Dicen los que Saben que la presidenta Claudia Sheinbaum amaneció reformista y anunció que se viene una reforma electoral “profunda”.
De esas que no son ocurrencia mañanera, sino compromiso histórico.
Dicen los que Saben que habrá representación de minorías.
Sí, pero “de manera diferente”.
Traducción simultánea: adiós a las listas cómodas. Hola al territorio.
Dijera el clásico: el que quiera hueso –perdón, curul– que sude la camiseta.
Que toque puertas.
Que pida el voto.
Que se despeine en la colonia.
Porque eso de ser “representante popular” sin hablar con el pueblo empieza a sonar contradictorio, casi poético, casi ofensivo.
Las plurinominales, esas que han sido salvavidas, trampolín y premio de consolación, están en la mira. Y cuando algo entra en la mira presidencial, no suele salir ileso.
El mensaje es simple. Y punzante: menos escritorio, más calle.
Pero eso no es todo.
Dicen los que Saben que el paquete incluye tijera.
Recorte a los partidos políticos.
Recorte a los congresos locales.
Austeridad republicana versión 2.0.
Menos prerrogativa.
Más discurso ciudadano.
Más fiscalización para cerrar la puerta al “dinero malo”.
Y, claro, nadie podría oponerse a combatir el dinero sucio.
¿O sí?
La presidenta dice que ya lo habló con Morena, con el Partido del Trabajo y con el Partido Verde Ecologista de México, y que todos “lo van a considerar”.
En política, “considerar” es esa palabra elegante que significa: vamos en fila.
Aunque, claro, la reforma aún no nace y ya tiene adversarios. O eso nos dicen. Porque tocar el sistema electoral no es mover un reglamento. Es meter mano al tablero.
Y ahí no solo se cuentan votos.
Se cuentan equilibrios.
Se mide la fuerza.
Se reparte el futuro.
Y cuando el poder decide rediseñar las reglas, la pregunta no es si habrá debate.
La pregunta es quién gana cuando cambian las reglas del juego.
¿O no?
***
e-mail: [email protected]
X: @MigueCholula
Facebook: Migue Cholula
