El día 1 de noviembre, con una campanada a las 2 de la tarde desde el templo de San Francisco, las ofrendas blancas y monumentales de Huaquechula se abren a la vista de vecinos y visitantes, en la que es considerada una de las tradiciones de día de muertos más fuertes y arraigadas de Puebla que la ha llevado a ser considerada, desde 1997, Patrimonio cultural estatal.
Sin embargo, la tradición comienza semanas y meses atrás, en algunos casos desde que el pariente fallece y la familia decide, según las posibilidades económicas, si se monta o no un altar que puede oscilar entre los 45 mil y los 50 mil pesos.
Una vez decidido, entonces, comienzan los preparativos y la preparación comunal de los elementos que se incluirán en la ofrenda. Ahí estarán los rosquetes y las figurillas de pan que se preparan para entrar y salir de los hornos.
También los barandales o calados hechos con cartulina y cinceles de distintos tamaños que adornan los perímetros de las ofrendas, y que son una de las artesanías más bellas realizadas también por manos huaquechulenses.
No faltarán los ramos de tela de raso, una técnica autóctona de la comunidad, con los que se embellecen las ceras que se obsequian a los altares monumentales colocados; ni tampoco las estructuras de madera de alrededor de seis metros de alto.
Todos estos elementos, además de las comidas y bebidas que le gustaban al difunto, las imágenes religiosas y las figuras de yeso que imitan a pequeños niños llorones y tristes, darán como resultado a los tradicionales altares blancos de Huaquechula que se distinguen por sus tres niveles.
El primer nivel de altar, según ha definido la tradición, es considerado un espacio terrenal, en el que se ubica la comida y la bebida de la que gustaba el difunto, quien es representado en una fotografía misma que se refleja en un espejo, ya que se considera que la persona ya no está en este mundo y por lo tanto, para verlo, hay que hacerlo por medio de algo que no es tangible, es decir, a través de un reflejo.
El segundo, en cambio, representa un estado intermedio en el que se cruzan el cielo y la tierra, que es habitado por los ángeles y los arcángeles, así como por la imagen a la que el difunto le tenía devoción.
Mientras que el último nivel, llamado del “cielo o la gloria”, se corona con una imagen del Cristo crucificado, como símbolo de que el alma del fallecido está con él.
Este año, en Huaquechula se instalarán 28 ofrendas que corresponden al registro del número de difuntos que hubo este 2015.
Cada año, el municipio es visitado por unas 35 mil personas tanto de procedencia nacional como extranjeros que dejan, según las autoridades municipales, una derrama económica de un millón de pesos.
Los visitantes que recorren estos monumentales altares son recibidos por los moradores de la vivienda, quienes por tradición ofrecen chocolate de agua y pan a los visitantes, y si hay más confianza entonces se les invita a comer mole y pipián.
