Aunque no está nada definido, ayer un grupo de legisladores locales y federales opinó favorablemente acerca de la posibilidad de que Rafael Micalco Méndez pudiera ser el candidato de unidad para la presidencia del PAN, que habrá de renovarse en diciembre. Dicha posibilidad –aunque se le ve como una salida a la crisis interna que enfrenta el blanquiazul–, parece ser un contrasentido, ya que este personaje es el causante de la actual división que enfrenta dicha fuerza política y es el responsable de dos de sus peores derrotas electorales en el estado.
Tal parece que la crisis en el albiazul es tan fuerte que no se tiene memoria acerca de la catastrófica conducción que tuvo Micalco en el anterior periodo del Comité Directivo Estatal del PAN; y que en su momento se le calificó como un dirigente sin carácter, sin capacidad de definir estrategias electorales, que es intolerante y que es tibio con los gobiernos del PRI.
Si existen esos antecedentes tan negativos surge la pregunta básica: ¿Por qué se le está impulsando a la presidencia del PAN como una opción para zanjar las diferencias entre panistas tradicionales y el grupo del gobernador Rafael Moreno Valle Rosas? La respuesta parece ser:
No es que Micalco sea la mejor opción para conciliar entre ambas facciones del PAN, sino que es un militante del albiazul que se acopla a las características que exige el mandatario estatal, consistentes en que no sea alguien con ideas propias, sino que simplemente siga la línea que se le dicte desde el Poder Ejecutivo. Es decir, que actúe como empleado, no como líder de un partido político.
De otra forma no se pueda entender la propuesta que gira en la posibilidad de que Micalco sea el sucesor de Juan Carlo Mondragón, quien fue un dirigente del PAN que siempre mostró inmadurez a lo largo de su mandato, pero al final tuvo la valentía de enfrentarse al autoritarismo del gobernador Rafael Moreno Valle Rosas, como parte del malestar que los grupos del panismo tradicional sienten contra el jefe del Poder Ejecutivo.
Micalco dirigió el PAN en un periodo que tuvo una especial peculiaridad y que habrían querido tener todos los dirigentes del albiazul que lo antecedieron, que fue: El PRI entró en un proceso de debilitamiento extremo, nunca antes visto, por el llamado Lydiagate, que ha sido el mayor escándalo político en Puebla y que debilitó la figura del entonces gobernador Mario Marín Torres, del PRI y en general de todo Poder Ejecutivo.
Pese a esa circunstancia, Rafael Micalco –quien es hermano de un alto dirigente del PRI de San Luis Potosí– nunca supo aprovechar el caso del abuso sufrido por la periodista Lydia Cacho –que conmocionó a la opinión pública del país– porque formó parte de los panistas que en lugar de buscar que se hiciera justicia, acabaron negociando con el tricolor para que en los procesos electorales el tema delLydiagate estuviera vetado.
Y de eso se encargó Micalco, de que el Lydiagate fuera tema vetado en los dos procesos electorales que enfrentó como presidente del PAN: los comicios locales de 2007 y los federales de 2009, en los cuales el albiazul fue vapuleado.
En 2007 el PAN parecía tener el “sartén por el mango” y podía ganar la elección de la capital hasta poniendo a “Cachirulo” de candidato. Eso no fue posible porque Micalco se dedicó a excluir del partido a importantes figuras panistas que, paradójicamente, ahora forman parte del grupo cercano al gobernador Rafael Moreno Valle Rosas y algunos de ellos son quienes lo están impulsando como candidato a la dirigencia albiazul.
Una muestra de lo anterior es que el PAN acabó postulando al peor candidato que podía elegir, a Antonio Sánchez Díaz de Rivera, quien resultó ser un político son pericia y con un lenguaje misógino, que contrastaba con la frescura e inteligencia de la aspirante del PRI, Blanca Alcalá Ruiz.
Luego de los comicios locales de 2007, el PAN entró en un proceso de análisis para determinar los factores que provocaron la derrota y en ese ejercicio, la dirigencia panista excluyó a importantes personajes, como Roberto Grajales Espina, Ángel Alonso Díaz Caneja y al entonces senador de la República, Rafael Moreno Valle Rosas.
Y por si fuera poco, Micalco en ese análisis se negó a reconocer los errores del PAN y culpó al gobierno de Mario Marín Torres de haber actuado con cinismo e ilegalidad desviando fondos públicos a favor de las campañas del PRI. La pregunta que muchos se hicieron en esa época era por qué ese discurso, del presidente de Acción Nacional, no lo había hecho antes de las votaciones.
En 2008, un año antes de la siguiente elección, tres importantes figuras del PAN: Ana Teresa Aranda, Humberto Aguilar Coronado y Genaro Ramírez, le hicieron un llamado a Micalco a que definiera estrategias electorales eficientes, privilegiara la unidad y fuera duro con el gobierno de Mario Marín o en general con el PRI.
Tales llamados acabaron en el bote de la basura. Micalco alejó a varios líderes de las campañas electorales de 2009, no tuvo una buena estrategia electoral y de nuevo el Lydiagate quedó vetado. El resultado es de sobra conocido: El PRI arrasó y ganó el “carro completo” en todo el estado.
Con esos antecedentes resulta incomprensible que ahora se vea a Micalco como la mejor opción para dirigir al PAN.
¿O que acaso alguien quiere que Acción Nacional el próximo año regrese derrotas similares a las que hubo en 2007 y 2009?
No suene descabellado que esa sea la intención de querer poner a un perdedor al frente de Acción Nacional.
