Se cumplen dos meses en que Xitlalic Ceja García y Lorenzo Rivera Nava asumieron la presidencia y la secretaría general del PRI poblano, respectivamente, y algo que llama la atención, dentro y fuera de este partido, es la actitud acrítica de ambos dirigentes con el Gobierno del estado –encabezado por el mandatario Alejandro Armenta Mier– y pareciera que, en lugar de ser líderes de una fuerza política de oposición, fueran un apéndice de la 4T.
Una prueba es que frente al grave suceso –del fin de semana– del bar “Sala de Despecho”, en el que fueron asesinados tres adultos “a diestra y siniestra”, el Comité Directivo Estatal del PRI guardó un silencio sepulcral, pese a que ha sido un tema de fuerte impacto en la opinión pública del estado.
Actitud similar ha mantenido la nueva dirigencia tricolor frente a controversias del Poder Legislativo local, los cambios en el gabinete estatal, los escándalos de alcaldes morenistas y el clima de violencia e inseguridad que prevalecen en la entidad poblana; pese a que, en el índice general del Inegi, aparece la capital con uno de los niveles más altos del país en la percepción ciudadana de que la ciudad es un sitio peligroso para vivir.
Ni por asomo, Ceja García y Rivera Nava dirigen la más insignificante mención que toque al Poder Ejecutivo poblano, a la mayoría morenista del Congreso local y a los líderes de la 4T que ya andan en “campaña adelantada” buscando ser el próximo candidato o candidata a la alcaldía de la capital.
Tal comportamiento, dicen voces internas del propio PRI, parece ser una muestra clara de que el arribo –en diciembre pasado– a la dirigencia priista de ambos personajes habría sido pactada, consensuada, “palomeada”, por la cúpula estatal de la 4T.
Si no fue un acuerdo, por lo menos sí se habría “consultado” si la legisladora federal Ceja García y el exedil Rivera Nava eran “bien vistos” en los cargos directivos del tricolor.
Y con ello se logró que el otrora partido oficial se convierta en “una oposición leal”, o mejor dicho “sumisa”, frente al universo morenista de Puebla.
Todo el discurso crítico de Xitlalic Ceja se dirige contra el Gobierno federal y contra los priistas que se han sumado a la masiva deserción del PRI, como es el caso de la exedil Blanca Alcalá Ruiz, que ya se mudó al PAN.
La apuesta de la nueva presidenta del partido se reduce a la fantasiosa visión de que “el PRI es eterno” y, por ende, va a renacer de sus cenizas, como el ave fénix, en la próxima elección local de 2027.
Mientras que Lorenzo Rivera mejor prefiere guardar silencio. Mantener una actitud de “bajo perfil”, la cual no es propia de su personalidad, sino de sus conveniencias políticas.
A principios de 2024, todo apuntaba que había las condiciones para que se ampliara el periodo de gobierno del entonces dirigente estatal priista, Néstor Camarillo Medina, con base en las últimas reformas estatutarias del tricolor que permiten una amplia y continua prolongación de los mandatos de los directivos del partido.
Camarillo se había destacado por haber sido un leal y disciplinado líder en el grupo político del presidente nacional del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, alias Alito.
Todo eso cambió radicalmente cuando Alito dio un giro de 180 grados al mencionar que sería bueno un relevo en la dirigencia estatal del PRI de Puebla y que veía “con buenos ojos” a Lorenzo Rivera Nava, el ex presidente municipal de Chignahuapan, quien dejó el cargo en el trienio pasado.
Al poco tiempo trascendió que ese viraje de Alito, que provocó la renuncia de Camarillo al PRI, se habría originado por una intervención de Lorenzo Rivera Sosa, el padre del actual dirigente priista, quien abogó para que su hijo pudiera “tomar las riendas” del partido en Puebla, luego de que tuvo un penoso desempeño como alcalde de Chignahuapan.
Se dice que la propuesta que “sedujo” a Alito es que la familia Rivera se ofrecía a que podía ser “un buen puente de entendimiento” entre el PRI y la cúpula de la 4T en Puebla.
Y eso gustó a Moreno Cárdenas, que lo llevó a darle la espalda a uno sus cuadros más leales: Néstor Camarillo.
Ese acuerdo está en función de que Lorenzo Rivera Nava necesita saldar “cuentas pendientes” que dejó en el Ayuntamiento de Chignahuapan, en donde ahora gobierna Morena.
Esos asuntos que están pendientes de ser solventados van desde el manejo de los recursos públicos del gobierno local hasta un proceso penal que enfrentaría Lorenzo Rivera Nava por haber solapado, siendo alcalde, que en la Policía Municipal hubiera un mando que tenía antecedentes criminales.
Queda claro que no hay pruebas directas que evidencien ese acuerdo entre la familia Rivera y la 4T, o mejor dicho, entre las cúpulas del PRI y del universo morenista de Puebla.
Pero el comportamiento acrítico con la 4T de la actual dirigencia del PRI poblano es más que elocuente.
