El último adiós a López Díaz en el Café Aguirre minutos antes de morir

El último adiós a López Díaz en el Café Aguirre minutos antes de morir
Foto: Cortesía.

Vaya coincidencias de la vida: conocí a Javier López Díaz en noviembre de 1988, cuando me dio la oportunidad de entrar a su primer equipo de reporteros en el grupo radiofónico Acir, que actualmente es Cinco Radio. Ahora, 33 años después, también en un mes de noviembre, o para ser más precisos ayer casi al medio día, me despedí de él, en el Café Aguirre del Centro Histórico, sin saber que era el último adiós y que minutos u horas más tarde, perdería la vida el periodista más escuchado del estado de Puebla.

En La Jornada de Oriente lamentamos profundamente la muerte de López Díaz, como se hacía llamar. Había diferencias notables en la línea editorial con el conductor del noticiero Buenos Días, pero siempre le reconocimos su profesionalismo y su inventiva, así como su pasión por el periodismo y la defensa de sus convicciones, sobre todo cuando se resistió a la censura morenovallista.

Estaba a unos días de cumplir 34 años ininterrumpidos de la transmisión del noticiero matutino Buenos Días. Mis primeros encargos con él fueron hacer docenas de fichas informativas de los personajes de esa época, en particular de Carlos Salinas de Gortari y de la nueva clase política salinista, que en diciembre de 1988 asumió el control de la presidencia de la República.

Ayer estaba almorzando con el colega Ociel Mora y el regidor Manuel Herrera en el Café Aguirre del Centro Histórico, cuando de pronto percibí a alguien parado a mi lado, vestido de pants y tenis azules, que me dijo: “Te saludo Fermín”, y después un poco extrañado me dijo: “Soy López Díaz”. A lo cual le respondí que no lo había reconocido en un primer momento por el cubreboca blanco que portaba y su notable reducción de peso. Se acercó y me expresó: “Ojalá pronto nos veamos”. Se marchó tras chocar los puños.

Horas más tarde, Ociel Mora me preguntaba por teléfono si era verdad la versión de que había muerto López Díaz. Mi primera reacción fue: “Cómo crees, si hace rato lo saludamos”. Minutos después quedó confirmado que un infarto le quitó la vida.

El propio Ociel Mora escribió en sus redes sociales: “La mañana de hoy almorzamos en el Aguirre del centro Manolo Herrera, Fermín García y yo… Llegó solo y tomó la primera mesa, entrando a la derecha. La chamarra, azul. Se colocó de cara a la pared, tal vez en previsión de ser molestado. Apuró el almuerzo. No más de quince minutos. Evitó el café. Escudriñó un periódico que halló al paso. La chamarra holgada. Levantó el brazo. Pagó. Se dirigió al baño. De vuelta se detuvo unos segundos en nuestra mesa. Algo le chanceó a Fermín en el oído. Se despidió atento y salió. Era Javier López Díaz”.

Cuando Fidel Velázquez prohibió darle trabajo en cualquier rincón del país

“Pero querías ser periodista ¿no?”, era la frase que más le escuché en los primeros años de trabajo con López Díaz. Sus reporteros de esa época éramos estudiantes que todavía acudíamos a las aulas universitarias. Y eran constantes los regaños, las advertencias, de que lo primero era cumplir con el trabajo en la redacción y las fuentes informativas, y el poco tiempo que sobraba era para sobrevivir en la escuela.

Su obsesión, su sueño, su meta, su ideal, era que un día el noticiero Buenos Días fuera igual de escuchado que Tribuna Radiofónica de Enrique Montero Ponce, que en esa época era el rey de la radio en Puebla. Con el paso del tiempo ambos se reconocían como competidores, pero también eran amigos y compañeros de tragos.

Al final lo logró, cuando López Díaz creó su red ciudadana de informantes urbanos, que surgió de una plática con el dueño de una central de taxis de San Felipe Hueyotlipan. Se convirtió en el periodista más escuchado de Puebla. Nadie lo pudo desbancar en las últimas dos décadas y media.

Una historia que resonaba mucho en sus recuerdos de finales de los años 80 y principios de los 90, era lo que había pasado en 1983, cuando uno de los hombres más poderosos de la época dorada de la hegemonía del PRI, el líder y dueño de la CTM, Fidel Velázquez, mandó una circular a todas las estaciones de radio del país prohibiendo darle trabajo a López Díaz.

Ese veto fue producto del fraude electoral de 1983. En aquella ocasión el entonces candidato panista a la alcaldía de la ciudad de Puebla, Ricardo Villa Escalera, ganó la contienda y abría, por primera vez, un boquete al dominio del PRI. Sin embargo, desde el gobierno del estado se operó un gigantesco y burdo robo de urnas, que permitió darle el triunfo oficial al priista Jorge Murad Macluf, quien no pudo acabar su periodo al morir en un misterioso accidente vehicular.

López Díaz era periodista en un grupo radiofónico que tenía su sede en la avenida Juárez. Le abrió los micrófonos a Ricardo Villa Escalera la noche del día de las elecciones y el aspirante panista narró el robo de las urnas. El conmutador de la empresa se quemó por los cientos de llamadas telefónicas que entraban para reportar anomalías o expresar el coraje por el atropello a la voluntad popular.

Días después despidieron a López Díaz de la radio y meses más tarde, suspendían en el PAN a Ricardo Villa Escalera, por denunciar que este partido se había vendido al gobierno del estado y por eso no había luchado contra el fraude electoral. Para rematar surgió el castigo de Fidel Velázquez contra el primero de ellos.

Años más tarde el director de Grupo ACIR, Rafael Cañedo Benítez, lo llamó con cierta desconfianza, pero al mismo tiempo motivado por la imperiosa necesidad de aumentar la audiencia de sus estaciones de radio. Le encargó los noticieros y lo puso a prueba para ganar público. No se equivocó. López Díaz se acabó convirtiendo en el pilar más importante de esa empresa.

Fue producto de su disciplina con el trabajo. A los reporteros de esa época nos enseñó que el periodismo no es un oficio, es una forma de vida. El buen periodista, decía, despierta, come, hace el amor, duerme, siempre pensando en las noticias.

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