Mientras otros expresidentes mexicanos han optado por retirarse a su vida privada –unos dando conferencias, otros dedicados a la academia, otros simplemente disfrutando del retiro–, el regreso público de Andrés Manuel López Obrador ha sido tan revelador como perturbador.
No volvió para reflexionar sobre el país que dejó. No volvió para hablar de la violencia que convirtió a su sexenio en el más sangriento de la historia reciente. No apareció cuando ardían regiones enteras del país, cuando las tragedias golpeaban a comunidades enteras o cuando México enfrentaba crisis que aún hoy siguen abiertas.
Reapareció para pedir dinero.
Después de seis años de aeropuertos que apenas despegan, trenes que aún buscan su destino, refinerías que siguen sin refinar y una economía que nunca logró despegar como se prometió, el expresidente rompió su retiro para convocar a los mexicanos a financiar apoyo para Cuba.
El gesto, más que solidaridad internacional, revela una prioridad política profundamente inquietante: la lealtad ideológica antes que la responsabilidad con el propio país. Mientras el modelo político que durante décadas defendió –el socialismo latinoamericano del siglo XXI– muestra señales evidentes de agotamiento, López Obrador insiste en apuntalarlo simbólicamente, incluso desde el retiro.
Es difícil no verlo como lo que es: un acto político cargado de simbolismo. No se trata simplemente de ayuda humanitaria. Es la reafirmación de una narrativa ideológica que, incluso después de haber gobernado México durante seis años, sigue colocando las causas de otros regímenes por encima de las heridas abiertas del propio país.
Y por eso resulta tan aberrante.
Porque el silencio frente a las tragedias nacionales contrasta brutalmente con la urgencia para defender causas externas. Y porque el regreso público de quien prometió retirarse de la vida política no vino acompañado de autocrítica, de reflexión o de responsabilidad histórica.
Vino, simplemente, a pedir más.
