En unos días se conmemorará el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, y en Puebla, como en todo México, las voces y las marchas recordarán con fuerza las demandas pendientes: justicia, seguridad y equidad. Sin embargo, en medio de las cifras dolorosas de violencia y desapariciones, hay miles de mujeres que día a día escriben historias de resiliencia silenciosa, sin victimizarse, sino transformando su entorno con esfuerzo cotidiano, orgullo poblano y sororidad genuina.
No todas las poblanas están en las estadísticas trágicas. Muchas están vivas, activas, sosteniendo familias, comunidades y sueños. Son ordinarias en su rutina —vendedoras en mercados, madres trabajadoras, artesanas, emprendedoras, maestras o vecinas solidarias— pero extraordinarias en su capacidad para seguir adelante, apoyar a otras y mantener viva la esencia de Puebla.
En los mercados de La Victoria o el Parián, mujeres como las vendedoras de talavera, textiles bordados o mole poblano levantan su puesto antes del amanecer. Con manos expertas moldean el barro, tejen historias en cada puntada o preparan platillos que alimentan generaciones. Enfrentan la inflación, la competencia y el cansancio, pero sonríen a los clientes, comparten consejos con las compañeras y educan a sus hijas e hijos en el valor del trabajo honesto. Su resiliencia no necesita reflectores: se ve en el puesto que no cierra, en la mano extendida a quien lo necesita.
Otras, como las emprendedoras que surgieron o se fortalecieron tras la pandemia, abren estéticas para mascotas, ofrecen servicios de transporte o venden productos locales. Historias como la de quienes iniciaron negocios desde casa, paseando perros o cocinando para vecinos, muestran cómo la creatividad y la perseverancia convierten obstáculos en oportunidades. No se definen por el sufrimiento, sino por lo que construyen cada día.
En comunidades indígenas de la Sierra Norte o los alrededores de Cholula, las mujeres preservan tradiciones ancestrales mientras adaptan su vida al presente: tejiendo huipiles, cultivando hierbas medicinales o participando en ferias colectivas. Su orgullo por lo poblano se traduce en sororidad: se organizan para cuidarse mutuamente, comparten saberes y levantan a las que caen, sin esperar aplausos.
Esta nota no busca romantizar la lucha diaria —que es dura y muchas veces invisible—, sino reconocer que la fuerza femenina en Puebla también se expresa en la constancia, el cariño y la solidaridad que fluyen en lo cotidiano.
Antes de las marchas y las consignas, hay un ejército silencioso de mujeres que inspiran desde su día a día: cocinando para la familia, educando en casa o en la escuela, apoyando a una amiga en crisis o simplemente levantándose cada mañana con la certeza de que su esfuerzo importa.
A unos días del 8M, celebremos también a estas mujeres vivas, resilientes y orgullosas de ser poblanas. Porque su ejemplo cotidiano nos recuerda que la sororidad no solo se grita en las calles: se vive en cada abrazo, en cada consejo y en cada pequeño acto que construye un mañana mejor para todas.
En Puebla, las mujeres extraordinarias no solo resisten: inspiran. Y lo hacen, muchas veces, sin que nadie lo note… hasta que miramos con atención.




