Con cruces blancas en las manos y bajo un fuerte sol del desierto, activistas de diversas organizaciones humanitarias iniciaron la 22ª edición de la Caminata Migrante, con el objetivo de recordar a más de 8 mil personas que han perdido la vida intentando cruzar la frontera entre México y Estados Unidos en las últimas tres décadas.
La marcha, que dura siete días y cubre aproximadamente 75 millas (120 kilómetros), parte desde Tucson, Arizona, y sigue rutas peligrosas del desierto de Sonora que miles de migrantes recorren cada año. Organizada por grupos como No More Deaths y otras coaliciones binacionales, la caminata busca visibilizar las consecuencias letales de las políticas migratorias y la “prevención mediante disuasión” implementada desde los años noventa.
“Cada cruz que cargamos representa una vida truncada, una familia destrozada y un recordatorio de que la frontera se ha convertido en un cementerio”, señaló uno de los organizadores durante la ceremonia de salida en la Iglesia Presbiteriana del Sur de Tucson.
Según datos de organizaciones civiles y la Patrulla Fronteriza, las muertes por deshidratación, golpes de calor, ahogamiento y exposición extrema han aumentado en los corredores más remotos, donde los migrantes intentan evadir los controles. Solo en los últimos años, el sector de Tucson y zonas aledañas han registrado cientos de fallecimientos documentados, aunque las cifras reales se consideran subestimadas.
La Caminata Migrante no solo es un acto conmemorativo, sino también una exigencia a las autoridades de ambos países para buscar vías migratorias seguras, legales y humanas.
