El agotamiento crónico y la falta de tiempo libre en los entornos urbanos se han convertido en factores que también influyen en los hábitos de consumo. La denominada “pobreza de tiempo” describe una situación en la que las horas destinadas al trabajo, las labores domésticas y los desplazamientos reducen el margen disponible para el descanso, el ocio y la convivencia.
Esta condición ha contribuido al desarrollo de la llamada economía del cansancio, un modelo asociado con la creciente demanda de servicios que ofrecen inmediatez y permiten delegar actividades cotidianas.
La pobreza de tiempo y el bienestar
De acuerdo con el planteamiento presentado, existe pobreza de tiempo cuando las actividades necesarias para sostener la vida cotidiana dejan poco margen para garantizar el descanso y el tiempo de calidad. Entre los parámetros señalados se encuentran disponer de ocho horas de sueño y al menos dos horas de ocio o interacción social al día.
La reducción de ese margen también puede llevar a que algunas personas recurran al mercado para resolver tareas que anteriormente realizaban por cuenta propia. De esta manera, la falta de tiempo se relaciona con una mayor contratación de servicios destinados a simplificar actividades cotidianas.
Traslados y consumo de compensación
Los tiempos de traslado en las grandes ciudades representan otro de los factores que reducen las horas disponibles para el descanso. El planteamiento señala que los recorridos pueden consumir entre 1.5 y 3 horas diarias, incrementando la fatiga acumulada.
Ante esta situación aparece el llamado consumo de compensación, mediante el cual la falta de tiempo libre puede acompañarse de un mayor consumo de gratificaciones inmediatas.
Entre los ejemplos se encuentran los servicios de delivery, la compra de alimentos preparados, las plataformas de streaming y otros servicios que permiten ahorrar tiempo o acceder rápidamente a actividades de entretenimiento.
El planteamiento también señala que las personas expuestas a privación de tiempo pueden destinar hasta 35% más a pequeñas gratificaciones inmediatas, como mecanismo de recompensa frente al desgaste cotidiano.
Así, la economía del cansancio vincula la falta de tiempo con nuevas necesidades de consumo, mientras los servicios bajo demanda aprovechan la búsqueda de soluciones rápidas ante las exigencias de la vida urbana.
