¿Ya vieron los candelabros que pusieron en Metro Hidalgo?
Porque justamente eso resume a la perfección el momento que vive esta ciudad y este país: una obsesión enfermiza por la escenografía mientras todo lo importante se cae a pedazos. Luces, adornos, pintura temática y propaganda estética para intentar disfrazar décadas de abandono institucional y urbano.
Candil de calle, oscuridad de casa.
Durante años nos vendieron la idea de que gobernar era muy sencillo: repartir dinero y repetir eslóganes. Que bastaba con llenar el país de “programas del bienestar” para sustituir instituciones, infraestructura, cultura, salud, prevención y desarrollo económico. Como si una beca pudiera tapar un bache, reconstruir una ciudad o surtir una farmacia.
Y mientras el gobierno presume transferencias sociales como si fueran el único indicador de bienestar, el país se cae a pedazos en todo lo demás.
Porque regalar dinero no genera necesariamente desarrollo, muchas veces solo genera dependencia. Es el barril sin fondo perfecto para construir clientelas políticas: ciudadanos convertidos en electores cautivos. Y mientras eso ocurre, la deuda pública crece de manera brutal, hipotecando el futuro para financiar el presente. El problema es que el dinero regalado se acaba rápido, pero la deuda se queda durante décadas.
La tragedia es que mucha gente no nota el deterioro hasta que le toca personalmente.
No importa que falten medicinas… hasta que el enfermo eres tú.
No importa que desaparezca el Fonden… hasta que el huracán se lleva tu casa.
No importa que maten al Inadem… hasta que quieres emprender y descubres que ya no existe apoyo para pequeñas empresas.
No importa que desaparezca el Consejo de Promoción Turística… hasta que el turismo deja de crecer y miles de empleos empiezan a resentirse.
No importa que destruyan al INAI… hasta que necesitas información pública y descubres que el gobierno ahora se vigila a sí mismo.
Se fue el mantenimiento.
Se fue la inversión cultural.
Se fueron los apoyos a emprendedores.
Se fueron los créditos para las pymes.
Se fue el Fonden.
Se fue el Inadem.
Se fue el Consejo de Promoción Turística.
Se fue el INAI.
Se fue la transparencia.
Se fue la visión de largo plazo.
Se fue prácticamente todo lo que funcionaba.
Y lo reemplazaron con propaganda.
Ajolotes gigantes.
Pintura morada.
Campañas visuales.
Candelabros en Metro Hidalgo.
Porque es más fácil decorar una ciudad que gobernarla.
Esa es la gran especialidad de esta administración y de la izquierda capitalina tras más de treinta años gobernando la ciudad: maquillar el abandono con espectáculo visual. Crear escenarios para la foto mientras debajo de la decoración la infraestructura se pudre.
La capital del país, a semanas de un Mundial, sigue improvisando. Obras eternas, movilidad colapsada, zonas abandonadas y una sensación general de deterioro urbano que ya ni siquiera intentan ocultar. Pero eso sí: ponen candelabros, iluminan fachadas y llenan todo de adornos para aparentar modernidad.
Candil de calle, oscuridad de casa.
Y quizá lo más preocupante es el nivel de resignación social. Una sociedad que tolera hospitales vacíos, calles destruidas y opacidad gubernamental, pero que solo parece despertar cuando el problema toca el fútbol o el entretenimiento. Ahí sí hay indignación nacional. Ahí sí aparecen las preguntas incómodas: “¿cómo vamos a recibir al mundo?”
La respuesta es simple: con maquillaje.
Porque este gobierno entendió algo muy peligroso: mientras exista suficiente dinero repartido para contener el enojo inmediato, muchos aceptarán el deterioro silencioso de las instituciones. Cambiaron ciudadanía por subsidio. Derechos por dádivas. Desarrollo por dependencia.
Y hay algo profundamente triste en eso.
Durante décadas se acusó a los traidores históricos de “vender la patria”. Hoy muchos están dispuestos a entregar el futuro del país por una transferencia mensual. No porque sean malas personas, sino porque se acostumbró a toda una generación a pensar en sobrevivir el mes, no en construir el mañana.
Pero ningún país prospera destruyendo sus instituciones para financiar popularidad. Ninguna ciudad se vuelve moderna a base de pintura temática, propaganda estética y candelabros decorativos. Y ningún gobierno puede esconder eternamente el abandono detrás de ajolotes monumentales y escenografía para Instagram.
Porque tarde o temprano, la oscuridad de la casa termina apagando también el farol de la calle.
