La política poblana tiene una vieja manía que suele terminar pasando factura: inventar candidatos.
Inventarlos desde el escritorio del poder en turno, fabricarlos alrededor de la obediencia, confundir lealtad personal con liderazgo y suponer que una candidatura puede ser heredada como si fuera una notaría o un título nobiliario. La historia –esa sabia– demuestra que una cosa es tener el control del aparato político-electoral y otra, muy distinta, tener un candidato capaz de ganar una elección.
El ejemplo de Javier López Zavala –un ejemplo, entre muchos, que conocí de cerca– resulta inevitable.
En 2010, el entonces gobernador Mario Marín Torres impulsó a su secretario de Gobernación como candidato del PRI a la gubernatura.
Pese a la opinión de muchos analistas y observadores, incluso de su grupo compacto.
López Zavala había construido una carrera dentro del marinismo y era identificado con el círculo cercano del mandatario, a quien le profesaba obediencia ciega.
Pero no solo eso: era el más manipulable y el que, en esencia, garantizaba un proyecto transexenal cómodo para su inventor.
Más allá de las traiciones –que las hubo, y por montones: el padre apuñalando al hijo por la espalda para que el padre salvara su pellejo–, pronto se supo que una candidatura exige algo más que cercanía con quien tiene el poder.
Exige territorio, estructura propia, reconocimiento social, capacidad de convocatoria, experiencia y, sobre todo, una identidad política que sobreviva cuando el candidato deja de hablar como subordinado y tiene que hablar como futuro gobernante.
Tras una histórica escisión en el PRI, López Zavala terminó mordiendo el polvo frente a Rafael Moreno Valle Rosas y se convirtió en el primer priista en perder la gubernatura de Puebla.
La derrota no fue solamente la de un candidato.
Fue la derrota de una fórmula de poder: creer que el poder puede fabricar candidatos con la misma facilidad con la que designa a un secretario.
Y ahí está la diferencia entre heredar una candidatura y construir una candidatura.
El primer método depende de la voluntad del jefe; el segundo, de décadas de trabajo político. Porque los votos no se transfieren por decreto. La lealtad personal tampoco se convierte mágicamente en liderazgo electoral. Y un grupo político puede ser disciplinado hasta la médula y, aun así, descubrir el día de la elección que fuera de su burbuja nadie conoce, quiere o sigue a su candidato.
El mejor ejemplo es el hoy gobernador Alejandro Armenta Mier.
Comenzó su carrera pública en 1993 como presidente municipal de Acatzingo y posteriormente ocupó cargos legislativos, partidistas y administrativos, hasta llegar al Senado y finalmente a la candidatura de Morena a la gubernatura en 2024.
Armenta Mier suma más 34 años de servicio público. Ha conocido los vericuetos de la política, tanto en las buenas como en las malas. No se amaneció un día, se tomó un café y se le ocurrió ser candidato a la gubernatura. Su proyecto siempre estuvo respaldado por años de trabajo, de recorrido, de constancia, de error y acierto, de caminar, caminar y volver a caminar…
De ninguna manera afirmo que una larga trayectoria garantice por sí misma una victoria –ninguna carrera política funciona así–, sino de reconocer una diferencia fundamental: una candidatura competitiva normalmente se construye mucho, mucho antes de que aparezca la boleta electoral.
El problema es que la clase política poblana tiene memoria selectiva. Recuerda las victorias y convenientemente archiva las derrotas.
Por eso cada sexenio aparece la tentación de fabricar al ungido: el amigo, el colaborador obediente, el funcionario dócil, el personaje que jamás contradice al jefe y que, precisamente por eso, parece perfecto para continuar el proyecto.
Hasta que llega la campaña y aparece la realidad.
Porque la política real funciona al revés. Primero se construye la trayectoria; después llega la candidatura. Primero se recorre el estado o la ciudad; después se pretende gobernarlo. Primero se trabaja durante años; después se pide el voto.
Lo demás es política de laboratorio: candidatos armados con pegamento, fotografía oficial, encuestas a modo y toneladas de propaganda. Y cuando llega el domingo electoral, la urna suele convertirse en el peor enemigo de las ilusiones palaciegas.
Y es que hay una verdad bastante cruel: el poder puede imponer una candidatura, pero no puede garantizar el cariño, el respeto, la confianza ni el voto de los ciudadanos.
Y Puebla ya conoce esa película.
La vio en 2010.
La ha visto en otras épocas.
Y el final no ha sido precisamente muy feliz.
***
Puebla, ciertamente, carece de oposición.
Lo que hay es una caricatura.
Los partidos (supuestamente) contrarios a la 4T no cuentan con un perfil realmente competitivo, ni hombre ni mujer.
¿Pero están seguros de que en Puebla capital Morena gana “con cualquiera”?
Ya se ha dicho eso en el pasado –alguien por ahí hasta llegó a jurar que “hasta con un burro”– y no siempre ha sido así.
Pero bueno, el hombre es el único animal que suele tropezar con la misma piedra.
