La Quinta Columna por -Mario Alberto Mejía
Lo que este miércoles pase en la Corte, si pasa, será tan trascendental como el descubrimiento de la rueda o el de la penicilina o el del iPhone o el de la poesía o el del jabugo o el de los habanos o el de la Cuba Libre o el del vino tinto oel del vaso con agua.
Si los ministros no le temen a la porción conservadora que se opone hasta al uso del condón, México dará un paso tan grande como el que dio Neil Armstrong cuando pisó la Luna.
(A finales de los años sesenta en Tegucigalpa, Honduras, se inauguró el primer semáforo y hubo una fiesta que duró tres días seguidos. Lo del hombre en la Luna pasó a un muy merecido segundo plano).
La posibilidad de que este miércoles pueda darse el aval para la conformación del primer club de consumidores de cannabis romperá, de entrada, un largo periodo de hipocresía en el que los mexicanos hacíamos que no pasaba nada cuando en realidad estaban pasando muchas cosas. En los años sesenta, Mary, una amiga gringa de mi mamá, le preguntó a un taxista mexicano que dónde podía comprar marihuana.
El hombre frenó como si acabara de escuchar una sonora mentada de madre y se indignó por la pregunta. Un primo mío nos recibía a sus dieciocho años fumando marihuana como quien se fuma unos Delicados sin filtro en el pequeño patio de su casa en Huauchinango.
(Yo vivía en la ciudad de México en aquellos años y me persignaba como Carmelita Descalza ante tales apariciones).
En el condominio donde pasé de la adolescencia ala edad adulta había un perro callejero al que todos llamaban Marihuano porque un día alguien le puso una bolsa de Resisto! 5000 en el hocico y el noble can no regresó a la tierra: se quedó en un viaje sin fin como los astronautas de 2001, Odisea del Espacio, o como Syd Barret, el legendario músico de PinkFloyd.
La marihuana ha existidosiempre.
Mi Mamá Guillaos la mezclaba con alcohol y se la frotaba en las piernas para abatir las reumas.
Mi tío Dago le pedía un poco de cannabis a sus Baronet para sobrellevar mejor su vida de taxista.
Salvador Elizondo, una de las mentes más lúcidas que ha dado la literatura hispanoamericana, la consumía antes de su seminario de poesía en la UNAM y le sirvió de gran consuelo cuando tuvo que enfrentar las agresivas quimioterapias y un cáncer más agresivo aún.
Una exnovia argentina, Mercedes, la fumaba antes de hacer el amor.Una vez me compartió una fumad ita y anduve flotando tres días enteros.
En este sentido yo soy como Octavio Paz, quien prefería el whisky -esa leche de los viejos- a un churro de mota.
Alguna vez, sin saberlo en el momento, comí dos rebanadas generosas de un pastel de marihuana que le hicieron al poetaJaime Reyes para celebrar su premio XavierVillaurrutia.
El problema empezó cuando me tomé cinco vodkas al hilo y una voz femenina me dijo que tuviera cuidado pues me podría “cruzar”. Yo no fumo marihuana contesté muy orondo.
Pero qué tal te la comes respondió más oronda.
