Hace un par de semanas, una diputada poblana lanzó una propuesta sumamente interesante.
Dijo que nuestro estado podría ser referente nacional si se reforma la ley electoral para aplicar la prueba antidoping –como requisito obligatorio– a todos quienes quieren –o quieran– ser candidatos a un cargo de elección popular.
Incluso, planteó que la ley también establezca que se sometan a un “detector de mentiras” (mejor conocido como polígrafo) y que las autoridades electorales nieguen el registro a quien lo repruebe.
Se busca, dijo, elevar los controles y garantizar, en lo posible, que los candidatos (y las candidatas) demuestren que son dignos (y dignas) de tener la confianza del voto ciudadano, blindando las elecciones –también en lo posible– del crimen organizado.
La propuesta, apoyada posteriormente incluso, entre otros, por el mismísimo gobernador Alejandro Armenta Mier, no es mala, pero sí insuficiente.
Y es que realmente quedaría completa si, al antidoping (“¡Se van a sorprender!”, expresó Armenta) y al polígrafo (hay no pocos mitómanos en la política poblana), se añade un mínimo test para detectar la enfermedad del poder, técnicamente conocida como el síndrome de Hubris.
Este síndrome es un trastorno que aqueja a mujeres y hombres en el poder, caracterizado por un ego desmedido, desprecio por las opiniones y necesidades de los demás, y orgullo y arrogancia infinitas –y supinas.
Quienes lo padecen –lamentablemente se detecta demasiado tarde, cuando el político o la política ya ha mutado a un ser muy distinto a aquel que fue en campaña–, presentan síntomas de confianza exagerada en sí mismos, imprudencia e impulsividad.
También un notable sentimiento de superioridad, desmedida preocupación por la imagen, lujos y excentricidades; desolación, rabia y rencor por razones que nadie ajeno a su entorno alcanza a entender; desprecio por los consejos de quienes les rodean; tendencia a la inquietud, la impulsividad y la imprudencia; convencimiento absoluto de que sus propuestas son las únicas justas y adecuadas, y lo más grave: alejamiento progresivo de la realidad.
Es decir: el retrato hablado de muchos priistas y panistas que han alcanzado posiciones de poder a lo largo de la historia reciente del país, pero trágicamente también, la exacta descripción de no pocos miembros o simpatizantes de Morena que actualmente están al mando de estados o municipios, o son diputados o senadores.
Fue en 2008 cuando el neurólogo británico David Owen, quien fue canciller y miembro de la Cámara de Los Lores, acuñó este término en “En el poder y en la enfermedad”, un libro desgraciadamente poco leído en el que analizó con lupa el comportamiento de políticos como Franklin D. Roosevelt, “El Sha” de Irán, John F. Kennedy, François Mitterrand, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, entre muchos otros.
Su obra es un fascinante viaje por esa cosa tan íntima que es la salud, la salud mental, un asunto sin duda privado que, sin embargo, se vuelve público cuando atañe a los dirigentes o líderes políticos, pues puede acabar teniendo graves consecuencias para un país, un estado o un municipio.
En ocasiones, el síndrome de Hubris (la palabra hubris, de origen griego, significa orgullo o arrogancia) llega a confundirse con el narcisismo y el trastorno bipolar; ello sucede porque, efectivamente, muchos o muchas de quienes lo padecen, presentan algunos rasgos psicopatológicos similares a tales atributos de personalidad.
¿Se puede estar enfermo de poder?, se pregunta Owen.
Sí, y tal enfermedad viene precisamente desde los griegos, quienes utilizaban el término hubris para hablar de la arrogancia humana frente a los dioses, que les hacía creer que podían conseguirlo todo e imponerse hasta a los designios divinos.
¿Cuánto daño se hubiese ahorrado México si como requisito para ser candidato o candidata, los aspirantes también hubieran sido sometidos a una prueba para saber si sufrían de esta grave enfermedad, o corrían el riesgo de sufrirla una vez sentados (as) en la silla del poder?
Aunque nunca es demasiado tarde.
Nota al margen:
No solo los políticos y las políticas de Puebla con aspiraciones deberían ser sometidos(as) por ley a una prueba antidoping, a un detector de mentiras y a un test para detectar el síndrome de Hubris.
También no pocos empresarios, sindicalistas, dirigentes de partidos y periodistas.
No es gratuita aquella frase tristemente célebre de:
“¡Se sienten Dios en el poder!”
