En Defensa de Reforma
Por Mario Alberto Mejía
La Quinta Columna
Soy suscriptor de Reforma desde hace varios años.
Alguna vez dejé pasar dos días sin leerlo.
Regresé a él como un adicto a la heroína.
Antes fui lector de La Jornada.
Durante años devoré sus páginas.
Un día dejó de decirme cosas.
Quizás fue cuando corrieron en forma por demás inexplicable a Luis González de Alba y a Jaime Avilés.
Perdieron también en esa ruta a Carlos Monsiváis.
Nada quedó del diario que me quitaba el sueño.
Antes leí el unomásuno en su mejor época, cuando Manuel Becerra Acosta reunió a las mejores plumas y cámaras de México para cubrir la ausencia del Excélsior de don Julio Scherer.
De hecho mi primer diario como lector fue éste.
Era muy joven cuando leía en sus páginas a Daniel Cossío Villegas, Gastón García Cantú y Jorge Ibargüengoitia.
En mi historial de lector, pues, cabe Reforma desde 1993, cuando Alejandro Junco de la Vega lo echó a andar.
Debo decir que nunca, jamás, me ha decepcionado.
Extraño, sí, algunas plumas que perdieron con el tiempo.
(Todo buen gallo tarde o temprano pierde plumas).
Pero su espíritu me devuelve inevitablemente a mi condición de hipócrita lector.
Mucho le debo a Silva Herzog-Márquez, al propio Enrique Krauze y a Roberto Zamarripa.
La guerra que desde el inicio de su administración arrancó el presidente López Obrador en contra de Reforma le ha dado un valor agregado a este diario.
Además de bueno es ahora una víctima cotidiana del poder.
Lo fue desde antes.
Salinas lo despreció primero.
Luego vinieron Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto.
(Sólo el Excélsior de Scherer generó tanto odio en su momento).
Cuando las aguas bajen, cuando la bilis termine, ay, de decantarse, Reforma continuará ahí como el gran periódico que es.
Los otros —las plumas del señor presidente— saldrán de la nómina oficial y torcerán el rabo.
Nada más tendrán que hacer.
Ésa es su vocación.
Día 17 de la Cuarentena. Me levanto temprano, me baño, desayuno, tomo las llaves de mi Jetta y cuando estoy por salir recuerdo que tengo un arresto domiciliario.
Entonces juego con mis dos perritas, corto el pasto, checo las leguminosas, sacudo los libros, tiendo la cama, abro las cortinas, miro a mis perritas, reviso el celular, contesto algunos whatsapps, doy fe de la bilis de los usuarios de Twitter y de Facebook, leo En Busca del Tiempo Perdido, escribo mi novelita por entregas, me sirvo un café, me siento en el estudio, miro mis cuadros, y me quedo con la mente en blanco.
Saco mi agenda, la reviso, veo que no tengo desayunos ni comidas, ni cenas.
Pienso en mi vida anterior.
Hasta hace poco no me daba mucho tiempo para estar en casa.
Mis días, mis tardes y mis noches transcurrían midiendo mi vida con cucharillas de café.
Iba de restaurante en restaurante.
Algunas veces repetía lugares.
He vivido así los últimos 26 años.
Hoy, gracias al virus que vino de China, quedé como la estatua de Benito Juárez que está en el centro de Huauchinango: tieso, mirando el horizonte, con un libro en una mano y un bastón en la otra, vestido de levita y con la cuarentena haciéndome lo que el viento a Juárez.
Pienso en mis vecinos.
Están igual que yo.
Pienso en mis amigos.
Los veo igual que a Juárez: ligeramente aburridos, pero de pie.
Soportando estoicos —con un whisky en la mano— esta guerra mundial.
Me tranquiliza saber que no soy el único bajo arresto domiciliario.
Ayuda al alma saber que en Florencia, París, Madrid, Barcelona, Palmarito Tochapan, Chichiquila y Acaxochitlán hay otros como yo que se levantan temprano, se bañan, desayunan, toman las llaves de sus autos y terminan bañando a sus perritas.
Es altamente gratificante saber que se cumplió lo que planteó el poeta Octavio Paz en las últimas líneas de El Laberinto de la Soledad: Por fin somos contemporáneos de todos los hombres.
Lo que yo haga en Puebla —o San Andrés Cholula— lo hará otro en Berlín o Tlajiaco.
Hay un hombre en Putla o en Londres o en Mocorito o en Milán haciendo exactamente lo que yo: cortando el pasto, checando sus leguminosas, sacudiendo sus libros, tendiendo su cama, mirando a sus perritas, revisando el celular y poniendo su mente en blanco.
Me llegan noticias extrañas de gente que convoca a gente para beber vía control remoto a una hora determinada.
Justo a la hora del amigo en las cantinas de pueblo: la una de la tarde.
Cada uno con su bebida favorita: whisky, tequila, mezcal, caguama, ron o Tonayán.
Cada uno con la botana a la que más confianza le tiene: chalupas, cacahuates japoneses, cacahuates hervidos, pepitas, pistaches y gorditas.
En ese momento mágico, cada uno desde su casa alza la copa y brinda por la felicidad y por el virus.
¡Salud!, gritan los gladiadores antes de empinar el codo.
Cuentan que se han logrado enlazar hasta treintaiún borrachos solitarios.
Qué mayor prueba de la bondad y la solidaridad del ser humano.
