La guerra por Puebla es a muerte, una vez que lo que aquí ocurra el 1 de julio será la diferencia entre el cielo y el infierno para Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador.
Todo mundo lo sabe: Puebla es uno de los cinco estados que define las elecciones.
Eso mismo ocurrió en 1988 -cuando Manuel Bartlett calló, primero, el Sistema y luego lo tiró-: los operadores de Mariano Piña Olaya entraron al relevo y salvaron una elección que estaba perdida.
En ese sentido, los votos que aportó Puebla contribuyeron a llevar a Carlos Salinas de Gortari a Los Pinos.
En consecuencia: Piña Olaya fue uno de los gobernadores consentidos del nuevo gobierno.
¿Qué decir de los comicios de 2000?
En esa ocasión el fenómeno Fox no tuvo empacho en arrasar el estado gobernado por Melquíades Morales Flores, uno de los operadores electorales más eficientes del viejo PRI.
Ni las buenas obras del gobierno melquiadista ni la operación instrumentada desde Casa Puebla salvaron a Francisco Labastida, el candidato priista que moría de miedo cada vez que se topaba con Vicente Fox.
Y es que las elecciones presidenciales no miden a los gobiernos locales.
Es decir: la gente no sale a votar pensando en las buenas o en las malas obras de los gobiernos locales.
Su pulsión es otra.
Votan por el candidato que les mueve los afectos, el interés, la inteligencia.
La pasión desbordada en el 2000 por los mítines delirantes de Fox llevó a la gente a las urnas y rebasó las casillas.
Esa pasión marcó la diferencia.
El 2006 no fue distinto.
Los resortes del poder movieron a Mario Marín Torres y lo llevaron a ceder la plaza.
Un encuentro privado entre el hoy priista Manuel Espino y el entonces gobernador de Puebla logró que las manos activas se volvieran manos pasivas.
Resultado: Marín fue exonerado por el caso Lydia Cacho y Calderón llegó a Los Pinos.
Esta vez el escenario también contiene pasión, cólera, inteligencia.
Los estrategas de todos los partidos saben que Puebla será clave en lo que viene.
Y hay quienes juran que habrá sorpresas.
De entrada: Josefina Vázquez Mota –juran los priistas- volverá del más allá y cerrará con fuerza.
Y más: Enrique Peña Nieto se afianzará en Puebla y derrotará a Andrés Manuel López Obrador.
“Será una elección de tres”, aseguran en el cuartel del PRI.
Eso mismo les confió ayer a los poblanos Pedro Joaquín Coldwell, presidente nacional del partidazo.
La guerra, sí, será brutal.
Dicen.
Juran.
Argumentan.
Pero López Obrador no está manco ni tullido.
Y ya empezó a decir por todos lados que el fraude se está armando a través de los gobernadores.
“Veinte millones de votos le darán a Peña Nieto”, dijo ayer en Ciudad Juárez.
Y se rió.
Y dijo que no, que jamás, que nunca podrán cumplir con su palabra.
Y es que –agregó- “los fraudes no se pueden lavar ni con el agua de todos los océanos”.
Aunque hay excepciones.
Ahí está Bartlett con su carita limpia y sus manos relucientes.
Y arengando, sí, con los lopezobradoristas.
