“Cuanto más te defiendas, más sufrirás, y con más seguridad, morirás”
Proverbio citado en Defenderse: una filosofía de la violencia, de Elsa Dorlin
En su libro Defenderse (2018), Elsa Dorlin habla de la economía imperial de la violencia, como una forma donde ciertos individuos tienen la legitimidad para defenderse, pero otros no. Esta economía hace que ciertos sujetos puedan ejercer poder sobre otros y sean legítimos para ejecutar un poder de “autojusticia”. Esto es muy claro con lo que hoy sucede con la guerra entre Estados Unidos e Irán. Estados Unidos ataca un colegio de niñas en Irán con el supuesto de sentirse amenazados por ellos; en respuesta, Irán empieza a atacar puntos estratégicos militares de Estados Unidos, bloquea y limita el estrecho de Ormuz; sin embargo, el país norteamericano se autoproclama un gobierno defensivo; con lo anterior podemos pensar la situación con Dorlin, que menciona que “un gobierno defensivo defiende a algunos y deja sin defensa a otros.” (ídem).
Esta situación es el reflejo de lo que Dorlin llama “cualidades antropológicas”, concepto definido por las relaciones de poder, ya que no todos los cuerpos son vistos iguales. Esto sucede hoy con Irán, colocándolo como una amenaza, así como lo han hecho con las mujeres o los migrantes en Estados Unidos, y no solo en ese país; también sabemos que aún sigue muy vigente esa narrativa en otros Estados. Por lo cual hace que Irán, o quien sea colocado como una amenaza por su discrepancia o porque no se alinean a los intereses de aquel país, quede limitado a defenderse, o que si se defiende sea visto como el malo de la película –claro, una película con director estadounidense.
Estas narrativas solo nos muestran quién sí tiene el derecho legítimo para defenderse y quién no, basadas en la desigualdad. Siguiendo esa lógica, si una mujer, un migrante o cualquier víctima se defiende de una injusticia ¿su defensa debe considerarse una amenaza?, ¿tiene el derecho a una defensa legítima? En este sentido. ¿Por qué Irán, en todo caso, tendría que ceder ante las exigencias de Donald Trump?
Pienso en cómo el poder de los que creen tenerlo es una forma de ejercer soberanía sobre una población produciendo efectos en el cuerpo, produciendo narrativas que hagan muy difícil, si no casi imposible, poder ver la diferencia en otros, poder ver que todas las vidas valen y tienen el derecho a ser escuchadas, a defenderse. Estas narrativas donde el miedo opera tocan el cuerpo y la psique. ¿Qué pasaba y sigue pasando con las mujeres que sufren violencia y buscan defenderse? ¿Qué pasa si hoy un migrante se intenta defender de la policía estadounidense? ¿Qué ha pasado con la defensa de Irán? La mujer posiblemente será vista como alguien que “no sabe gestionar sus emociones”; el policía tendrá la justificación de agredir por las etiquetas que se les han puesto a los migrantes como “salvajes”, “amenaza”, “peligrosos”. Y Donald Trump presiona, ataca, boicotea impidiendo que Irán exporte petróleo, bloqueando el acceso de Irán a bancos internacionales y amenazando a otros países en no tener una relación de comercio con ellos, similar a lo que sucedió con el bloqueo en Cuba en los años 60. ¿De qué modo esas narrativas no tendrían efecto en nuesta psique y en nuestro cuerpo? Si buscas defenderte –recuerda Dorlin– te puede ir peor.
Lo anterior es una forma de exhibir el castigo, como lo que refiere Michel Foucault en su libro Vigilar y castigar, esos castigos públicos y brutales con la finalidad de ser “más humanos” (supuestamente), lo que hace que en realidad crezca el control y la vigilancia. ¿Qué pasaría si Irán deja de defenderse? Pasaría a ese humanismo controlado y vigilado para dar lugar a esa voluntad soberana. Ahora ¿qué pasa si trasladamos esta dinámica de poder a un sujeto que se defiende de su violentador? Estas formas de exhibir y castigar a través del control, la vigilancia y la crueldad se van recorriendo como un efecto dominó hasta llegar a nuestra cotidianidad, donde deja a ese sujeto o a ese país sin poder defenderse, por enfoques de desigualdad, que no son naturales, sino una construcción social.
En mi columna anterior, “El cinismo: la nueva cara de la ultraderecha”, hablé de cómo ese cinismo que vemos en los líderes se va replicando hasta verlo con normalidad; poder maltratar al otro por el simple hecho de considerarlo inferior, mostrarlo y que nada pase, que se exhiba este tipo de narrativas nos toca el cuerpo. Le pregunto a mis lectores ¿en dónde sienten el miedo cuando éste llega? Piensen en su día a día, en quienes están viviendo la guerra como parte de su rutina diaria, en quienes viven bajo chantajes y maltratos, en quienes son sometidos por una desventaja económica. Intentar defenderse de esas violencias termina saliendo contraproducente para él o ella por esta desigualdad social, ya sea por cuestiones de género, color de piel, estatus social, religión, situación económica o lo que les venga a la cabeza, en cualquier caso quedan en un lugar indefendible. ¿Cómo el cuerpo no va a reaccionar ante eso? Ya no se trata de solo ejercer poder y control sino de que nuestra capacidad para defendernos se vuelva en nuestra contra.
Lo que se está produciendo con estas narrativas que buscan controlar y gobernar los cuerpos son sujetos que se tengan que suprimir a sí mismos, sujetos que queden despolitizados. Cuanto más se defiendan más se lastiman porque bajo la narrativa de que unos sí pueden defenderse y otros no, su palabra queda anulada, por lo que me pregunto: ¿tendrán algo que ver estas violencias con ciertas enfermedades autoinmunes de la contemporaneidad o malestares mentales que no tengan alguna “explicación” lógica y sean una respuesta sintomática a las violencias ejercidas bajo esta dinámica de poder?
