Si existe una institución desgastada y cuestionada en los últimos años, esa es el Instituto Federal Electoral.
No es casual. La caótica, desastrosa actuación del árbitro electoral en 2006 alienta las dudas sobre el trabajo de quien se encargará de contar los votos el próximo 1 de julio.
Ni los miles y miles de spots transmitidos en radio y TV, de una costosísima campaña institucional que busca limpiar su maltrecha imagen, han logrado cambiar la percepción de los millones de mexicanos que, por una u otra razón, siguen creyendo que hubo fraude en los comicios de hace seis años.
Una reciente encuesta de Demotecnia –de la especialista María de las Heras- ofrece importantes datos a considerar:
* 45% asegura que el IFE no le da confianza a los electores de que su voto será respetado.
* 52% opina que los consejeros no han sido imparciales en esta contienda.
* 53% considera que éstos cuentan con autoridad moral para poder controlar el proceso.
* 40% cree que no van a poder resolver posibles conflictos electorales o poselectorales.
Sí. El problema del IFE se llama credibilidad.
Y su consecuencia: desconfianza generalizada.
Así como hoy, por fortuna, no se sabe con precisión quién va a ganar la Presidencia de México (la incertidumbre es condición sine qua non de la democracia), también se desconoce si el réferi va a estar a la altura del reto histórico que demanda un proceso tan competido como el que estamos viviendo.
Según Demotecnia, en una escala del 0 al 10, los entrevistados le otorgaron, en promedio, una calificación de 6.8 al trabajo que han hecho hasta ahora los consejeros, muy buenos, por cierto, para calificar de “ilegales” los anuncios de guerra sucia contra EPN, AMLO o JVM pero totalmente incapaces de imponer su “autoridad” para obligar a los medios a retirarlos.
¿Será suficiente una aprobación “de panzazo” para encarar los probables problemas que pudieran presentarse el 1 de julio?
No, por supuesto, pero sobre todo cuando hay quienes, como López Obrador, van de plaza en plaza pública gritando que sus rivales le harán un fraude –porque según él “ya ganó”- y pidiendo a sus huestes estar atentos para evitar “que no nos vayan a robar otra vez”.
Impuestos por los partidos, disfrazados de ciudadanos y deslegitimados en acción y discurso, los consejeros sencillamente van a tener que hacer un trabajo perfecto para evitar que el de por sí endeble edificio democrático nacional se derrumbe como un castillo de naipes.
El IFE y sus integrantes deben evitar que el espectro del fraude vuelva a aparecerse entre nosotros.
Para como están las cosas, y las instituciones, quién sabe si México lo resistiría.
¿O me equivoco?
