Josefina Vázquez Mota se parece al descabezado que busca su cabeza entre el montón de cadáveres.
Está muerta, sí, pero no lo sabe.
Nadie se lo ha dicho.
Algo intuye.
Ese ruido de moscas parece decirle algo.
La encuesta que publicó el diario Reforma este jueves es elocuente: Josefina Diferente –por sus capacidades diferentes- se desplomó 9 puntos en dos meses.
Para cualquier candidato normal, no diferente, eso es una tragedia: una auténtica debacle.
Como Pedro Páramo, se está desmoronando como si fuera un montón de piedras.
Pero nadie le dice nada.
Todos lo murmuran pero no se atreven a decírselo.
Frente a ella todos guardan silencio: un silencio de moscas.
Sonríen.
Hacen como que van ganando.
Se muestran optimistas.
Apenas se da la vuelta, todos murmuran y señalan el cuerpo sin cabeza, como el descabezado vivo que camina entre montañas de cadáveres buscando lo que alguna vez fue.
Algo tendrá que hacer para evitar una caída mayor.
Y es que a un mes de los comicios su futuro más cercano es el Hades, el olvido, el camposanto.
***La encuesta de Reforma metió un ruido brutal en los equipos de los candidatos.
Peña Nieto tenía hace dos meses 45 puntos.
Hoy anda en los 38.
López Obrador pasó de los 22 a los 34.
Y Quadri del 1 al 5.
El veintiún por ciento de los encuestados “no declaró preferencia”.
Este número es altísimo.
Las lecturas son obligadas.
Me quedo con una: el PRIAN (mezcla del PRI y el PAN) está por reaparecer en todo su esplendor.
Sólo una fusión, un ensamble, de esa naturaleza podría cambiar las cosas.
Eso implicaría que Josefina Diferente renuncie a buscar su cabeza entre los muertos y se dirija al camposanto, donde la velarán tres días seguidos.
Implicaría también que la guerra sucia contra el PRI, desatada por el PAN, dé lugar a una guerra sucia contra López Obrador.
Implicaría cambios de discursos, de guiños, de mensajes.
Dejo al lector con un pasaje perturbador de un escenario de periodismo ficción que escribí y publiqué en los primeros días de enero de este año en el que narro una supuesta concertacesión entre el PRI y el PAN:
Peña revisaba el monitoreo de medios cuando su particular le pasó su BlackBerry.
–Licenciado, le habla Roberto Gil.
Videgaray y Peña se miraron un segundo.
Este tomó el aparato.
–Roberto, qué gusto.
–Enrique, nuestro amigo quiere verte en “Ele Pe”.
(“Ele Pe” no era otra cosa que Los Pinos, la residencia oficial).
–¿A qué hora?
–ahora mismo.
–Voy para allá.
–Te espero en la puerta del Cedro.
–Estoy ahí en veinte minutos.
La Suburban viró hasta alcanzar Parque Lira y luego Constituyentes.
Peña se arreglaba el impecable copete al tiempo que conversaba con un jubiloso Videgaray.
–¡Te va a dar todo su apoyo! ¡Te prefiere a ti que al Peje!
–¿Tú crees?
Peña había visto a Roberto Gil un par de ocasiones durante la campaña. Ni una sola vez al presidente.
Estaba escéptico.
No creía en las palabras de su coordinador.
No obstante, copete de por medio, se dejaba seducir por la idea.
Su esposa le habló al número privado.
“Ahorita te hablo, amor”, le dijo emocionado.
La camioneta entró a Los Pinos.
Gil estaba ahí con el jefe del Estado Mayor.
El copete se movió imperceptiblemente: era un tic que tenía desde niño.
El militar se le cuadró cuando estuvo frente a él.
Peña lo imitó.
Caminaron casi en silencio.
Gil hablaba con alguien por teléfono: “Vamos al despacho. Avísale al jefe”.
Entraron como se entra a una casa conocida.
Las puertas del despacho se abrieron.
De reojo, Peña vio los volcanes pintados por Nizhizawa.
Calderón lo recibió a él solo.
Las palabras de cortesía cortaron el aire.
–Voy al grano, Enrique. Quiero que hagamos un pacto.
–Usted me dice, presidente.
–López Obrador está muy cerca de ti en las encuestas. Casi están empatados.
–Lo mismo me dijo Roy.
–Con todo y tu operación será muy difícil que le ganes con la ventaja suficiente. Se avecina un escenario como el de 2006.
–Ajá.
–Este país no aguanta un escenario similar. El IFE reventaría por dos consejeros que conocemos bien.
–Ajá.
–Mi propuesta es esta: te voy a apoyar con todo, pero necesito que lleguemos a acuerdos sustanciales.
–Los que usted diga, presidente.
Diez minutos después, Peña salió feliz de Los Pinos.
***La ficción está enamorada de la realidad.
¿Se cumplirá el escenario?
