La historia indigna.
Las declaraciones son vomitivas.
Sus palabras lo dicen todo:
“No la violé. Le hice el amor”.
Click.
“Me dijo que no le hiciera nada. Abusé de ella. Nada más”.
Click.
“La tiré en el suelo donde estaban todos”.
“-¿La penetraste?
“-Sí”.
Click.
El video de los victimarios de las cinco jóvenes violadas hace unos días en el campamento El Colibrí, en Ixtapaluca, Estado de México, muestra rostros mofletudos, ojos hinchados, rostros secos.
Uno a uno fueron confesando sus delitos con lujo de detalle.
La voz del interrogador es elocuente.
Voz dura, agresiva.
Ordena respuestas claras.
“Más fuerte”, exige cuando los chacales bajan la voz.
Las preguntas son incisivas y piden una descripción detallada de los hechos.
“¿Cómo escogiste a tu víctima?”.
“¿Cómo iba vestida?”.
“¿La penetraste?”.
“¿Dónde?”.
“¿Qué hizo ella?”.
“¿Cuánto tiempo duró (la violación)?”.
“¿Se lo hiciste delante de todos?”.
Una de las chicas ya se enfrentó desde su minoría de edad, y su condición de cristiana y ultrajada, a un Ministerio Público.
Ahí fue vejada nuevamente pues la pusieron enfrente de su violador.
Las versiones hablan de que la chica lloró histérica al verlo.
El careo fue una nueva violación.
Hace algunos años, en Huauchinango, en un Juzgado de lo Civil, había una secretaria que sometía a las mujeres violadas a toda clase de humillaciones.
Es célebre el interrogatorio que le hizo a una menor de edad que se atrevió a denunciar a su padrastro por haberla violado.
El diálogo –contado entre risas por los funcionarios del Juzgado en las mesas de las cantinas- era más o menos así:
-¿Qué te hizo?
-Pus…
¿Te la metió?
-¿Eh?
-¿Te metió el pito?
-Pus…
-¿Sí o no te metió el pito?
-Sí.
-¿Y te gustó?
-¿Eh?
-¿Qué si te gustó que te metiera el pito?
-Nooo.
-Cómo no si a todas nos gusta. ¿Te gustó?
-Pus un poquito.
-Jajaja. Te digo, mija. A Todas nos gusta.
El problema era que armaba el interrogatorio de tal forma que el violador ni siquiera pisaba la cárcel y en un dos por tres ya estaba de vuelta en la calle.
Sobra decir lo que pasó con la chica.
El caso de las cinco adolescentes violadas refleja la miseria del pueblo de donde son originarios: Santa María Huexoculco, en el municipio de Chalco.
Nos dicen que los atacantes eran parte de una banda que tenía la costumbre de asaltar a los visitantes de El Colibrí.
Tres asesinatos anteriores salieron a flote en los interrogatorios.
Dos mujeres eran cómplices de los chacales.
¿Qué se llevaron el jueves pasado cuando atacaron a las cinco chicas?
Unos celulares, unos morrales, algo de dinero en efectivo y la sombra de un daño irreparable.
¿Qué les quedó a las víctimas?
La vergüenza y la impotencia de haber sido ultrajadas.
Y más: un denso vaho semejante a las virtudes humanas.
