El Tianguis Turístico inició. Stands montados, discursos preparados, cifras optimistas alineadas. Este año, con sede en Acapulco, el mensaje es claro: México quiere volver a mostrarse fuerte, resiliente, listo para recibir al mundo. Y, sin embargo, hay algo que no termina de cuadrar.
El Tianguis siempre ha sido eso: un escaparate. Un espacio donde el país se presenta en su mejor versión, donde los destinos compiten por atención, donde las cifras crecen y las promesas se repiten. Se habla de conectividad, de inversión, de crecimiento sostenido. Todo parece avanzar en la dirección correcta.
Pero el problema del turismo mexicano nunca ha sido su capacidad de venderse. Ha sido su capacidad de sostener lo que vende.
Porque mientras dentro del recinto se habla de récords, fuera de él persisten las tensiones: destinos saturados, derrama económica desigual, comunidades que reciben turistas pero no necesariamente beneficios, y una experiencia que no siempre corresponde con la expectativa que se promueve.
En ese contraste, el Tianguis no miente… pero tampoco cuenta toda la historia.
Y este año hay una señal particularmente reveladora.
El recorte presupuestal de la Secretaría de Turismo no solo impactó la operación, también alcanzó algo más sensible: la relación con los medios. Invitaciones que antes incluían transporte y hospedaje para cobertura fueron reducidas o eliminadas. Medios consolidados, con trayectoria y alcance comprobable, quedaron fuera.
Hasta ahí, podría entenderse como un ajuste. El problema es otro, ¿con qué criterio se decidió quién sí y quién no?
Porque en paralelo, sí hubo invitados con audiencias poco claras en cuanto a su impacto real. Y eso abre una pregunta incómoda: si no se está priorizando alcance, calidad editorial o capacidad de posicionamiento… ¿qué se está priorizando?
En un evento cuyo objetivo es proyectar a México al mundo, la elección de quién cuenta esa historia no es un detalle menor. Es parte de la estrategia. O debería serlo.
Porque el turismo hoy no solo se vende en stands, se posiciona en buscadores, se valida en audiencias, se construye en narrativa digital. Ignorar eso no es un descuido: es una desconexión. Y esa desconexión tiene consecuencias.
Mientras el discurso oficial insiste en la importancia del turismo como motor económico, las decisiones operativas parecen moverse en otra lógica. Una donde la visibilidad no necesariamente se construye con quienes pueden amplificarla mejor, sino con quienes están disponibles dentro de un nuevo esquema de recursos limitados… o de criterios poco claros.
Eso también es parte del modelo turístico que se está construyendo.
Uno donde el presupuesto se reduce, pero la exigencia de resultados se mantiene. Donde se quiere proyectar grandeza con recursos cada vez más ajustados. Y donde, en ese intento, se corre el riesgo de diluir la estrategia.
Acapulco, como sede, refuerza esa narrativa de resiliencia. Después de los golpes recientes, el destino necesita reposicionarse. El Tianguis llega como una oportunidad para reactivar su imagen, para recordarle al mundo que sigue en pie.
Pero incluso ahí, la pregunta persiste: ¿basta con mostrarlo… o hay que reconstruirlo más allá del escaparate?
Porque al final, el Tianguis no es el problema. El problema es lo que revela. Un turismo que sabe venderse, pero que aún batalla para ordenarse. Que apuesta por grandes eventos, pero no siempre por estructuras sólidas. Que mide su éxito en cifras y presencia, pero no necesariamente en profundidad ni en sostenibilidad.
Y en medio de todo eso, una industria que sigue creciendo… pero no siempre en la dirección correcta.
El Tianguis Turístico 2026 aún no empieza. Pero ya dejó ver lo más importante: no todo lo que México muestra es lo que México es. Y mucho menos, lo que está listo para sostener.
