Si no han visto la serie argentina Envidiosa (2024), los invito a que la vean. La protagonista es Vicky, una mujer de cuarenta años que está en una búsqueda constante para alcanzar el sueño de «casi» toda mujer –digo «casi» porque no todas queremos lo mismo–. El deseo impuesto por muchas narrativas tradicionales es ser elegida por un «príncipe azul» que la ayude a construir el hogar que le dijeron que debía tener: esposo, hijos, casa y perro. Lo que no nos dicen es que la expectativa de encontrar a ese príncipe azul se puede convertir en una trampa. Pensar en un príncipe azul es un completo ejercicio del imaginario. Esperar a un hombre supuestamente perfecto, atractivo, romántico, atento y exitoso que vendrá a rescatar o a completar nuestra vida suena maravilloso, pero recuerden que toda trampa es llamativa y detrás de cada ideal hay cosas cuestionables.
He escuchado a ciertos hombres decir que las mujeres buscan un hombre con todas esas características ideales sin ofrecer algo a cambio. Me parece preocupante escuchar con más frecuencia ese tipo de discursos basados en el «dar para recibir», pues pareciera que el hogar tradicional se sostiene sobre el control, el poder, la mercantilización y, sí, el patriarcado. ¿A qué me refiero con esto? Si se busca dar solo para recibir, estamos operando bajo una lógica capitalista: una lógica que coloca a las personas como objetos que deben brindar un beneficio, atrapándolas en relaciones de control donde el otro da en función de ciertas expectativas (como estereotipos de belleza, dinero, regalos o estatus). Y más vale que no falle, porque si falla, siempre habrá alguien que supuestamente pueda ofrecer algo «mejor».
Bajo esta lógica, el control es lo que predomina. Y si hay control, no hay lugar para el amor, puesto que el amor es todo menos controlable. Pretender controlar a través de lo que se da o se busca recibir sostiene relaciones domésticas aferradas al ideal, pensando que el otro vendrá a «completarme». Si el otro falla, si no cumple con el catálogo de características exigidas o no corresponde a lo que se le dio, puede ser reemplazado sin problema. Es ahí donde opera el control: «si te doy, cumplirás con lo que se te pide».
Al mismo tiempo, escucho narrativas que hablan de encontrar a un hombre que «proteja». Puedo entenderlas porque por mucho tiempo yo buscaba lo mismo, hasta que un día me hice las siguientes preguntas: ¿proteger de qué, de quién o para qué? Me di cuenta de que esa búsqueda no era realmente mía, sino una imposición social fundada en la idea de que, como mujer, sola no podría. Y aquí viene lo interesante.
Si se han dado cuenta, en mis columnas busco hacer una crítica a los conceptos impuestos por ciertas narrativas, tales como «la madre incondicional», «la familia funcional», «la esposa tradicional», «la pareja funcional» y, esta vez, el hogar que nos dijeron que fuera. Mi afán no es moralizar los fenómenos sino pensar por qué queremos lo que queremos. ¿Es realmente un deseo propio o una demanda social impuesta? Algo que tienen en común mis textos es que cuestionan esos ideales que a muchísimas de nosotras nos impusieron, como ser una mujer con «ciertas características» para que ese «príncipe azul soñado nos elija y no nos deje».
Retomando la serie –y, perdónenme, voy a hacer un pequeño spoiler–, Vicky está en una competencia constante por encontrar al príncipe azul, comparándose con sus amigas al ver que a ellas supuestamente «ya las habían elegido». Sin importar si los hombres con los que salía le resultaban interesantes o no, el objetivo era claro: encontrar a aquel que la eligiera para así formar el «hogar soñado», con un hombre que la protegiera y la ayudara a convertirse en madre. Buscaba en otros el amor que su padre no le dio cuando la abandonó de niña. Si pudiéramos hablar con Vicky, seguramente nos diría que hay algo malo en ella, que no está haciendo bien las cosas o que tiene que esforzarse más para ser elegida. Pero la realidad es que no hay nada malo en ella.
La realidad es que muchísimas narrativas nos hacen creer que como mujeres no podremos solas, que tiene que llegar un hombre a elegirnos o que el hogar se edifica únicamente con la ayuda de un varón. Son narrativas donde el patriarcado sigue tan latente que nos hace sentir insuficientes y culpables por no ser elegidas para ese «hogar soñado». Siguiendo esa lógica, siempre seremos insuficientes, como si tuviéramos que hacer más y más para algún día bastar. ¿Y qué creen? Siempre seremos insuficientes, ¡por fortuna!
Aquí lo importante sería pensar que estar en pareja y sostener una relación desde el amor siempre será un problema, precisamente por la singularidad y las diferencias de cada uno. El «príncipe azul» y la «mujer ideal» son falacias que nos hacen creer alcanzables, generando culpa cuando no se consigue. En la serie, Vicky tiene un grupo de amigas que también han sido un verdadero hogar para ella. Viendo esto, ¿por qué no inventar nuestra propia definición de hogar? Soltar la obsesión de buscar un «príncipe azul» que nos elija y ser nosotras quienes elijamos nuestros propios tipos de familia y de lazos.
