Siguiendo la clásica adivinanza infantil (“oro parece, plata no es”), los galardones olímpicos no son del metal reluciente que podríamos esperar. A pesar de que las medallas de Río 2016 son un ejemplo de sostenibilidad y accesibilidad, su diseño ha seguido las pautas marcadas en los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912. Desde aquel evento deportivo, las medallas no son de oro, plata o bronce puros. En el caso del primer premio, no es oro todo lo que reluce al presentar una composición mayoritaria de plata.
Como explicaban desde la Royal Society of Chemistry, la medalla de oro de las Olimpiadas de Londres contaba con un peso aproximado de 400 gramos. En el caso de que el galardón fuera de oro puro, su coste ascendería a los 22.400 dólares. Un precio desorbitado teniendo en cuenta que, en la edición de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de 2016, se han fabricado 5.130 ejemplares por parte de la Casa de la Moneda. En Río, además, las medallas de oro son las más grandes de la historia, al pesar medio kilo y tener un diámetro de 85 milímetros.
Las razones económicas no son los únicos motivos que explican que el premio del vencedor sólo cuente con un 1,2% de oro. Las medallas para los mejores deportistas deben poseer seis gramos de oro de veinticuatro quilates, lo que implica que el resto de su composición se reparta entre la plata (92%) y el cobre (algo menos de un 7%), según los datos disponibles para las Olimpiadas de Londres. En el caso de Brasil, las medallas de oro presentan un 98,8% de plata y un 1,2% de oro que, de forma pionera en Río, no tiene impurezas de mercurio, según explican en el blog Compound Interest.
