Parte de la purga interna en la 4T de cara a la sucesión presidencial de 2030 –en la que hay que contabilizar las defenestraciones por demás simbólicas de Adán Augusto López Hernández, Alejandro Gertz Manero, Antonio Romero Tellaeche y Marx Arriaga, más las que se acumulen las próximas semanas–, el libro “Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder”, de Julio Scherer Ibarra junto con el periodista Jorge Fernández Menéndez, resulta impactante.
Pero no tanto por las revelaciones que contiene y que sin duda son importantes para terminar de comprender una de las épocas más oscuras de nuestra nación, sino por el retrato de cuerpo completo de un presidente, Andrés Manuel López Obrador, que además de terco y perverso, padeció de aquello que lamentablemente distingue cada vez más a los hombres y las mujeres en el poder en este Tiempo Mexicano: una supina ignorancia.
En el desarrollo de su testimonio desde adentro de Palacio Nacional –un ajuste de cuentas contra sus enemigos íntimos–, el ex asesor jurídico de AMLO, uno de los hombres más influyentes en un tramo de ese (des)gobierno, va obsequiando verdaderas perlas acerca del particular estilo personal de gobernar del tabasqueño y de su incomprensible proceso en la toma de decisiones, la mayoría irresponsables y absurdas que o causaron miles de muertes (como durante la pandemia de COVID-19), o pérdidas multimillonarias al país (como la cancelación del Aeropuerto de Texcoco).
Los ejemplos de un presidente ausente de la realidad (ciego, sordo, pero nunca mudo) sobran, incluso desde la etapa de la transición, cuando AMLO era presidente electo pero ya tomaba decisiones ante la fuga hacia adelante del priista Enrique Peña Nieto.
Cuenta, por ejemplo, que López Obrador se entercó en designar al exgobernador de Puebla Manuel Bartlett Díaz al frente de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), a pesar de carecer del conocimiento y de las habilidades técnicas y operativas para ese puesto, lo que a la postre resultó en una catástrofe para México.
Scherer recuerda que no se había podido construir una nueva etapa de Chicoasén, donde está la central hidroeléctrica más potente y alta de México, y que existía un arbitraje que la empresa iba a ganar, y eso le iba a costar al gobierno 300 millones de dólares.
“Andrés (Manuel López Obrador) me pidió que viera a Bartlett, para resolver el problema. No se podía construir la planta, básicamente, porque la gente en Chiapas no permitía que la empresa volviera a entrar allá. Le dije a Bartlett que de lo que se trataba era que esa empresa pudiera entrar, trabajar, y que con eso arreglábamos el asunto. Me contestó que no, que de ninguna manera, que no quería a los particulares. ‘Bueno, don Manuel –le dije–, pero necesitamos a los particulares’. ‘No –reiteró–, usted no ha entendido el asunto: los particulares vienen arropados por los norteamericanos y los norteamericanos no solo quieren la energía de México, quieren primero tomar México y luego Centroamérica y luego más. No se puede’. Yo le repliqué: ‘Licenciado, se me hace que esto está muy lejos de lo que usted está viendo ahorita. El problema que estamos tratando de solucionar es un problema concreto’. ‘No –se sostuvo–, aquí la electricidad va a ser asunto de seguridad nacional y no va a entrar nadie más que nosotros’. ‘Está bien’. Le platiqué al presidente electo que eso me había dicho Bartlett y me dijo: ‘Déjalo’. Y lo dejé. Finalmente, en el arbitraje perdimos los 300 millones de dólares que tuvo que pagar el Gobierno y, además, se perdieron muchas inversiones” (sic).
Otra verdadera joya: a la hora de armar equipo y gabinete, a López Obrador se le olvidó escoger a la persona que a la postre iba a ser… ¡fiscal! Sí, ¡se le olvidó!.
Relata Scherer:
“Lo de la Fiscalía fue siniestro. Yo hice los nombramientos de cada uno de los servidores públicos. Me tocaba la función de elaborar el pergamino del nombramiento, documento indispensable para que el funcionario pueda actuar con poder del presidente de la República.
”La noche del 30 de noviembre (de 2018, un día antes de tomar posesión) revisé todos los documentos: los ordené, les di una repasada desde el punto de vista legal para verificar que todo estuviera en orden, y me encontré con que el presidente no había nombrado a nadie en la Fiscalía, en la Procuraduría, porque todavía se estaba haciendo el cambio de la PGR a la Fiscalía General de la República, y faltaba pasar todo el procedimiento por el Senado para designar al nuevo fiscal.
”Lo que necesitábamos era nombrar un sustituto del subprocurador de Asuntos Internacionales de la Fiscalía, porque ese cargo era el que operaba como fiscal general en tanto se completaba el proceso de transición. Entonces le hablé al presidente, ya de noche, y le dije: ‘Presidente, con todo respeto, te hablo para decirte que se nos olvidó o se te olvidó más bien, nombrar al fiscal’. ‘Caray, ¿cómo que se me olvidó nombrar al fiscal?’. ‘Sí, tienes que nombrar a un subprocurador para que opere como fiscal hasta que lo ratifique el Senado’. ‘Bueno, ¿y a quién nombramos?’. ‘Tú dime’. Me dijo: ‘Háblale a (Alfonso) Durazo y dile que necesitamos un sustituto temporal, que a quién ponemos. Me hablan ustedes y me proponen a alguien y con gusto lo planteamos’ (sic).
(Nota al margen del columnista: Durazo, quien sería secretario de Seguridad Pública de ese gobierno, aprovechó el “olvido” de AMLO y maniobró para imponer a Alejandro Gertz Manero, con las nefastas consecuencias por todos conocidas).
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Otra muestra de la ignorancia de AMLO mezclada con completa perversidad.
Dice Scherer:
“También estaba Víctor Villalobos, en Agricultura, que tenía muy claro lo que debía hacer. Fue mi consuegro, un hombre muy eficaz, que al final del gobierno tuvo diferencias con Andrés Manuel porque en temas sustantivos como el de la sanidad animal, Andrés decía que eso no se necesitaba, que solo era un gastadero de dinero. Víctor, en cambio, argumentaba siempre que sin sanidad nos bloquearían la frontera con Estados Unidos y que se necesitaba una cultura de sanidad animal para que no tuviéramos ninguna bronca con las vacas importadas y la carne exportada. Y eso fue, finalmente, lo que sucedió” (sic).
(Nota al margen del columnista: para mediados de febrero de 2026, México enfrentaba una reaparición significativa del gusano barrenador con más de 15 mil casos acumulados desde noviembre de 2024 y unos 700 casos activos reportados a inicios de este año).
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Y una muestra más, entre múltiples a lo largo de “Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder”.
Señala Scherer:
“(AMLO) Designó a Luisa María Alcalde como la primera secretaria del Trabajo y le dio amplio margen de maniobra, a pesar de que existía el problema de que su padre es un abogado laborista muy importante, lo que podía generar conflictos de interés. Pero Andrés Manuel, con pleno conocimiento del trabajo del padre, le otorgó el nombramiento” (sic).
(Nota al margen del columnista: como en su momento lo evidenció Sanjuana Martínez, el padre de la actual dirigente de Morena, Arturo Alcalde Justiniani, fue uno de los sepultureros de Notimex y como abogado del sindicato de trabajadores, cobró honorarios, al final del conflicto, por 76 millones de pesos de la bolsa de liquidaciones de sus representados).
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En resumen: el libro de Julio Scherer Ibarra –hijo del director de Excélsior y fundador de Proceso, Julio Scherer García– es, sí, un valioso testimonio y sin duda forma parte de la descomposición evidente que paulatina y forzosamente viene sufriendo la 4T, una serpiente que –como se pronosticaba– empieza a devorarse su propia cola.
Sin embargo, de toda la obra me quedo, reitero, con el retrato que, queriendo o no, el ex consejero jurídico hace de un presidente testarudo, perverso y profundamente ignorante, que nunca se preparó para gobernar. Ninguna novedad, claro, pero que viniendo de uno de sus hombres más cercanos en su momento, adquiere otra dimensión y abre nuevas y potentes lecturas sobre un periodo de México que devino en catástrofe.
Por lo demás, el testimonio de Scherer resulta al final vergonzosamente complaciente con el responsable de tal hecatombe: López Obrador.
Como bien dice en Reforma, en la columna que tituló “Memorias de un coyote”, Jesús Silva-Herzog Márquez:
“En su libro, Scherer reconoce los terribles despropósitos del sexenio, pero mantiene en los altares al culpable. Su soberbia, su desprendimiento de la gestión, su desinterés por las sumas y las restas, sus obsesiones son vistos como una confirmación de santidad. Nunca mejor expuesta esa disociación del ídolo y sus consecuencias que aparece en los fanáticos que celebran los peores despotismos”.
(Nota al margen del columnista: Scherer Ibarra, víctima del síndrome de Estocolmo).
