Durante décadas enteras, Puebla fue un bastión priista.
En 1988, cuando Carlos Salinas naufragaba, el gobernador Mariano Piña Olaya puso en marcha una operación singular: la de rescatar al PRI y a su candidato a la Presidencia.
Un caso: la Comisión Distrital Electoral del X Distrito, dependiente de la Comisión Federal Electoral, cuyo jefe era Manuel Bartlett, fue tomada abruptamente por elementos del ejército.
El representante del Frente Democrático Nacional fue echado a la calle y ya no se le permitió la entrada a las sesiones.
Al interior se cocinó, a fuego lento, el fraude electoral.
Y es que dos conocidos alquimistas se dieron a la tarea de modificar los números de las actas.
Una por una.
Con el representante del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas fuera de la escena, entre el susurro y la niebla –y todo resguardado por el ejército– se cocinó ese platillo que redituó en los votos necesarios para que Salinas ganara.
Cuando los nuevos resultados fueron dados a conocer por Bartlett, los números ya eran otros: muy diferentes a los que fueron publicados en las casillas.
Otra elección complicada, la del año 2006, fue resuelta en la habitación del Fiesta Americana de Puebla.
Solos con sus almas, Manuel Espino, a la sazón dirigente nacional del PAN, y Mario Marín Torres, huésped de la residencia oficial del gobierno poblano, acordaron que la plaza sería para Felipe Calderón.
Y así ocurrió.
Marín se ganó la exoneración por el caso Lydia Cacho y Calderón llegó a Los Pinos.
Los comicios locales de 2010 fueron inéditos: el PRI perdió por primera vez su hegemonía ante una coalición integrada por el PAN, el PRD, Nueva Alianza y Convergencia, que tuvo como candidato a Rafael Moreno Valle.
El voto mayoritario lo tuvo Acción Nacional, aunque el apoyo de Elba Esther Gordillo y su partido fue crucial, sobre todo en el tema de la operación electoral y la cobertura de las casillas.
Hoy por hoy la operación real está en manos de los opositores a López Obrador.
Y no parece que haya forma de revertirla.
La ciudad de Puebla es panista por excelencia, aunque el PRI cuenta con un voto duro implacable que le ha hecho ganar en varias ocasiones las elecciones municipales.
El PRD tiene su coto de poder en Izúcar de Matamoros.
Y salvo Atlixco, Tehuacán y San Martín, el resto del estado es territorio priísta.
La elección que viene es clave para quien aspire a gobernar el país.
Y aunque hasta el momento la mayoría de las encuestas da como triunfador a Andrés Manuel López Obrador, es previsible un final cerrado y de tres: Enrique Peña Nieto, Josefina Vázquez Mota y el candidato de las Izquierdas.
La mayoría de las encuestas, que sólo han medido las áreas rurales y urbana de Puebla, arrojan que López Obrador está por encima cuando menos cinco puntos de Vázquez Mota y Peña Nieto.
No obstante, fuentes cercanas a las dirigencias nacionales de los distintos partidos prevén un triunfo apretado del candidato del PRI debido a la operación electoral instrumentada por el gobierno de Rafael Moreno Valle, a quien López Obrador señaló recientemente como integrante informal de un club de gobernadores priistas que trabaja con todo para que Peña Nieto gane la Presidencia.
“Ojalá y se aclare –dijo el candidato de la coalición Movimiento Progresista en su cierre de campaña en Puebla-, porque tengo información de que se llevó a cabo una reunión con los gobernadores, ahora con el nerviosismo que hay, con Peña, porque como se va cayendo y va en picada, se reunieron con urgencia y tengo información que a lo mejor no es la correcta pero estaría bien que lo aclarara, porque el gobernador de aquí asistió a esa reunión con Peña y los gobernadores del PRI”.
La reacción del gobernador, cuentan las fuentes consultadas, fue brutal.
Y es que hasta antes del mitin lopezobradorista no se había metido de lleno en la campaña, cosa que algunos operadores de Amlo incluso habían reconocido.
Hoy las cosas son distintas: el tigre está herido y busca cobrar con sangre las afrentas.
