El Panteón Municipal, fundado en 1880, refleja en sus 33 mil tumbas, de las cuales 133 son catalogadas como monumentos históricos, la forma de conceptualizar la muerte a lo largo de los años, cuya principal diferencia con la actualidad radica en que antiguamente lo costoso no era el entierro sino el elemento arquitectónico que se colocaba sobre el entierro, refiere la arquitecta María Dolores Lobato, quien ha dedicado una investigación de 12 años a este camposanto.
“Antes el proceso de morir no era tan caro como la arquitectura o los elementos que ponías encima. Te preocupabas mucho por dejar un elemento que fuera memoria de los que estaban ahí, aparte representaban el estatus de las personas, así como en tu casa”, explicó.
Para la investigadora, el Panteón Municipal puede entenderse como una ciudad de los muertos que refleja la de los vivos.
“Puedes ver aquí cómo era la sociedad poblana en los tiempos en que se edificó el panteón, así como tenían sus grandes casas en el centro de la ciudad o en la zonas importantes, aquí se ve reflejado igual. Hay calles principales, áreas verdes como los jardines, calles secundarias y cada una de las tumbas viene siendo como la casa del muerto o de la familia que la habita”, compartió.
En su investigación llamada “Caracterización del arte tumbal de la Arquitectura Funeraria en el Cementerio Municipal de la Ciudad de Puebla”, de 2005, hace un análisis de todos los componentes del Panteón Municipal.
“Este cementerio cuenta con una superficie total de 15 hectáreas, las cuales están divididas en 9 zonas, a saber: acceso principal, área administrativa, área de velatorio, área de servicios, área forense, área pública, área de osarios, área de entierro y cementerio Mutualista; además de las calzadas, calles de circulación e infraestructura”, escribió la arquitecta en “Caracterización del arte tumbal de la Arquitectura Funeraria en el Cementerio Municipal de la Ciudad de Puebla”.
Para dicha investigación, la arquitecta Lobato toma como estudio las edificaciones que conforman la primera sección (primera clase) del área de enterramiento, y las clasifica en siete tipos: Lápidas (cuenta únicamente con una piedra donde se encuentran los datos generales del difunto), panteón sencillo (se conforma de una lápida y una escultura sencilla), panteón complejo (lo conforman varios cuerpos y un elemento decorativo), panteón escultórico (está formado por varios cuerpos y en sus elementos decorativos predominan las esculturas de bulto), capilla sencilla (sus revestimientos son simples y sus elementos no tienen ninguna ornamentación) y capilla compleja (importante ornamentación y elementos arquitectónicos).
Los elementos más representativos que se observan en esas tumbas son las columnas (que simbolizan la vida truncada), ángeles (representan el alma en su ascenso al cielo), la paloma del espíritu santo, el moño de luto, patas de león (refieren la estabilidad de una persona importante), troncos de árboles (hacen referencia al árbol de la vida y la vida truncada), y uno más actual pero muy utilizado es el rehilete, que representa el movimiento, una manera de hacer presente al difunto.
Estas edificaciones y símbolos han dejado de ser comunes en entierros actuales. El proceso de morir, hoy en día, es tan caro que cuando el difunto es sepultado, basta con ponerle una cruz, ilustrar su nombre y fechas de nacimiento y muerte.
“Antes el proceso de morir no era tan caro como la arquitectura o los elementos que ponías encima. Te preocupabas mucho por dejar un elemento que fuera memoria de los que estaban ahí, aparte representaban el estatus de las personas, así como en tu casa”, explicó la arquitecta Lobato.
NOTAS COMPLEMENTARIAS:
El primer entierro que se hizo en dicho camposanto, el mismo día de su fundación, fue el de la niña María Merced Huerta, quien sólo vivió 5 días. Su tumba conformada por un pináculo puesto sobre una base está ubicada en el centro del panteón.
Otra de las tumbas más antiguas y representativa es la de la familia Bello, la cual corre el riesgo de perderse por la falta de mantenimiento y limpieza. En esa situación se encuentra la mayoría de las lápidas y capillas de las personas que llegaron a habitar el panteón en sus primeros años de funcionamiento, debido a que no reciben visita de sus familiares.
