Solo gracias a la presencia del Otro puedo constituir mi vida.
Massimo Recalcati
Desde 2003, septiembre se ha establecido como el mes para la prevención del suicidio. Por eso hoy me pregunto: ¿qué significa prevenir y acompañar?, ¿se busca acompañar o prevenir para que solo bajen las estadísticas? ¿El suicido es un problema de salud publica?, ¿sólo implica querer morirse? Hablar del tema merece respeto. Por eso me gustaría reflexionar sobre el asunto desde otro lugar, uno en el que se escuche y vea sin juicios a la persona que ha tenido ideaciones suicidas.
Simplificar el suicidio como “tener ganas de morir” despolitiza al sujeto, ¿cómo pedirle a alguien que se aferre a la vida si desconocemos el lugar que ocupa en ella? Por eso el suicidio es una posición singular frente a aquello que no ha podido simbolizarse, frente a aquello que no encontró un lugar, un límite frente al Otro, y un pasaje al acto de algo que no pudo elaborarse a través de la escucha y la palabra. En el Seminario de la angustia, Jacques Lacan hace una distinción entre pasaje al acto y acting out: “El acting out es esencialmente algo, en la conducta del sujeto, que se muestra. El acento demostrativo de todo acting out, su orientación hacia el Otro, debe ser destacado” (Lacan, p. 136). Pongo un ejemplo: un joven que maneja ebrio su coche a gran velocidad, ¿busca divertirse aun sabiendo que un accidente puede costarle la vida? Lacan nos diría que ese es un acting out; un mensaje que va dirigido al Otro y que tiene que ser interpretado desde la singularidad, que muchas veces no es algo obvio y que no siempre lleva al acto del suicidio. Entonces ¿todo aquel que tiene ideaciones suicidas realmente quiere morir?
En el pasaje al acto el sujeto se mueve de la escena, ¿qué quiere decir esto?, pues que muchas veces el suicidio implica una fuga, una salida del mundo o de una escena. “La partida es, ciertamente, el paso de la escena al mundo” (Lacan, p. 129). Bajo esta lógica sería importante poder escuchar a quienes nos hablan de la muerte o de ideas suicidas como un llamado que tiene que ser descifrado con mucha cautela, respeto y tiempo, mucho tiempo. Por eso cuestiono a las instituciones que buscan la prevención, porque en automático encasillan a quienes tienen pensamientos de muerte con muchísima literalidad, sin darles otra escucha. ¿Quién atiende a esos sujetos?, ¿cómo contenerlos en un momento de crisis? ¿Qué sigue después de la prevención?
Quienes han seguido mis columnas recordarán que en “Burlarse del cuerpo ajeno no es libertad de expresión” aclaro que el Otro con mayúscula es aquello que estructura nuestras relaciones y lo que nos hace entrar al mundo, como por ejemplo una madre, aquella que nos recibe y a través del lenguaje nos introduce al mundo. Sin un Otro no sobreviviríamos, nuestra vida se rige por y para el Otro. El acting out es un llamado a ese Otro.
Podría pensarse que las instituciones que buscan prevenir el suicidio pertenecen a esa dimensión del Otro. Eugène Enriquez dice que “sin instituciones, el mundo sería sólo relación de fuerzas, sería inconcebible cualquier civilización” (Enríquez, 1989, p.85), pues su función consiste en organizar a los sujetos a través de un patrón específico para establecer en la vida social un orden, por medio de normas e ideales que hacen que se dé una identificación con ellas, sin embargo, también existen patologías generadas por la misma institución.
En Puebla, durante el 2024, se registraron 376 defunciones por suicidio. Esto equivale, en promedio, a más de un suicidio al día en el estado. La tasa registrada fue de aproximadamente 5.7 suicidios por cada 100 mil habitantes (Inegi, 2025). ¿Estos datos pueden permitirnos establecer el suicidio como un problema de salud pública? Me parece que posicionar el suicidio como un problema de salud mental genera algunos problemas a los que debemos prestarles atención; si el objetivo es cumplir con campañas de prevención, queda por fuera la importancia de la transferencia entre médico (terapeuta) y paciente. Sobre esto, Enriquez menciona que en las instituciones terpéuticas hay una asimetría permanente, en donde quien pide ayuda expresa siempre una demanda de cura y en esa asimetría es difícil que se dé una transferencia entre el paciente y quien lo atiende.
El suicidio no se puede ver como algo aislado, sino como algo que nos aqueja en conjunto y nos invita a dejar de lado la carga moral que hay para quien decide terminar con su vida. Es un acto que involucra tanto a quien llega a cometerlo como a quien está a su alrededor: familia, instituciones, sociedad. Nos interpela porque el suicidio afecta incluso a los que no son cercanos a la persona, afecta al grupo de trabajo, a quienes presencian la escena. Prevenir el sucidio habla de una intención por hacer algo contra lo que afecta a tantos, sin embargo, algo importante se pierde de vista pensando que prevenir tiene que ver con seguir paso a paso un protocolo. ¿Qué hay después de la prevención?, ¿qué hay del acompañamiento?
Las instituciones de salud funcionan bajo el furor sanandi, se apresuran a buscar la cura como único objetivo: como si el suicidio fuera una “enfermedad” curable. La palabra salud en los diccionarios está relacionada con un estado de “completo bienestar, físico, mental y social”. ¿Quién tiene esa completud?, ¿no es acaso otro ideal imposible de satisfacer? ¿Y si la falla es de las propias instituciones?
La salud pública busca atender y prevenir los problemas de salud que afectan a una población, individuos en conjunto, sus familias, las comunidades y las instituciones, las cuales tienen como vocacion encarnar el bien común, sin embargo, lo común obtura la singularidad. Me parece que este septiembre puede ser una oportunidad para hablar del acompañamiento después de la prevención, y poder ver qué función ocupa el suicidio en la vida del sujeto, la familia y su entorno. Acompañar implica poner el cuerpo, escuchar, descifrar, y estar. Pero insisto en esto: ¿quién tiene hoy las ganas y el tiempo de poner el cuerpo por el otro?
