Ciudad de México. Para los mexicanos el 19 de septiembre de 1985 es una fecha que ha quedado marcada en la memoria de todos, especialmente de quienes la vivieron. Ese día los habitantes de la Ciudad de México sufrían uno de los días más negros en la historia: a las 7:19 de la mañana se registró un terremoto de magnitud 8.1 grados, dejando a más de 10 mil fallecidos.
Tras el número de finados que se iban sumando después del sismo que azotó a la Ciudad de México, el máximo recinto beisbolero, el Parque del Seguro Social, fue adaptado para recibir los cuerpos que había dejado el siniestro.
El número 462 de la esquina entre avenida Cuauhtémoc y Rio la Piedad dejó de recibir a aficionados que gustaban de ver a los Diablos Rojos del México y a los Tigres capitalinos, los siguientes 15 días después del movimiento telúrico lo único que entraba en el diamante eran cuerpos de las víctimas y personas que buscaban a sus familiares o amigos.
En su libro ‘Nada, nadie: las voces del temblor’, Elena Poniatowska relató lo que se vivía en aquella gran morgue.
“Llegamos al parque de beisbol del Seguro social en Cuauhtémoc y Obrero Mundial, al que conocen como el Parque Delta, y se me cerró la garganta de la impresión. Empezamos a bajar de la combi todo el material, el formol, los tambos de desinfectante, los fumigadores. Entonces vi el estadio. Era como si estuviera en el centro de un espectáculo pero sin espectadores porque todas las gradas estaban vacías, el centro de la arena iluminado y los actores abajo, a la mitad del foro, muertos”.
Los cuerpos que llegaban a la Catedral del beisbol eran trasladados en camionetas, camiones, autos particulares e, incluso, a pie, esto llevó a que la gente hiciera filas a las fueras del Parque del Seguro Social en busca de sus seres queridos.
Los 26 juegos completos de Jesús ‘Chito’ Ríos marcados en aquella temporada de 1985 fueron borrados, en su lugar quedaron marcados por el espacio de los féretros, el olor a formol y los llantos que resonaban por las paredes del recinto.
En los montículos la gente se encargaba de catalogar a los cuerpos en identificados, no identificados y restos. “En el Parque del Seguro Social se instalan tres carpas (“Cuerpos identificados”, “cuerpos no identificados”, “Restos”). Los parientes o amigos atraviesan el cordón sanitario, y son objeto de una fumigación que les permite acercarse a los cuerpos. Se les ve cansado, tristísimo, con ocasionales destellos de esperanza. Los no identificados van a la fosa común […] El olor se percibe a tres cuadras. Casi nadie reprime el llanto y las náuseas”. Fragmento de la obra “No sin nosotros” de Carlos Monsiváis.
El personal que trabajaba en el mantenimiento del estadio para recibir día con día los encuentros de las novenas escarlatas y felinas, modificaron sus obligaciones aquel jueves, ahora eran quienes debían de poner a las víctimas en bolsas con hielo para que no se descompusieran, fumigaron el área donde se encontraban los cuerpos y crearon cercos de sanidad para la gente que acudía al estadio.
Fueron quince días donde llegaban cuerpos que habían sido encontrados de los escombros, aunque no se tiene una cifra estimada de las defunciones que hubo aquel mes de septiembre, la gente que entró a lo que ahora es un centro comercial, recuerda olor de descomposición de los miles de cuerpos en las cercanías, algunas de las víctimas fueron mandadas a la fosa común tras no haber sido reclamados.
Hoy el Parque del Seguro Social desapareció para darle lugar a un centro comercial, Parque Delta, pero para algunos ese espacio quedó marcado por lo ocurrido hace 31 años.
