candidato.
En Radio Fórmula, con López Dóriga, AMLO descalificó el estudio de su ex encuestóloga de cabecera y de paso dijo que ese tipo de ejercicios suelen ser pagados por manos aviesas.
Por eso, ayer, con Adela Micha, lo primero que dijo don Fede fue: “Estoy triste”.
Tiene razón en su tristeza.
Con un tequila en la mano la comparto desde aquí.
***Otros tres tristes tigres fueron, el lunes pasado, en la mesa de Carmen Aristegui, Denisse Dresser, Lorenzo Meyer y Sergio Aguayo.
En algo coincidieron abrumadoramente: en que si las cosas no cambian Enrique Peña Nieto será presidente de México.
Cada uno a su manera, y en su lenguaje, lo dijo así.
En sus micrófonos flotó entonces “mi amiga la tristeza”, esa canción de Lara.
***En Puebla las cosas se están acomodando para Peña Nieto y para Josefina.
AMLO empieza a ir a la baja.
Según Covarrubias, en el país pasa lo mismo.
¿Qué desastre ocurrió que no nos dimos cuenta?, es la pregunta de salón.
Y no falta la respuesta: el día en que AMLO volvió a decir que habría fraude electoral se descompusieron las cosas.
Los que saben de esto dicen que los que ya estaban con él regresaron a la incertidumbre y que los indecisos endurecieron sus dudas.
Hoy los priistas están optimistas.
Desbordan júbilo.
Invitan las cervezas.
Ya celebran por lo que, juran, ocurrirá el domingo.
Peña ya ganó en las encuestas.
En todas.
Absolutamente.
Falta la otra parte: ganar en las urnas este domingo que huele a incertidumbre.
Eso es lo más difícil.
Sobre todo cuando López Obrador dice con tanta certeza que tiene pruebas de que ganará las elecciones.
No hay que olvidar que mitin tras mitin, inevitablemente, el candidato de las Izquierdas convoca a su gente a no revelar ante las encuestadoras por quién votarán.
Y eso lo dice a diario.
En todas partes.
Desde hace varios meses.
¿Qué sabe Andrés Manuel que no sabemos nosotros?
