Político o gobernante que niegue haber sido un joven rebelde de izquierda o activista católico de derecha, miente.
Lo ocurrido ayer en la sede de la Comisión de Derechos Humanos del DF demostró que la frescura de los jóvenes universitarios de #YoSoy132 influyó en el cambio del formato del debate presidencial y lo hizo más atractivo.
De lo poco que se pudo apreciar del debate, debido a las fallas técnicas de la transmisión por internet, la participación de los universitarios demostró de qué están hechos académicamente para cuestionar a los candidatos presidenciales.
Independientemente de los niveles de audiencia lograda en el debate, para el movimiento #YoSoy132 fue un éxito por el mismo hecho sin precedentes en la reciente historia de los movimientos estudiantiles, posterior al surgimiento del CEU en la UNAM.
La irrupción de los universitarios adquiere mayor relevancia por la composición social del movimiento, distinto al ocurrido en las décadas previas y posteriores al 68, cuando las banderas estaban relacionadas con un tema clasista.
En este siglo XXI, con un incipiente movimiento universitario, las banderas se agitan a favor de las libertades políticas y democráticas, enderezadas principalmente al cuestionamiento del papel de los medios de comunicación.
Nada despreciable el surgimiento de este movimiento de la primavera, nuestros indignados, los jóvenes de las universidades privadas y públicas, de las más prestigiadas del país y de América Latina.
Se trata de una generación influida por el movimiento zapatista, y no precisamente por la vía armada, sino por el humanismo de las mejores escuelas jesuitas.
Es un movimiento legítimo que necesita reproducirse, sueña Andrés Manuel López Obrador si pretende la paternidad porque sólo le pertenece a los jóvenes.
