Hechizo de Amor (Practical Magic) se ha convertido en un clásico entre calderos, escobas voladoras y margaritas a medianoche. Sin embargo, la historia de las Owens esconde un espejo profundo sobre los traumas familiares, el miedo al abandono, la supuesta maldición del amor y el peso de cómo lo heredado opera de generación en generación.
A menudo escuchamos a alguien justificar conductas ajenas con frases como: “es que su papá era así con él”, “es el carácter de la familia” o “sus abuelos le metieron ese chip”. Justificamos a toda costa aquel dolor que pasa de padres a hijos, creyendo ingenuamente que nosotros, como por arte de magia, no seremos parte de esa cadena. Nos basta con fingir demencia y borrar de dónde venimos como si el pasado nunca hubiera ocurrido.
En esta historia de brujas, la maldición es clara: enamorarse es igual a morir. Y el peso se carga sin importar qué tan buena o mala seas. Aquí tenemos las dos caras de la moneda: Sally y Gillian.
Gillian es la definición de lo sensual, lo impulsivo y la libertad de ser sin pedir perdón. Sally, por su parte, busca la estabilidad, el cuidado y la contención; intenta protegerse del dolor ocultando su magia y su esencia, siendo la «bien portada» para evitar ser lastimada. Sin embargo, ambas fueron criadas bajo la misma sombra y ninguna de las dos formas es la vía correcta para romper el hechizo.
En nuestra realidad terrenal no hay calderos ni pócimas. No heredamos un embrujo literal, sino la violencia, la negligencia, el miedo… Aquello que reprimimos no desaparece: muta en un mapa invisible que guía nuestros pasos. Aceptar nuestra historia no significa justificarla; significa reconocer las heridas, mirarlas de frente y elegir con conciencia qué continúa en nosotros y qué se termina de una vez por todas.
No hay sacrificios mágicos que puedan borrar una herida incómoda. Solo hay terapia, toma de conciencia y el esfuerzo diario de no repetir aquello que duele (aunque, seamos sinceras, sería mucho más fácil meter todos los problemas en un caldero y convertirlos en ranas).
Algo digno de destacar en esta narrativa es el amor puro y sin restricciones entre hermanas. Aunque sean profundamente distintas y no estén de acuerdo con la forma de vivir de la otra, se buscan y se sostienen. En parte porque cargan con la misma mochila, y en parte porque, en los traumas heredados, el dolor suele viajar en solitario: se repite el miedo, se hereda la sombra y se carga en silencio.
El verdadero peligro de una herida familiar no es solo lo que pasó, sino el aislamiento; la creencia ciega de que estamos condenadas a sufrir a solas. Cuando una hermana (sea de sangre o de cariño) cruza el fuego por la otra, no solo la rescata de un peligro exterior: le devuelve el espejo. Le dice, sin juicios: «Te creo, te veo y tu fuego no me asusta». Esta hermandad funciona tanto en el plano carnal como en el simbólico; es ese sacudón de mirar en alguien más lo que estás viviendo para decidir si lo repites o lo arrancas de raíz.
Mi recomendación más sincera: vayan a terapia. Todos cargamos con alguna maldición y depende únicamente de nosotros cambiar nuestro destino y, sobre todo, nuestro futuro. Y si tienen tiempo, lean los libros de Alice Hoffman: por muy hermosas que se vean Sandra Bullock y Nicole Kidman en pantalla, la película no le hace suficiente justicia a la ironía de Sally ni a la irreverencia icónica de Gillian.
