Para despejar dudas en torno al retorno del PRI a la Presidencia de la República, el “sello de la casa” se hará sentir, y fuerte, con el propósito de cimbrar a la clase política.
Durante la presentación del Pacto por México suscrito por los tres principales partidos políticos del país, PRI, PAN y PRD, no pudo pasar por desapercibida la presencia y los lugares que ocuparon como parte de la coreografía los gobernadores de los estados.
Detrás del presidente Enrique Peña Nieto no se encontraban los mandatarios estatales priistas de entidades relevantes por su contribución a la economía nacional, ni aquellos con altos índice de endeudamiento, entre ellos el de Coahuila, Rubén Moreira.
Llamó la atención el lugar que le asignaron a uno de los gobernadores de los estados otrora influyente, asiento de los principales grupos financieros e industriales, entidad de moda durante el salinato porque la adoptó como su tierra natal, con epicentro en Agualeguas.
Sí, fuera del perímetro donde se ubicaba el recién juramentado Presidente de la República, y fuera del alcance de las tomas oficiales de las cámaras de televisión, se ubicó al gobernador de Nuevo León, Rodrigo Medina de la Cruz.
Habrá razones de fondo de la insinuación, entre habitantes de aquella entidad del noreste del país la percepción es de un distanciamiento entre el gobernador y Peña Nieto, pero todo indica que el “Quinazo” -la herencia de arranque de sexenio salinista- se repetirá.
La versión existe y puesta en la boca de los conocedores de la realidad política del país hace sentido en la lógica del retorno del Partido Revolucionario Institucional que busca reafirmarse como el partido en el poder que no tiene la mínima intención de volver a fallar.
