Las Exclusivas de la Charla Ligera con el Gobernador Barbosa
La charla ligera que sostuve con el gobernador Miguel Barbosa Huerta la noche del miércoles generó varias y nutridas exclusivas.
Sus declaraciones —francamente inéditas— irán apareciendo en este periódico a partir del lunes 11 de enero.
No es usual que un gobernador hable como este día 6 lo hizo nuestro personaje.
Lo usual había venido siendo que sus antecesores hablaran entre líneas —en el mejor de los casos—, o de soslayo.
La sinceridad no forma parte del gen de los políticos mexicanos.
Es la mentira y la simulación, sobre todo, donde suelen refugiarse.
Hablar claro era hasta hace poco inédito.
Una de las grandes aportaciones de la 4T es, sin duda, la transparencia con la que hablan algunos actores.
Pienso en dos:
El presidente López Obrador y el gobernador Barbosa.
AMLO tiró a la basura lo que hasta hace poco era una característica de la clase política mexicana:
La opacidad.
Ser opaco era equivalente de ser moderno.
Ser moderno, a su vez, equivalía a ser mentiroso.
La mentira fue durante muchos sexenios la piedra angular de la simulación.
Y la simulación, ya sabemos, generó demagogia, corrupción y lejanía.
Nada más lejano a un político mexicano que la gente común y corriente.
(Nada más parecido a un político mexicano que otro político mexicano).
El pueblo, valga el eufemismo, sólo veía a sus presidentes y gobernadores en los mítines.
En esos mítines en los que les regalaban a los acarreados sus Frutsis y sus tortas frías.
El rey —o el virrey— llegaba saludando entre sonrisas (sin ver en realidad a nadie), y así se mantenía a lo largo de su actuación.
Porque, ya lo sabemos, los políticos eran actores.
O actrices.
En su protocolo de actuación, hacían como que gobernaban, hacían como que saludaban y hacían como que eran cercanos.
En realidad, gobernaban con slogans y con campañas publicitarias.
A partir del presidente López Obrador, las cosas empezaron a cambiar.
Por primera vez, el lenguaje pasó a significar y a tener peso.
(Cuando al viejo Confucio le preguntaron qué reforma haría si fuese emperador, respondió que la reforma del lenguaje).
A esos políticos que gobernaron en el pasado reciente les debemos también que el lenguaje haya dejado de significar.
(Ése fue otro de los artilugios para quitarle peso a las palabras).
Una palabra sin significado no dice nada.
Qué mejor que un discurso de poder esté metido en un lenguaje que nada dice porque nada vale.
Cuando Miguel Barbosa llegó de nuevo a la vida política poblana mostró de qué estaba hecho.
Hay que decir que venía de ocupar uno de los cargos más importantes en la escala del poder:
Presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República.
Pronto empezaron los roces.
El lenguaje directo del entonces senador generó raspones, primero, y luego profundas heridas.
Una vez en el gobierno, ese lenguaje —áspero en ocasiones— siguió provocando espanto y miedo.
Con los meses —ya van 17—nos hemos venido acostumbrando.
Pero hay quienes todavía se asustan y corren como el caballo del jinete sin cabeza: despavoridos.
La inédita charla ligera del 6 de enero estuvo hecha de esos elementos.
El hipócrita lector habrá de disfrutarla en letra impresa a partir del lunes.
Moralinos y cobardes, favor de abstenerse.
